Valladolid. Del toreo eterno de El Cid al milagro en una gran corrida de El Pilar

El Cid, en el inicio de un pase de pecho

El torero de Salteras pincha lo más puro y López Simón sale a hombros

Dios existe. Si un monosabio vive hoy para contarlo es por obra divina. ¡Qué cogida tan dramática! Aún tiemblan las manos al recordarlo. Pero la verdad de la Fiesta es que nadie está a salvo cuando hay un toro en el ruedo. Un hombre de pantalón azul y camisa grana, Rafael Casado, de 52 años, lo sufrió ayer en su piel cuando el segundo del Pilar, «Alambito» de nombre, le pilló apoyado en el burladero al salir del encuentro en varas. Mientras el monosabio se introducía en la trinchera, este colorao de 527 kilos le prendió por la ingle y le sacó con toda su violencia a cuestas hasta estamparle contra la arena. Terrorífica la escena. Rápidamente, una angarilla humana de cuadrillas y compañeros le trasladó a la enfermería. Una hora después por el callejón corría la voz de que, para lo que pudo ser, «solo» sufría «una cornada en el escroto, con evisceración de testículo, de pronóstico leve». Milagro en el Paseo de Zorrilla.

Momento de la cornada al monosabio

Tras aquellos momentos de angustia, la corrida siguió, como sigue la vida. Y en banderillas el del Pilar apretó. Con su punto manso, se movió mucho en la muleta de un dispuesto López Simón, que se descalzó, con la puntera de las zapatillas mirando hacia la puerta de cuadrillas. Cuando «Alambito» buscó las tablas, el torero de Barajas se metió entre los pitones, en ese terreno que domina. Y se marchó más allá del tercio para culminar con ajuste a pies juntos por alto. Una estocada desató la pañolada y la primera oreja.

Se cumplió el dicho de que no hay quinto malo. ¡Cómo fue «Deslumbrante»! Se comía las telas con codicia y se topó con un entregado madrileño, que volvió a torear descalzo como si el contacto con la arena le hiciese crecerse en un emocionante y ligado capítulo. Valeroso, López Simón ofreció distancia en los medios, y allá que acudió el excelente pilarico, con profundidad y nobleza de bravo. Incansable en su embestida, una voz pidió el indulto mientras se perfilaba para matar. El metisaca bajo dejó el premio en una oreja mientras «Deslumbrante» era distinguido con la vuelta al ruedo en el arrastre. Qué pedazo de ejemplar en la gran corrida: cuatro (o tres y cuarto si se prefiere) embistieron y hasta hacían el avión. Y eso ya es noticia. Otro milagro.

Hubo más, porque ya en el que abrió plaza brotó la angustia cuando el animal derribó con estrépito al picador y, minutos después, El Cid sufría un volteretón al quedar descubierto por el viento. La tarde no estaba para torear: continuas tremolinas ponían en peligro a los hombres de luces. Tormenta de arena frente al temple de Manuel Jesús. ¡Que bien anduvo con tan sensacional toro! Lástima que Eolo no permitiese dominar apenas los trastos. A izquierdas ondeaba la muleta y ahí sobrevino el percance. Qué feo fue, por fortuna sin consecuencias. El manto de Nuestra Señora de San Lorenzo trabajó a destajo. El Cid se incorporó sin mirarse y se dirigió enrabietado hacia «Guajiro». Siguió luego por la mano de escribir, inmaculado por momentos, lo que se antojaba casi imposible. Asentado y con la pata p’alante regresó a la zurda. No ha habido un toreo tan puro en toda la feria. Ni con semejante clasicismo. Relajado y despacioso, finalizó a derechas, pero el toro pareció distraerse en la hora final y pinchó una faena de triunfo.

Daba gusto ver ayer aquel toreo otoñal, con tanto poso. Los naturales más verdaderos llevaron la firma cidista: el pecho ofrecido, la cintura quebrada y el sueño de una muñeca de muchos quilates. Fabuloso era el pitón zurdo del cuarto y de fábula fueron las series. ¿Por qué no se ven más así? Por ambos lados embistió «Langostero», que planeó, y hasta el viento pareció calmarse. Disfrutó El Cid y solo sobró ese pequeño barullo en lo accesorio. El cante grande ya había sido. Se marcó un desplante a cuerpo limpio y aguantó parones en el epílogo antes de la cita con su desafinada espada, que otra vez se llevó la gloria de las orejas. La otra, la del toreo eterno, quedaba en el recuerdo con un lote «superclase» y le obligaron a pasear el anillo.

Ginés Marín pechó con los dos garbanzos negros del sexteto. Tuvo que abreviar con el manso tercero, que lo medía en su corto viaje, y se entregó totalmente en el sexto desde el bonito y variado recibo. Si brusco era por una senda, no poco genio desarrolló por la otra. No se amilanó el valiente espada, que quiso siempre mientras trataba de limar asperezas con perseverancia. Con el rival cada vez más desentendido dentro de su informal viaje –a cuentagotas ofreció alguna embestida humillada–, dio una notable dimensión y se tiró a matar, pero la estocada cayó trasera, el escaso público andaba ya frío y todo quedó en rácanos saludos. No merecía ese broche la buena corrida del Pilar, que mantiene su idilio con esta plaza. La misma a la que El Cid enamoró en su despedida.

 

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