Y el inalcanzable Ponce se inmortalizó en El Puerto

Ponce y Manzanares salen a hombros

La inmortalidad que algunos también definen como vida eterna, supone la existencia indefinida o infinita de un estado de gracia en pos de superar lo insuperable, hasta la misma muerte. La idea de inmortalidad también es considerada como la respuesta a la angustia que produce en el ser humano la conciencia de su mortalidad y contingencia.

El gravísimo percance que padeció Enrique Ponce en las pasadas Fallas de Valencia podría haber sido el definitivo final de la incomparable carrera del gran maestro. Una derrota física que a cualquier otro torero le hubiera supuesto un trágico e insuperable final. Incluso los que conocemos a Enrique desde que era un niño prodigio nos temimos lo peor. Y nos equivocamos aún a sabiendas de su inmensa capacidad de superar cualquier contingencia. Hasta los más próximos al gran torero tuvimos que esperar varios meses de incertidumbre aún a sabiendas de lo que Ponce siempre fue capaz de superar. Pues bien, llegado el momento, Enrique superó lo insuperable mediante su incalculable capacidad de sacrificio, que en su caso alcanza, además, el grado de científico, como también gracias a su infinita paciencia y al sacrificado método que llevó a cabo cuasi apartado del mundo. Una lucha interior en pos de alcanzar otra vez la victoria sobre los elementos por adversos que fueran.

Y así pudimos comprobarlo una vez más ayer en su tarde de reaparición en la Real Plaza de El Puerto de Santa María, reinagurada contra viento y marea de los celos políticos de cuantos munícipes están a favor de la Tauromaquia y de los que estaban y seguirán estando en contra. El acontecimiento hasta estuvo a poco de suspenderse. Pero Dios existe y, además, también es aficionado.

El casi lleno de asistentes al acontecimiento certificó una vez más y van … que con el toreo no hay ni habrá quienes puedan. Y vaya que lo celebramos.

La corrida empezó con la interpretación de La Marcha Real con todo el público en pie y el desfile de cuadrillas sin deshacerse, a lo que siguió una ensordecedora ovación tan llena de ilusión como de fe. La gente sabía a lo que se debía tamaña apuesta y vaya que acertó en sus ilusionadísimos propósitos y en sus inmarchitables ilusiones. Y es que la fuerza colectiva de los aficionados a los toros es infinita. Había ocurrido lo mismo un día antes en la reapertura del Coliseo Balear en Palma de Mallorca.

Pero en el acontecimiento de ayer en El Puerto, lo que mandaba y primaba era la esperadísima reaparición de Enrique Ponce. Nunca habíamos sido testigos de tamaña simbiosis entre la ilusión del gran torero y las ilusiones de los miles de espectadores, todos inmensamente deseosos de que la la apuesta saliera a pedir de boca. Y tanto fue así, que se juntaron los planetas hasta que se logró una de las apoteosis más grandes que hayamos gozado en nuestra ya muy larga vida.

El maremoto torero sucedió en la lidia total del cuarto toro de Juan Pedro Domecq, de nombre “Fantasía”, por cierto hijo de otro toro del mismo nombre que indultó hace años José Tomás en el Coliseo Romano de Nimes. Y a este mismo nombre se unió la que quizá haya sido la mejor de las infinitas mejores faenas del gran maestro valenciano. Un renacimiento portentoso por su enjundia y por su exactitud en el derroche del grandioso toreo con el capote y con la muleta que certificó una vez más y esta con tamañas expectativas el grado celestial del insuperable gran torero de Chiva. Un renacimiento que, además, se produjo a los compases sinfónicos del Concierto de Aranjuez del gran maestro Rodrigo que debió levantarse de su tumba para no perder detalle. Porque es muy difícil acoplarse sin el más mínimo rechine al convertir el toreo en música celestial y esta misma música en toreo grandioso.

Tantos días y tantas noches ha debido soñar insomne Enrique en este momento que no podía fallar de ninguna de las maneras. Su inmenso valor sin recurrir a ningún esfuerzo ni a ningún alarde para que su toreo fluyera como el agua cristalina de una fuente inagotable. Y la gente en pie y como loca. Locura de amor colectivo sumando en un coro de entusiasmo desbordante.

