Galdós nunca fue un antitaurino

 

Reportaje de investigación de Javier López-Galiacho, Profesor Titular de Derecho Civil de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid sobre los toros y Benito Pérez Galdós

Este pasado 4 de enero de 2020 se cumplió el centenario del fallecimiento en Madrid del gran escritor canario, Benito Pérez Galdós, autor de páginas brillantísimas de nuestra literatura en novelas como Misericordia o Tormento, en sus célebres Episodios Nacionales o en obras teatrales que conmovieron al público como fueron Electra o Casandra.

Galdós, por el conjunto de su descomunal obra, está considerado, tras Miguel de Cervantes, como el mejor escritor español de todos los tiempos. Incluso ha sido calificado como uno de los grandes autores europeos del siglo XIX, a la altura de los Balzac, Flaubert o Tolstoi.

A mí me toca muy cerca la figura de Galdós, pues mi bisabuelo, el actor Pepe López Alonso, destacado intérprete en los veinte primeros años del teatro español del pasado siglo y pionero del cine mudo en España, fue su lector privado cuando este genio de las letras quedó ciego.

Durante casi ocho años (1912-1920), muchas tardes, mi bisabuelo Pepe, se acercaba al domicilio de actor en el chalecito de la calle Hilarión Eslava 7 de Madrid, donde hoy solo le recuerda una placa, a leerle textos. De él guardo en mi colección particular una entrañable foto de aquel oficio de lector de mi bisabuelo para Don Benito, y una extensa tradición oral acerca de su interés y conocimiento por la tauromaquia.

Acaba de publicarse, coincidiendo con el centenario, una interesante biografía del alicantino Francisco Cánovas sobre Benito Pérez Galdós, quizá de lo mejor que se ha escrito sobre la vida del autor junto a la biografía de Ortiz-Armengol, y esperando esa joya que dicen es la premiada obra sobre Galdós de la canaria Yolanda Arencibia.

Pero esta nueva biografía del profesor Cánovas, contiene una afirmación en la página 143, tan dura como muy matizable, en el sentido que a Don Benito Pérez Galdós “las corridas de toros le parecían una atrocidad”.

Una línea antes, ya Cánovas había escrito que, en cambio, a Galdós le gustaban “los perros, los gatos y otros animales domésticos”. Como si gustándote las mascotas no puedes ser un buen aficionado. Yo he tenido cinco perros y diez gatos y me apasiona el arte del toreo.  El otro día leíamos a un gurú del veganismo señalar sin ruborizarse que “un vegano no puede en ningún caso ser aficionado a los toros”. Sobran comentarios.

Creo, en estos momentos que se glosa la figura de Galdós, que tengo la obligación de salir al quite a esta afirmación, que se repite hasta hacerse ya un mantra en el centenario de su muerte, que tacha a don Benito de “atroz antitaurino”.

Ya recientemente, el admirado profesor Andrés Amorós, en su diario ABC, salía al paso del disparate del comisario de la última exposición sobre Goya en el Museo del Prado, quien había afirmado, también sin vergüenza alguna, que el pintor aragonés era un “antitaurino”.  Claro que Amorós con la espada de su enciclopédico conocimiento,  lo despachó de un certero bajonazo.

Hoy, cuando la tauromaquia está siendo objeto del más organizado y estratégico ataque, me veo en la obligación de contestar al biógrafo Cánovas; por cierto, el gran político del mismo apellido fue rotundamente un gran aficionado a la Fiesta.

Lo primero que deseo señalar es mi gran incomodidad cuando un escritor o investigador, pone por delante su ideología, en este caso contraria al espectáculo taurino, por encima de los hechos objetivos que analiza.

Ya pasó lo mismo con la doctora María Ascensión Andrades Ruiz en su tesis “Los artículos costumbristas de Benito Pérez Galdós en “La Nación” y la influencia de los mismos en sus Novelas de la Primera Época (Retrato de la sociedad madrileña del siglo XIX)”, donde destila una indisimulable hiel contra la tauromaquia, volcándola en algunos pasajes de su interesante, por otra parte, tesis.

