Espléndida “tercera” de ABC por el gran erudito Gonzalo Santonja

 

Alfonso X y el toro bravo

«Un monarca sabio del siglo XIII y un poeta comunista del XX unidos en la admiración al toro, para la gloria de su cultura, a los que ahora unos políticos indocumentados estarían pretendiendo enmendar la plana con andrajos ideológicos, dispuestos a mandar al matadero a los toros bravos y a las madres bravas que los engendran, hecatombe animalista y desastre humano irreparables»

A propósito de Alfonso X, el Rey Sabio, y la tauromaquia, se suele citar una de las «Cantigas de Santa María», concretamente la CXLIV, «cómo Santa María guardou de norte un ombre boo en Prasença» (Plasencia), testimonio literario del toro nupcial, y ese «Setena Partida» (título VI, ley IV) en que el monarca condena a «los que lidian con bestias brauas por dineros que les dan», donde no sólo censura a los llamados matatoros, porque en ella reparte estopa a diestro y siniestro. Ni siquiera se salvan los juglares, esos hombres «que públicamente andan por el pueblo o cantan o fazen juegos por precio», poniendo de manifiesto que la razón o sinrazón de sus diatribas iba más allá de la actividad que unos y otros desarrollaban.

El motivo de la reprobación alfonsí radicaba en el hecho de que tales hombres (y alguna mujer) recitaban o lidiaban por dinero, esto es, viviendo de tal menester, lo que suponía subvertir ese orden social de la Edad Media que, en palabras de Don Juan Manuel, únicamente admitía tres estamentos: oradores, defensores y labradores, subdivididos en oficios y cargos, condición adquirida por nacimiento que trazaba una estratificación que juglares y lidiadores subvertían. Gentes de origen humilde, inexorablemente destinadas a labores campesinas o menestrales, que en la incertidumbre de los caminos y al albur de las plazas se convertían en hombres libres, dueños de sus destinos y mandones sobre su hado.

Los juglares por mor del ingenio. Los matatoros gracias al toro, a fin de cuentas, y como siempre recalca Santiago Martín «El Viti», el protagonista esencial de la Fiesta. ¿Nunca se ocupó Alfonso X específicamente del toro bravo? Por supuesto que sí, aunque no en las cantigas, ni en las crónicas, ni en las partidas, sino en el «Setenario», una especie de miscelánea (poco leída) en honor de su padre Fernando III en la que sus materias van ordenadas por el orden del siete, el número mágico, compuesto del sagrado tres y el terrenal cuatro, puente entre el cielo y la tierra, perfecto para Pitágoras. Las palabras del Rey Sabio, «amador de verdat, escodriñador de sciencias, requeridor de doctrinas e de enseñamientos» (Libro de los Judizios), a mí se me hacen, como suyas, pluscuamperfectas: «Tauro» -escribe- llamaron en latín «al ssegundo ssigno, que quiere tanto dezir en el nuestro lenguaie como toro, bestia ffermosa e que es ffuerte; e ardido; que sabe bien acabdellar ssus uacas e los otros ganados de ssu natura que con él andan; que escoge las aguas claras e buenas; que quando ffalla buen pasto, adelántase a paçer sienpre; et quando truena, cata sienpre al cielo» (Ley LVI).

Siete virtudes, siete: hermoso, fuerte, ardido («valiente, intrépido, denodado», recoge el DEL), dominante, con paladar exigente, adelantado y, cuando el cielo se rompe, altivamente desafiante. Nada que ver con los animales acobardados, en las antípodas de los mansos. Son las virtudes, por cierto, que tantos siglos después cantaría Miguel Hernández: «Los bueyes mueren vestidos de humildad y olor de cuadra;/ las águilas, los leones y los toros de arrogancia,/ y detrás de ellos, el cielo ni se enturbia ni se acaba./ La agonía de los bueyes tiene pequeña la cara,/ la del animal varón toda la creación agranda» («Vientos del pueblo»).

Tan altos valores en armonía apreciaba Alfonso X en el toro bravo, que eso le llevaba a explicarse el culto de los idólatras, quienes sin saberlo adorarían en el toro las virtudes divinas. Dos muestras: ya «que assí como toro escoie las aguas claras e buenas, así Jhesu Cristo escoie para ssi aquellos que entiende que sson claros e limpios»; ya «que assí como el toro cata al çielo quando truena, así Nuestro Sennor Jhesu Cristo en todas las cosas que ffazie siempre cataua al cielo». «Et por ende», concluía, «los que orauan el signo del Toro, a Jhesu Cristo quissieran aorar ssi ssopieren».

Más o menos lo mismo, cambiando de tercio, que llevó a Miguel Hernández a identificar al toro bravo con el pueblo español. O sea, un monarca sabio del siglo XIII y un poeta comunista del XX unidos en la admiración al toro, para la gloria de su cultura, a los que ahora unos políticos indocumentados estarían pretendiendo enmendar la plana con andrajos ideológicos, dispuestos a mandar al matadero a los toros bravos y a las madres bravas que los engendran, hecatombe animalista y desastre humano que serían irreparables.

Hermoso, fuerte, ardido, dominador, de paladar fino, adelantado y valiente. En consonancia con ese acendrado sentir alfonsí se manifiesta El Viti, torero y hombre que siempre se expresa por derecho, ya en el ruedo, ya en la calle, hablando como siente y sintiendo hondo: «Hay que darle gracias a Dios y a la Naturaleza por haber creado un animal así», el cual «cuando me cogía, me dejaba un trofeo»: ese trofeo que Roca Rey conquistó hace poco en Las Ventas tras sufrir un puntazo serio al que se sobrepuso para salir por la Puerta Grande en un torbellino de emociones que solo se obra en las plazas de toros.

Tiene razón Enrique Ponce, maestro al que esperamos con paciencia impaciente (lo importante es que se recupere bien, no que vuelva un par de semanas antes o una después), cuando en una reciente Tercera de antología recordó que «sobre nuestros hombros está depositado el peso y la responsabilidad de una cultura milenaria que recibimos de nuestros antepasados». Una cultura asentada en el castellano derecho de Alfonso X con razones tan puras como el agua de los manaderos, fuentes, libones y veneros de las dehesas, el paraíso del bravo: «El toro», concluye, «es mucho ardido entre todas las animalias». Desde este planteamiento: señor presidente, a ver cuándo hablamos de lo nuestro.

 

J.A. del Moral

J.A. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

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