Excepcional entrevista de Rosario Pérez a Paco Ureña

La cámara de Guillermo Navarro capta el sentimiento de Paco, que no posa, siente

Hay pureza de domingo y pureza de día laborable. La absoluta habita en Paco Ureña. Su rostro refleja el dolor de los hombres auténticos, de esos héroes de seda que anteponen un natural de pecho ofrecido al despojo de una oreja. Francisco José Ureña Valero (Lorca, 1982) conoce la felicidad porque sabe lo que es el sufrimiento. No pierde la sonrisa, pero un gesto doliente parece herrado en su cara, entre la luz y la penumbra por la cornada de un toro en el ojo izquierdo. Ni es ni va de mártir: esta ceguera le ha servido para educar el corazón y la mente y afianzar aún más su lema de no darse nunca por vencido. «Eso busco, pero no miento si digo que esto ha sido una condena».

—¿Qué ha sido lo más duro?

—El momento en que me quitaron el ojo. Desde la cornada en septiembre, estaba mentalizado de que había perdido la vista. Sabía que era difícil conservar el globo ocular, pese a la obra de arte. Pronto tuve la certeza de que me lo tendría que quitar: se me abrían y cerraban úlceras continuamente. Para colmo, saltó el problema de la infección y tuvieron que operarme de urgencia. Yo sabía que no volvería a ver, pero cuando en febrero tuve que desprenderme del ojo fue durísimo: era quitarme algo inservible, sí, pero era una parte de mí.

—¿Cuántas operaciones lleva?

—Tres, muy complicadas, con momentos de incertidumbre que eran un infierno. Esta semana me hicieron la última para poner una prótesis: tras la evisceración del ojo, me han metido una especie de bolita recubierta con una lentilla de dos milímetros y medio. Para hacer la definitiva está todo muy fresco. Aún me queda otra intervención, al final de temporada, para subir un poquito el párpado.

—Totalmente. Yo sabía que no volvería a ver en la vida. Fue una similitud a cuando apagas la luz y no se ve nada. Sentí como si saltaran los plomos del ojo, un dolor terrible. Solo preguntaba si tenía mi ojo. El pitonazo fue letal.

«El miedo ahora mismo es tan ilusionante que necesito que llegue. Volver a sentirlo es recuperar mi vida»

Ureña lo narra con naturalidad. Como su valor. Despacio. Como su toreo. En el estudio de Teseo, por donde acaba de pasar Pablo López, se oye esa música que cura heridas al son de una letra desgarradora: «Mire, voy a contar algo que solo saben mi familia y mi apoderado. La gente pensaba que se trataba de conservar o no la visión… No era eso. Cabía la posibilidad de meningitis. En las primeras 48 horas hubo un riesgo brutal de perder la vida. Pero no soy especial, le ha pasado a muchos compañeros. Soy un afortunado por vivir para contarlo. Si los toreros no entregásemos nada, no seríamos justos con el toro».

—¿Qué sintió al enfrentarse al espejo?

—Puff, no era capaz. Habían cambiado muchas cosas, pero no por el ojo en sí, sino porque esa situación me ha hecho querer aún más a lo principal de mi vida: el toro. Soy capaz de decir que daría mi vida por él. Ya lo he demostrado, y así seguiré mientras el cuerpo aguante.

—No se le atisba ningún rencor hacia el animal.

—Cero. Solo puedo darle las gracias. Si no hubiese podido volver a torear, aun estando vivo, sería un hombre muerto. También a Dios, por permitirme ser feliz. Y a mi familia, por estar a mi lado.

—Con usted se cumple aquella frase inmortal de José Tomás: «Vivir sin torear no es vivir».

—Es una frase muy verdadera. Así lo siento. José Tomás marca la ética y la raíz profunda del toreo.

Paco Ureña

—¿Cuánto tardó en coger una muleta?

—Le voy a confesar algo que nunca he contado. A los cuarenta días de la cornada me pasó una cosa muy rara: me habían hecho la segunda operación en Oviedo. Yo soy flaco, pero ahí era un cadáver. Un día, cuando me estaba duchando, mientras me caía el agua, me entró un ataque de ansiedad: «Estoy muerto, ya no soy capaz, no soy capaz…» Rápidamente, salí, me sequé, cogí mi coche y me fui a Galápagos, donde entreno. «Eduardo, échame un novillo», dije. «Estás loco, si acaso una becerrita». Pero me empeñé, estaba hundido, sin vida. Y al día siguiente maté el novillo. No podía ni con los trastos de salón, pero, de repente, cuando salió ese animal, surgió la magia. Le pegué un lance por el derecho, el lado por donde me pegó la cornada, para quitarme ese miedo. Toreé como nunca lo haré. Ha sido el día más importante de toda mi vida, el que más lloré y me abracé a mi gente. Pude alejar así la imagen de cadáver en la ducha.

—¿Ha derramado muchas lágrimas?

—Lágrimas y llanto. Llorar no es de cobardes.

—¿Qué le ha ayudado más: la fe, la familia, el toro?

—Creo que hay algo, un Dios, porque un milagro como este tiene que ser divino y no casualidad. Lo principal ha sido la gente que me quiere, pero lo que me mueve es el toro, eso es lo máximo.

