Valladolid. Las espadas dejan a la terna sin puerta grande

Ponce, Juli y Manzanares dieron una buena tarde pero sus desaciertos estoqueadores redujeron el cupo de trofeos a sendas orejas para el madrileño y el alicantino

Más capotazos que años de alternativa sumaba la terna recibió el primer toro, que manseó de salida pero cada vez que acudía a las telas humillaba deliciosamente. No parecía un dechado de fortaleza, pero desde el primer lance se atisbó su calidad. Había ganas de verlo a solas con el matador. Y Enrique Ponce lo trató con limpieza de principio a fin, salvo con el acero, que privó de una tarde de triple puerta grande. El valenciano se dobló en el inicio y lo empapó de muleta.

Todo temple y suavidad, con un mansito de Domingo Hernández con un gran fondo de nobleza. Por ambos pitones lo toreó con elegancia, aprovechando la buena embestida. Aquella plasticidad tapaba la falta de apreturas. En el epílogo, toreó con desmayo entre los plácemes de los tendidos, que congregaron la mejor entrada que se espera en la feria, aunque ni de lejos se llenó pese a reunir a tres figuras. «¡No te retires nunca!», gritó un partidario mientras dibujaba un cambio de mano angelical. Se presentía el triunfo, pero no anduvo acertado con la espada ante un «Lillesito» que murió pegando coces.

Y de nuevo la desafilada tizona abortó la oreja en el cuarto, en el que el «ole» más fuerte se escuchó cuando la montera cayó en la versión de la suerte. Qué cosas… Oles merecían los torerísimos ayudados por bajo del inicio. Se notaban las ganas de gloria del maestro de Chiva. «¿Este novillero quién es?», preguntó entre bromas un seguidor mientras dibujaba naturales acompasados a un toro llamado «Copla», de informal ritmo y movilidad. La mano de escribir fue la protagonista de su entregada obra. Y bellamente remató por bajo. Pero la espada deslustró todo y se tuvo que marchar a pie. Como sus compañeros…

La dimensión de figura que no pierde la ambición (y van más de veinte años de alternativa) se adivinaba ayer en El Juli. Libre voló su capote con «Apresado», con el que se mostró torero y variado: verónicas, chicuelinas, tafalleras, una media, una cordobina… Por alto fue el inicio, con un toro que a veces se vencía. Otra tarde más el viento apareció como desagradable invitado. El matador tenía una doble misión: gobernar las telas y el viaje del garcigrande, que soltaba la cara. Impoluta la técnica del madrileño, rendido a la causa. Intercaló ambos lados mientras arrastraba la muleta: el tal «Apresado» se tragaba los dos primeros, pero al tercero los bruscos tornillazos se sucedían. Por encima del colorado estuvo El Juli, al que cortó una oreja. Las palmitas al bruto animal fueron de chiste.

Pero a más guasa aún sonaron las que algunos tributaron al quinto, el peor y más deslucido del desigual sexteto. Áspero desde la salida, apenas lo picó, en su línea. Complicado en banderillas, El Juli lo metió en vereda en cuanto le plantó la muleta. El máximo especialista en garcigrandes del escalafón se fue adueñando de cada geniuda embestida. Tras un comienzo diestro, por el izquierdo regaló algún viaje más agradable. Un oasis entre las dificultades. Julián López aguantó parones en una faena de capacidad y raza, trabajada y esforzándose para extraer pases. En su boca se leyó como maldecía a la vaca que parió al tal «Jilguero», al que cazó a su manera a la segunda.

La hora final se llevó también el galardón de Manzanares con un tercero en el que brilló la cuadrilla, especialmente la lidia de Trujillo. El alicantino concedió luego distancias a un «Chimbero» que, a pesar de que alguna vez quiso puntear los engaños (no ayudaba Eolo), se abría mucho. Claro que el matador también le dejó de par en par alguna ventana. Cuando lo enredó en redondo, con un eterno cambio de mano, la gente enloqueció. Hondo fue el de pecho, superior. Cada vez reculaba más el de Domingo Hernández, con esa tendencia a huir. Había que llevarlo muy tapado, lo que no siempre sucedió en una faena intermitente, salpicada de bonitos momentos.

Pitos merecía la presencia del sexto, pero ni uno se oyó. Qué carita (como alguna otra): ya la quisieran los novilleros… Cierto es que guapo no era. Sí fue obediente. Sin grandes estrecheces, Manzanares buscó el temple y en un pase de pecho, ya con el animal a menos, estuvo a punto de ser prendido. Siguió luego con disposición y el espadazo desató la pañolada de la oreja.

Los mayores méritos los contrajo El Juli con el lote más agrio. Infinita su ambición.

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