El desconocimiento del espectáculo taurino por la doctora Andrades es tal, que señala que los festejos a los que asistía Galdós, “y que le asqueaban”, ocurrieron en “La plaza de las Ventas” (pág. 176)). Desconoce la doctora que la actual plaza de las Ventas tardaría más de 10 años tras la muerte de Galdós en hacerse realidad y que, en puridad, el toreo que en Madrid pudo ver Galdós se representaría en las viejas plazas de la plaza de la puerta de Alcalá (hasta 1874) y más tarde en la de la Carretera de Aragón (demolida en 1934). ¡Nunca en Las Ventas!.

Está acreditado que Galdós en su niñez y adolescencia, a poca corrida pudo asistir en su natal y querida por mí ciudad de Las Palmas, pues siempre fue tierra poca taurina.

Pero viniendo muy joven a Madrid, y con el conocimiento tan detallado que tuvo del tipo madrileño, su ciudad y su tiempo, así como de sus usos y costumbres, seguro que Galdós pisó las plazas de toros del siglo XIX de Madrid como fueron las citadas de Alcalá y Carretera de Aragón, pero también las de Tetuán, Vallecas o Carabanchel.

Galdós relata, incluso, como vio fusilar en las tapias de la vieja plaza de toros de la Puerta de Alcalá a los amotinados del Cuartel de San Gil en 1866: “Como espectáculo tristísimo, el más trágico y siniestro que he visto en mi vida, mencionaré el paso de los sargentos de Artillería llevados al patíbulo en coche de dos en dos por la calle de Alcalá arriba para fusilarlos en las tapias de la antigua Plaza de Toros”. En 1866, la plaza estaba aún funcionando. Dice “antigua” porque cuando escribe estas líneas, la plaza ya está demolida.

La relación de Galdós con la Fiesta de los toros pasó por diferentes etapas, como su propia obra.

En los primeros años de su rebelde juventud, sobre todo en sus colaboraciones en el diario “La Nación”, se mostró crítico, no tanto con el contenido del espectáculo, sino más bien con lo que lo  rodeaba, gentes con poca formación, tipejos aprovechándose de otros en torno a la Fiesta.

Aunque en sus primeras colaboraciones en “La prensa” de Buenos Aires se mostró tolerante y conforme con la tauromaquia, en el artículo publicado el 19 de abril de 1868 en el diario madrileño de “La Nación”, dice estar contrariado con las publicaciones y revisteros taurinos y por el bajo nivel educativo de parte de la afición que asiste.

Pero ni mucho menos puede desprenderse que fuera crítico y demoledor contra todo el público taurino. Así, separa a los trece mil aficionados que han acudido al coso de la Carretera de Aragón (lo que ahora sería el Wizi Center o Palacio de Deportes de Madrid, no “La Ventas” como señala la doctora Andrades), en dos grupos bien diferenciados: uno, compuesto por siete u ocho mil personas, que por sí solas podrían constituir “un pueblo civilizado”; y otro “público, bajo y ruin, que se forma con todos los desperdicios sociales que la voz pública denomina vagos, perdidos, chulos, etcétera”.

Tampoco Galdós traga al revendedor de billetes y así lo describe: “esa metamorfosis del chulo, que conspira contra el bolsillo de los aficionados e impide el libre paso de los que no lo son”.

Pero Galdós redime en su conjunto a la Fiesta de los toros y por eso afirma contundentemente en ese artículo que “los toros deben conservarse, porque son el último resto de nuestra nacionalidad; porque es la única costumbre pintoresca y original que conservamos”, ya que nos “vamos afrancesando con la moda, italianizando con la ópera, anglicanizando con el turf (la hípica) y el té”.

Por eso rechazamos que se afirma que Galdós consideraba “atroz” el espectáculo taurino (como señala el biógrafo Cánovas) o que calificara a la tauromaquia en su conjunto como un “lamentable espectáculo sangriento” (doctora Andrades). Ni mucho menos. Vamos a demostrarlo.