El apoyo de Juan José Padilla ha sido esencial también para el torero murciano. «Nunca podré agradecérselo lo suficiente. Ni a él, ni a su mujer, Lidia. Son ya parte de mi familia. Saben lo dura que es esta situación». Ureña no llevará parche de pirata. Enseñará su mirada al mundo con una prótesis de una gran semejanza a su ojo real. «Amor, parece de verdad», le dice Elena, su compañera de viaje. «No tengo palabras para describir quién es ella para mí. Es todo», susurra emocionado. Tanto que ambos ojos parecen perseguirla con la mirada. «Es curioso, tengo la sensación de que veo por los dos. Es el síndrome del miembro fantasma. Dicen que el periodo de adaptación monocular va de seis meses a un año. Antes echaba agua a un vaso y la tiraba, hasta que mi cerebro se ha adaptado. Hubiese querido hacer una preparación intensa para mi vuelta a los ruedos, pero con tanto contratiempo solo he podido matar tres novillos».

«Si no hubiese podido volver a torear, aun estando vivo, sería un hombre muerto»

—Ahora que se acerca su reaparición en Fallas, el 16 de marzo, ¿cómo la afronta?

—Es una sensación muy rara. Pero de mucha felicidad, porque la vida y el toro me dan una segunda oportunidad. Tengo de nuevo la posibilidad de enfrentarme a ellos y contar mi historia. Para mí torear es contar algo con verdad. Unas veces saldrá mejor o peor, pero sin mentir. Es complicado, pues a veces te dejas guiar por el corazón y quizá no siempre sea la mejor medicina para el animal. Pero no hay órgano más vital para torear. Además del alma, que es lo que vamos a dejar aquí.

—¿Y los miedos?

—El miedo ahora mismo es tan ilusionante que necesito que llegue. Volver a sentir miedo es recuperar mi vida.

—Si dividiésemos el río del toreo entre artistas y valientes, ¿en qué orilla se situaría?

—Yo creo que el artista es valiente. No sabría decirle. Soy Paco Ureña. ¿Qué va a quedar en la tierra de mí? Mañana, cuando llegue mi hora, no me interesa que se diga si salí equis veces a hombros y corté tantas orejas, sino que se me recuerde como un torero que tenía algo que contar, que emocionaba. Si salgo a la plaza y engaño al animal que me da todo, vuelvo a mi casa destrozado. Por ética y por lealtad.

—Se mienta mucho a la «pureza» y se usa con alegría la palabra «figura». ¿Se han desvirtuado?

—Probablemente. A casi todo queremos llamarlo pureza o enseguida se es figura, con lo difícil que es… La pureza hay que tenerla cada día, cada año, una trayectoria entera. Vivimos en un mundo en el que el uso del lenguaje no es siempre el acertado. Para mí, la verdadera pureza es la lealtad que tiene un torero a un animal. Tiene que llegar un momento en el que no sepas cómo va a reaccionar y, pese a ello, le pongas la muleta plana, reunida… Pureza es sentir que has entregado todo al toro, que también se entrega. Torear reunido y no para fuera, cosa que respeto pero que no concibo.

El torero, al natural

—¿La competencia está reñida con la admiración?

—Para nada. Yo admiro mucho a otros. Cada torero tiene su trayectoria, su lugar y su sitio. Yo me he emocionado y he pegado oles a toreros que me remueven. En cambio, a mí no me gusta verme, porque todo me parece mal.

—Se habla mucho del sistema taurino. ¿Se siente dentro?

—He demostado que no. Es cierto que me apodera Simón Casas, pero si formara parte del sistema estaría en Castellón y en muchas plazas a las que no voy. Si intereso y me quiere contratar, perfecto; si no, no voy.

«Si en Estados Unidos sale un personaje sonándose los mocos con la bandera, ¿qué pasaría?»

—¿Qué le parece el invento del sorteo en San Isidro?

—Como aficionado, me parece una idea buenísima; como torero, depende de la situación de cada cual. Después de críticas brutales, creo que el 99,9% de la afición está encantada. Es algo que no se sale de los valores de la tauromaquia; al contrario, aporta al poder ver a otros toreros con ganaderías que no suelen matar. Yo ya he demostrado, a lo largo de mi carrera y ahora apuntándome al bombo, que mato variedad de encastes.

—El destino ha querido que le toque Alcurrucén, la ganadería del toro de Albacete.

—Al saberlo, sentí una cosilla por dentro… Pero el toro no tiene culpa de nada.

Paco Ureña, con un racimo de medallas

—¿Es cierto que pidió perdón al ganadero por no matar a la primera al toro que le hirió?

—Sí, le pedí perdón a Pablo Lozano, y a día de hoy todavía me revienta. Después de entregar todo de mí, merecía una muerte digna. Pero no veía nada.

—¿Mereció la pena tanto calvario?

—Totalmente. ¿Qué animalista ama tanto al toro como lo hace un torero? Yo le entrego mi vida, la doy, ¿qué hacen ellos? A mí me dicen: «Paco, para que sigan los toros y perdure el toreo por los siglos de los siglos te toca irte al Más Allá». Y me voy, disfrutando de mi último toro, pero me voy. Palabra de Paco Ureña, que soy yo.

Palabra de ley, esa que dicta que vale la pena vivir por lo que vale la pena morir.

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