Un soplo de esperanza para Miguel Ángel Perera

Un soplo de esperanza para Miguel Ángel Perera

El diestro extremeño, que convalece aún de la grave cornada sufrida en Zaragoza, ha recibido el regalo de un pañuelo de la dolorosa de la calle Pureza

Perera tenía marcada una fecha en su agenda: era la del 13 de octubre en Zaragoza, remate de una notable campaña que ya encaraba su final inexorable. Pocos días antes se había confirmado la definitiva ausencia de José María Manzanares –aquejado de unos problemas de espalda- en su segundo compromiso de la feria del Pilar que, por extensión, impedía su comparecencia en el festival organizado en Sevilla a beneficio de las obras sociales y asistenciales de las hermandades del Baratillo y la Esperanza de Triana. La pelota rebotó en el tejado del diestro extremeño que no tuvo dudas a pesar de que ese festival se celebraba en vísperas del largo viaje a la capital maña para cerrar su propia temporada. La causa lo merecía y aceptó esa sustitución supliendo al alicantino en el lujoso paseíllo que iba a sentenciar la temporada taurina en la plaza de la Maestranza.

El ambiente en las calles del Arenal era de gran acontecimiento, subrayado por el indudable poder de convocatoria de ambas corporaciones que colmaron los escaños del coso sevillano de un público distinto y entregado. Ese ambiente, finalmente, superó el argumento estrictamente taurino pero el festejo sí tuvo un claro y rotundo triunfador: el propio Perera. El extremeño formó el primer lío con el percal. Los capotazos a una mano, cambiando el engaño por la espalda hicieron rugir a los tendidos, que vivieron entregados por completo su intensa faena al toro de Cuvillo: desde los tersos y templados muletazos de rodillas con los que abrió fuego hasta la estocada final. Su labor había roto por completo en un circular invertido que prolongó con un cambio de mano. Fue el preludio de una maciza y honda serie diestra que se acabó convirtiendo en un impresionante arrimón en el que tuvo que sortear los pitones rozándole las rodillas. Las luquecinas, muy jaleadas, sirvieron de epílogo de una labor rematada con una estocada trasera. Cortó dos orejas que marcaron la diferencia. Las paseó feliz de la vida.

Un soplo de esperanza para Miguel Ángel Perera

No hubo demasiado tiempo para celebraciones. En Zaragoza, a 800 kilómetros de Sevilla, le esperaba el último contrato de la temporada. Una corrida de Montalvo, con Ponce y El Juli en el cartel. Pero la tarde –ya es historia sabida- comenzó pronto a ponerse cuesta arriba. A la lesión del banderillero José María Soler le iba a seguir el horripilante percance de Mariano de la Viña, que sufrió una brutal cogida cuando salió a los medios a parar y fijar al cuarto de la tarde. El subalterno más veterano de la cuadrilla de Enrique Ponce fue conducido a la enfermería con dos fuertes cornadas y un tremendo golpe en la cabeza. Las caras de estupor de los hombres de luces delataban la magnitud del percance. En la enfermería comenzaba una carrera contrarreloj mientras trascendían las primeras noticias: Mariano había entrado en el quirófano en parada cardiorespiratoria. Lo primero era devolverle a la vida; después vendría todo lo demás…

Pero los toreros saben que el espectáculo debe continuar. El Juli se había hecho cargo del toro mientras Ponce, su matador, se echaba las manos a la cabeza. En el ruedo había quedado un inmenso charco de sangre que se había convertido en el vértice de la escena. Era de Mariano de la Viña… Miguel Ángel Perera no lo dudó. Pidió un rastrillo y restañó aquella sangre sobre la que aún caería otra sangre. La suya propia.El festejo prosiguió en medio de un clima de gran consternación. El público conocía perfectamente el intenso drama que se estaba viviendo en la enfermería y acalló la tradicional jota que suele saludar la salida del sexto toro en las corridas que se celebran en el coso de la Misericordia. Le correspondía su lidia y muerte a Perera. El animal salió del peto y sorprendió a Perera, metiéndose por debajo de los vuelos del capote. Lo desarmó y persiguió hasta alcanzarle en la cara posterior del muslo. Llevaba una fuerte cornada…

Un soplo de esperanza para Miguel Ángel Perera

El torero fue conducido a la enfermería, donde se seguía luchando por salvar la vida de Mariano de la Viña. Una vez más tocaba pedir calma y hasta pedir que siguieran atendiendo al compañero herido. Lo suyo, a pesar de la extensión de la herida, podía esperar. Finalmente, ante la imposibilidad de ser atendido en la propia enfermería de la plaza acabó siendo trasladado al hospital Quirón de la capital maña junto al propio de la Viña. La herida del extremeño fue intervenida con normalidad. Tenía fuertes destrozos musculares pero, afortunadamente, ninguna lesión que pudiera interesar su vida. El alta no tardó en llegar…

A 800 kilómetros, en una capilla de la orilla derecha del Guadalquivir, tampoco tardaron en conocer la gravedad de esa cornada, las angustiosas circunstancias en las que se produjo y el continuo interés de Perera por el estado de Mariano de la Viña. El diestro extremeño no había dudado en cambiar todos sus planes para estar el 12 de octubre en el patio de cuadrillas de la plaza de la Maestranza a beneficio de dos advocaciones marianas estrechamente vinculadas con la gente de coleta. Tocaba devolverle un poquito de esa Esperanza en forma de un pañuelo de la Dolorosa de la calle Pureza que el torero –dicen algunos allegados- ha recibido profundamente conmovido. Es la historia íntima de un grave percance que tendrá viaje de vuelta…

A. R. del Moral

A. R. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

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