Creemos que, en esa afirmación, no muy rigurosa de ambos autores, hay más de posición personal antitaurina que de realismo galdosiano, por cierto, género novelístico, el realista, que bordaba Galdós.

Es más, podemos demostrar cómo Galdós conocía perfectamente los fundamentos del toreo, y ello sería imposible sin asistir a varios festejos.

Así se prueba en un magnífico artículo del diario El Pais , de 26 de mayo de 1983, titulado “Galdós y los toros”, escrito por el entonces célebre Padre Sopeña, enciclopédico humanista, musicólogo y un considerado aficionado taurino, siendo muchos años capellán de Las Ventas, al que tuve la suerte de conocer bien en mis tiempos de colegial del Colegio Mayor de San Pablo.

Argumenta el Padre Sopeña que un personaje galdosiano de su vigésimo segundo Episodio Nacional, “Juan Mendizábal”, tiene la corrida metida muy dentro.

En ese relato, don Benito sitúa como muy protagonista a un cura ejemplar, al quien el escritor, con su técnica de simbolismo para los nombres, bautiza como Pedro Hillo, en honor del célebre Pepe-Hillo, matador muerto a comienzos del siglo XIX en la plaza de Alcalá.

Este cura sabe tanto de toros como de antañona retórica neoclásica y de latín en verso altisonante, y es de bondad extrema. Galdós nos acerca a este personaje a través de una corrida donde “pelean” las dos grandes escuelas taurinas (rondeña y sevillana), que Galdós conocía perfectamente a la vista de cómo las refleja.

La descripción de Galdós, comenta Sopeña, es de antología, cuando los personajes asisten a una corrida del maestro Francisco Montés y el noble Pérez de Guzmán: “ya se comprende que con la compañía de Hillo en el fiero espectáculo, aprendió Calpena no sólo los terminachos, sino las reglas del toreo, adquiriendo el placer de la lidia. Algunas tardes convidó también a Milagro, grande y antiguo aficionado. Entre los dos se sentaba Calpena en el tendido y a menudo tenía que intervenir para aplacar los bulliciosos ardores de la controversia. Era Hillo devotísimo de la escuela rondeña, y el, otro, de la sevillana: enaltecía el clérigo el arte propiamente dicho, la destreza en el engaño, la burla ingeniosa del peligro, la distinción, la apostura, la gallardía de la figura toreril delante de la fiera; encomiaba Milagro el valor, la brutal acometividad sin remilgos, mirando más a la eficacia de la suerte que al afán de pintarla y hacer arrumacos. Eran, pues, clásico el uno, romántico el otro”.

Llamo la atención de esta afirmación de Galdós: “el placer de la lidia”.

Como apunta Sopeña, hay en Galdós hasta un poco de chufla con los no barbados, que sólo podían ser curas, actores o toreros.  También en Galdós aparece el apunte del crío rebelde –por ejemplo, el hermano de Isidora en “La desheredada”- que se va de becerros.

Incluso Galdós demuestra interés en la supervivencia de ese “majismo” al que alude Ortega y Gasset, con el señorito Juanito Santa Cruz de “Fortunata” vestido a lo taurino/chulesco con gran indignación de su burguesa familia.

También resulta pintoresca la escena del gran Narváez (en el Episodio que le dedica), colérico ya a la hora del desayuno, ajustándose el bisoñé mientras Bodega, su asistente, le ayuda a vestirse:  “El fiel servidor, mudo y flemático, sin precipitarse en sus movimientos, luego que dejó el chocolate en la mesa, cogió el chaleco y, alzándolo en ambas manos, hizo un movimiento semejante al del banderillero cuando cita al toro y le muestra los palillos que ha de clavarle”.

El propio Galdós resalta que la corrida de toros como festejo popular, fue en muchos casos preludio de motín político. Galdós lo señala en su Episodio “La revolución de julio” (1903): “Camino de mi casa”, relata el Marqués de Beramendi, “me encontré a Sebo en la calle del Arenal. Me dijo con sigilo que se armaría el tumulto grande a la salida de los toros. No olvide vuecencia que hoy es lunes. La plaza está llena de gente; allí están todos los aficionados a la tauromaquia y a la politicomaquia”.

