7ª de San Fermín en Pamplona. En tarde de tres cumbres toreras, Ferrera dio una vuelta al ruedo, El Juli cortó una oreja y a Aguado no le pidieron otra

Los resultados de esta muy esperada corrida no puede definir ni de lejos cuanto aconteció. Porque de haberse manejado bien las espadas, por lo menos Antonio Ferrera y El Juli hubieran podido salir a hombros. No así el debutante Pablo Aguado quien, aparte de tener que encarar el peor lote, obró el milagro de convertir la nulidad del tercer toro en increíblemente sumiso gracias a su prodigioso sentido del temple. Y es que el temple, llevado hasta su máximo extremo, es como un infalible talismán.

Pablo Aguado

Empecemos pues por quien, en mi modesta opinión, llevó a cabo la faena más increíble y desde luego no esperada de la tarde. Muchos teníamos verdadera curiosidad sobre cómo reaccionarían los tendidos más ruidosos del mundo con el ya descubierto cual portentosa revelación en otras plazas, Pablo Aguado, que torea como si torear fuera la cosa más fácil del mundo hasta el punto de la sublimidad. Y quedamos decepcionados porque los de la solanera ni se enteraron de lo que estaba aconteciendo y los de sombra estoy por decir que tampoco. Un baldón cayó sobre los miles de espectadores mientras algunos tuvimos que frotarnos los ojos al comprobar que los testigos asistentes no osaron reaccionar. Y es que esta misma faena con este toro tan digamos “secreto”, si se hubiera visto en la Plaza de la Real Maestranza de Sevilla, habría levantado un inmenso clamor. En fin, que así fue si así os parece que dijera el poeta.

Pero, claro, estábamos asistiendo a una corrida de los Sanfermines en Pamplona. Y eso cuenta tanto para bien como para mal. Suspenso pues a la impresionante monumental teñida de blanco. Joder, es que ni se enteraron de lo que estaba sucediendo. Peor para ellos que, como aficionados, suspendieron este examen para un servidor escandalosamente.

Del final del festejo, de nuevo con Aguado frente al animal más inocuo de la corrida, no esperamos más que, esta vez, sí, un silencio sepulcral.

La tarde se abrió con el en Pamplona queridísimo Antonio Ferrera. Tan querido, que aquí mismo triunfó por todo lo alto no pocas veces cuando le llamábamos Ferrari. De modo que, ahora que su estilo lo ha convertido en un barroco que hasta nos llega a parecer como si fuera churrigueresco, el desideratum está más que servido. Si armó un lío con el toro que abrió plaza, tanto con el capote como con la muleta, si Ferrera hubiera matado pronto y bien, seguro que hasta le habrían regalado una segunda oreja. Y, no digamos, si hubiera acertado con la espada al primer envite tras cuajar otra faena de aún mayor dimensión que la del primer toro, le habrían pedido hasta el rabo. Por cierto, se les olvidó pedir la muy merecida vuelta al ruedo para el toro, entusiasmadamente absortos en ovacionar la vuelta que se marcó Ferrera, por supuesto que con todo merecimiento.

El Juli que pisaba el ruedo de la monumental pamplonesa por vigésimo octava vez con incontables salidas a hombros engalanando su particular historia, pasó del vacío que propició el peor toro de la corrida, el segundo, al indeclinable clamor  acontecido con el extraordinario para la muleta quinto. Bravo el toro en el caballo del sin par Barroso Jr, este en principio huidizo animal que en palos se volvía del revés, trocó sus defectos iniciales por un embestir colosalmente en la muleta de don Julián López. Cuando arrancó la gran faena, más de uno pensamos que El Juli no había querido descubrir en los dos primeros tercios las extremas bondades de este animal que ,a luego; las desparramó a lo ancho y a lo largo del inacabable faenón juliano. Y eso que mientras le picaban y le banderilleaban parecía que no iba a terminar de romper. Y vaya si rompió el llamado “Cóndor”. El Juli quiso y pudo conjuntar su reconocidísima maestría con las intenciones novilleriles de sus primeros años. Y tal mezcla, no solo nos complació, también nos entusiasmó porque nos hizo retrotraernos hasta casi veinte años antes. Rejuvenecido Julián y rejuvenecidos todos los viejos presentes, la verdad fue que gozamos como niños.  Fue una pena que volviera a fallar a espadas e hizo bien el ayer muy joven presidente en darle una oreja que podrían haber sido dos indiscutiblemente.

Plaza Monumental de Pamplona. Jueves, 11 de julio de 2019. Séptima de feria. Tarde soleada y agradable con lleno total.

Seis toros de Victoriano del Río y uno que abrió plaza de Cortés. De hechuras muy desiguales por la búsqueda de lo más aparatoso de la camada. Dieron buen aunque también desigual juego, destacando el cuarto y el quinto que fueron realmente extraordinarios. Al buen primero le afectó su marcada querencia a tablas. Deslucido el segundo, reservón y desparramando la vista aunque finalmente noble gracias a quien tuvo delante, el tercero y manejable hasta rajarse el sexto.

Antonio Ferrera (grana y oro): Estocada atravesada medio recibiendo y tres descabellos, aviso y palmas con saludos. Metisaca en los bajos y pinchazo,  clamorosa vuelta al ruedo.

El Juli (amaranto y oro): Dos pinchazos y media estocada, silencio. Estocada trasera y dos descabellos, aviso y oreja muy celebrada.

Pablo Aguado (berenjena y oro): Estocada trasera y descabello, palmas con saludos. Media estocada, silencio.

A caballo destacó sobremanera el gran picador José Antonio Barroso, dignísimo hijo de su inolvidable padre Alfonso. En la brega y/o en banderillas, José Manuel Montoliú, Fernando Sánchez, Álvaro Montes, José María Soler  y el sin igual  Iván García.

Como era de esperar, hoy no actuará Roca Rey. Será sustituído por Antonio Ferrera.

J.A. del Moral

J.A. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

1 Resultado

  1. Mariano dice:

    De sus 5 tardes en las plazas de primerisima (Valencia, Sevilla, Madrid) en Pamplona Aguado me convenció menos y toreó con un concepto del toreo bastante lejos del que asombró en Sevilla. Ojalá no le pese ya la purpura y no tire demasiado de astucia.

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