La grandiosa obra poncista fue tan perfecta como redonda, variada y abundante. Porque, si portentosa fue en sus principios, también o más en sus prolongados finales en busca presentida del perdón de la vida de el toro objeto de tamaño desideratum torero. Y la tierra se fundió con el cielo. Y la gente enloqueció a tal grado que pocas veces hemos visto algo parecido. No es cuestión aquí de enumerar cada compás, cada irse y venirse, cada cite y cada salida, cada sentimiento y cada emoción. Fue el conjunto de todo ello – pintura, escultura y música increíblemente conjuntados – lo que provocó la catarsis. Momentos ciertamente históricos por cuasi divinos mientras la plaza de El Puerto también tembló de emoción en este histórico punto y aparte de la Tauromaquia.

Para el recuerdo quedará también el detalle que supuso que Ponce saliera vestido con el mismo terno blanco y azabache que estrenó en la corrida de su costosísimo percance en Valencia. ¿Quien podrá hablar entonces de gafes?

Del resto de la corrida, también quedaron para el recuerdo los mejores aunque incompletos momentos de Ponce con su capote y su muleta ante el desigual juego del primer toro del que habría logrado cortar una primera oreja de no haber fallado con la espada.

Y como no, de las dos también brillantes intervenciones de José María Manzanares frente a sus dos buenos oponentes, a los que mató de sendas estocadas monumentales. La del tercero a volapié y la de sexto en la suerte de recibir. Aparte el reconocido empaque señorial del también maestro alicantino, sus estocadas no por habituales son por sí mismas monumentos a la más importante suerte suprema. Un perfecto compañero del más que histórico Ponce. La salida en hombros de ambos mientras todos nos hacíamos cruces por lo visto y lo vivido, fue uno de esos momentos que jamás podremos olvidar.

Fue una pena que Morante, con el por lote, no pudiera acompañarles.

Real Plaza de toros de El Puerto de Santa María. Sábado, 10 de agosto de 2019. Apertura de temporada. Tarde suavemente veraniega con ligero viento y tres cuartar partes de entrada con aspecto de casi lleno.

Seis toros de Juan Pedro Domecq, con cuajadas hechuras y de vario juego. Noble por el lado derecho  y muy  incómodo por el izquierdo el primero. Muy parado por excesivamente castigado el que terminó obedeciendo segundo. Muy noble por el lado derecho el tercero. De extraordinaria clase el cuarto, finalmente indultado. Malo aunque inédito el quinto y bueno el sexto. Pese a estos altibajos, una importante corrida.

Enrique Ponce (blanco y azabache): Media estocada baja, ovación con saludos. Indultó al cuarto, dos orejas simbólicas y apoteósica vuelta al ruedo.

Morante de la Puebla (azul pavo y oro): Pinchazo y media estocada, ovación con saludos. Pinchazo y estocada corta, bronca descomunal.

José María Manzanares (gris perla y azabache): Grandiosa estocada, oreja. Gran estocada en la suerte de recibir,  oreja. Salió a hombros junto a Enrique Ponce.

José Antonio Carretero fue atendido de un esguince de tobillo, pendiente de estudio radiológico. Magnifico en palos Suso.

 

J.A. del Moral

J.A. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

4 Resultados

  1. Ángel dice:

    Crónica en sintonía y en sinfonía al egregio acontecimiento vivido ayer en El Puerto. Purísima literatura. Exquisita pluma para narrar y describir la inmortalidad de un GENIO del toreo qué ha escrito una sublime página en la historia de la Tauromaquia.

  2. Gregorio dice:

    No entiendo por qué no se entregó el rabo al Maestro Ponce tras su faenón historico. Padecemos una moda nefasta donde los presidentes, por el buenismo modernista, indultan a qualquier animalejo y la indultitis cada vez más se difunde. Pero los mismos se ponen “serios” a la hora de dar trofeos a los toreros por mantener un rigor de supuestos aficionados. Ayer era más de rabo la faena que de indulto el del toro. Esto empieza a oler a antitaurino

  3. Edmundo J. Gil dice:

    Si con las limitantes que pone la television pudimos ver esa increible conjuncion de arte- ciencia- pureza-sentimiento y clasicismo en la prodigiosa muleta de este emperador del toreo; me imagino lo que fue EN VIVO en la Plaza de El Puerto de Santa Maria. Los afortunados asistentes constataron lo que Joselito El Gallo dejo plasmado en esa frase que se lee en un mosaico en el patio de cuadrillas de esa plaza… Quien no ha visto toros en el El Puerto no sabe lo que es una verdadera tarde de toros.

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