Descubre Sopeña, que los niños, tan queridos por Galdós, son también protagonistas del mejor símbolo de la afición taurina del escritor canario. En la novela “El doctor Centeno”, apodo de Felipín, el protagonista, un criadillo de capellán de monjas, que se escapa al solar cercano para jugar al toro con un grupo de diablillos que juegan todas las suertes. En el desván / almacén donde duerme hay un toro -cartón piedra, compañero inseparable de la imagen de san Marcos. Felipín duda, palpa, lucha y al fin arranca la cabeza, asusta a la vecindad y se hace el amo en la corrida, infantil. Todo el capítulo rezuma picardía y ternura, y caminará paralelo de la pintura de género.

Vean como lo retrata Galdós: “Era jueves y Andrés Pasarón, el hijo del tendero de ultramarinos, había pegado en una tabla del solar el cartel risueño de azul y oro que decía: ‘Corrida extraordinaria de Beneficencia’, con toda la relación de los toros, diestros, ganadería y divisas, suertes y demás pormenores cornúpetos. Era jueves y, toda la clase se había dado cita en el solar. No se sabe la hora y el momento preciso en que hizo su aparición aquella novedad inesperada, admirable, verdadera. Imposible pintar el asombro, la suspensión, el alarido de salvaje y frenética alegría con que Felipe fue recibido… Hubo delirante juego, pasión, gozo infinito, vértigo… Después, cuando menos se pensaba, policía, guarda, escoba, caídas, dispersión, persecución, golpes. Así acababan las humanas glorias. Viose una víctima por el suelo hecha trizas: una cabeza partida en dos, en tres, en veinte fragmentos. Por allí, un cuerno; por allí, un pedazo de cráneo; más lejos, medio hocico. El guarda recogió los diversos trozos en un pañuelo, y tomándolo cuidadosamente con la mano izquierda, con la derecha agarró al criminal y se dispuso a llevarle a la presencia del maestro para que éste hiciera ejemplar justicia. La partida se dispersaba por la calle de la Libertad dando gritos, silbidos y alelíes. Felipe, sobrecogido y aterrado, no podía con el peso de su conciencia”.

Multitud de expresiones o alocuciones de la llamada y riquísima jerga taurina están también dispersos por la obra de Galdós. Así lo demuestra la profesora García Estrade en un interesante artículo “Toros y política. Presencia y función artística de la jerga taurina en Mendizabal de Pérez Galdós” (XI congreso de estudios galdosianos). La conclusión a la que llega la profesora Estrade es clara y contundente: en Galdós “la importancia de la jerga taurina…es máxima, por la cantidad de vocablos empleados y por estar íntimamente entrelazada con el núcleo de la obra. Se observa también un conocimiento taurómaco en Pérez Galdós más profundo de lo que hasta ahora la crítica ha venido señalando, incluso con raíces en la vida privada del autor”.

Esas raíces privadas en la vida de Galdós se atestiguan en que fue íntimo amigo de toreros como el importantísimo Rafael González “Machaquito”. Galdós fue a su boda a Cartagena. El torero estuvo presente en las exequias del escritor en 1920. Y otro dato más concluyente, la hija natural de Machaquito, Rafaelita, convivió con el escritor en el chalecito de Hilarión Eslava porque José Hurtado, dueño del chalet y sobrino político de Galdós, la había ahijado, la acogió en su familia. La quería enormemente: “Rafaelita, alegría de esa casa y de esta: desde que te fuiste a Madrid, aquí no hay más que tristeza y un vacío muy grande” (carta manuscrita con fecha de 14 de septiembre de 1916).

