Semana Grande de San Sebastián. Juventud, divino tesoro

 

Juan Leal, en el momento de la estocada

 Juan Leal y Luis David cortan una oreja en una bondadosa y floja corrida de Torrealta

 

La apuesta por tres jóvenes, juntos, desemboca en un cartel insólito, con Juan Leal como director de lidia. ¿No sería mejor ir juntando a uno, cada vez, con los veteranos, como antes era habitual? ¿O no aceptarían eso las figuras? ¿O se busca un cartel más barato, para compensar? Conteste el que sepa. Está bien dar oportunidades a los jóvenes pero Bernard Shaw sentenció que «la juventud es la única enfermedad que se cura con los años».

Los toros de Torrealta han mostrado gran bondad; los jóvenes diestros, gran entrega. Han cortado un trofeo Juan Leal y Luis David.

El francés Juan Leal va abriéndose camino –como en el título de Chaves Nogales– «a sangre y fuego», a costa de percances. Su valentía a veces roza la temeridad. Después de una serie de rodillas, aprovecha la bondad del primero, distraído, para ligar muletazos suaves, en una dimensión más clásica de la suya habitual. Mata con más decisión que acierto: petición y vuelta. El cuarto también es noble y quiere huir. Se luce Marc Leal, con los palos. Juan alterna muletazos clásicos con todo el repertorio actual, de pie y de rodillas: cambiados por la espalda, circulares invertidos, una arrucina… Mata con un gran salto (al estilo de Cayetano): oreja.

En la Feria de Julio reapareció el valenciano Román, muy gravemente herido en San Isidro. Demostró que conserva sus cualidades, salvo en la suerte suprema, en la que fue herido (eso requiere un cierto tiempo). Su simpática naturalidad conecta fácilmente con el público. El segundo, un bonito jabonero, es bonancible pero flaquea y huye a tablas. Román logra aceptables muletazos pero abusa de los circulares invertidos, que no ayudan a sujetar al toro, prolonga la faena (el vicio actual) y no mata bien. En el quinto, saluda Raúl Martí. El toro flojea y se para, impidiendo que el empeñoso trasteo emocione. Prolonga demasiado. Todavía no ha recuperado el sitio con la espada.

En el sexto, que brinda a la Banda, insiste en los cambiados por la espalda, los rodillazos y manoletinas pero los muletazos no tienen relieve por la sosería y flojera del toro. Mata mal, con derrame (aunque saluda triunfalmente).

Los tres jóvenes diestros no han regateado entrega. Las imperfecciones son lógicas; lo malo es elegir el camino de la bisutería que está de moda; y, por supuesto, que eso sea lo que el público valore. Así estamos.

Recuerdo la grave dignidad con que el gran Fernando Fernán Gómez recitaba el poema de Rubén Darío: «Juventud, divino tesoro, / ya te vas para no volver; / cuando quiero llorar, no lloro / y, a veces, lloro sin querer». Pues eso.

Postdata. Entrevistado por Sostres, en ABC, el enólogo Mariano García define así al juez Marchena: «Sabe torear. Y el morlaco que tenía no era fácil, pero ha bajado la muleta y ha hecho una faena interesante». Es un caso claro –uno más– del uso simbólico, en la vida cotidiana, del lenguaje taurino, que impregna nuestra visión de la realidad, nos gusten o no las corridas de toros.

 

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