Es más, el 4 de enero de 1920 cuando Galdós moría en Madrid, alrededor del difunto estaban su hija María, el marido de ésta, Juan Verde, el sobrino político, José Hurtado de Mendoza (dueño de la casa de Hilarión Eslava), su ahijada Rafaela González Muñoz, hija del ex matador de toros «Machaquito», y también su amigo Rafael de Mesa, Eusebio Feíto, hijo del asistente de su hermano, el general Pérez Galdós, y el fidelísimo criado Paco.

Fue tal la amistad con Machaquito que visitó a Galdós hasta en su residencia veraniega de Santander, la mítica “San Quintín”.

De ello da cuenta Azorín, por cierto, escritor taurino y a cuyo recuerdo se colocó una placa en la puerta grande de su amado Albacete, y lo hace en un artículo publicado en la Revista “España”, el 5 de agosto de 1904, bajo el título “Veraneo sentimental en San Quintín, una tarde con Galdós”.

Azorín cuenta que lo visita junto al buen pintor Macías. En un momento de la conversación, ésta gira hacia el toreo. Así lo recuerda Azorín:

“¿En virtud de qué lógica misteriosa, de qué oculta e impenetrable concatenación ideológica Macías ha comenzado a hablar de toros?

-Los toros no se deben matar todos del mismo modo; eso es absurdo. Y eso es precisamente lo que hace Machaquito.

– La otra tarde – dice el maestro Galdós- estuvo aquí Machaquito con mi sobrino Pepe, y se pasaron la tarde echando globos.

– ¿Le ha visto usted torear?

– No; le conozco a él; pero no le he visto en la plaza.

– ¿No va usted a los toros?

– No he ido aquí más que una vez; pero voy a ir una de estas tardes.

– Pues Machaquito. dice Macías- va a tener un disgusto cuando menos lo piense. Yo he visto torear a los antiguos matadores, Carancha, Frascuelo, Lagartijo, y ninguno de ellos le enseñaba el vientre a los toros como hace Machaquito a los toros a la hora de matar….

La tarde va declinando. Hablamos de Guerrita, de Mazzantini, de Fuentes, de Ángel Pastor, de las caídas de los toreros…allá a lo lejos, en el mar pasa un vapor del que solo se ve la arboladura, y una línea negra de obra muerta”.

Galdós era amigo de Machaquito. Confiesa que no lo ha visto en la plaza. Pero también que sí, que él asiste en general a las corridas de toros (aunque no en Santander), y que sabe de toros y conoce la tauromaquia. Ahí lo demuestra hablando con Azorín y Macías de los grandes de los toreros de aquel tiempo.

Azorín nos descubre, pues, que Galdós era un buen aficionado. ¡Ay Azorín, cuantas cosas te debemos, admirado maestro!

Por deberte, Azorín, te debemos hasta desautorizar a quienes dicen que don Benito Pérez Galdós consideraba una barbarie la Fiesta de los toros y que era un atroz antitaurino.

En esta inédita investigación que publico en Cultoro y en el año del centenario de Galdós, es  una personal contribución a su reconocimiento como autor, pero también he querido salir al ruedo en defensa de la verdad y la no alteración de los hechos históricos a conveniencia de esta moda del antitaurinismo.

Hemos intentado demostrar que Galdós fue un intelectual curioso por la tauromaquia, curiosidad e interés que vuelca en pasajes magníficos de su obra.

Podemos concluir que Pérez Galdós fue un silencioso aficionado al toreo, como era su personalidad, tímida y observadora.

Así también se lo confesó mi bisabuelo a su hijo, mi abuelo, quien me comentó en vida que su padre y Galdós muchas tardes hablaron de toros y, en especial, de la emergencia entonces de una figura inmensa del toreo como sería Joselito, cuyo centenario de su muerte en Talavera también conmemoramos este año de 2020.

Galdós y su obra perviven con profunda actualidad tras cien años de su muerte.

También la tauromaquia, último vestigio de la arcaica cultura mediterránea, sobrevive.

Por no poder, no pueden con ella ni los mejores biógrafos de don Benito, pues de tan grandiosa que es, resulta inmortal e invencible.

PUBLICADO EN “CULTORO”

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