Antonio Díaz-Cañabate, un derroche de ingenio

Antonio Díaz-Cañabate

Se reedita la deliciosa «Historia de una tertulia» del crítico taurino de ABCAndrés Amorós

Andrés Amorós

En tiempos difíciles, el humor ayuda a sobrellevar las tribulaciones. Es lo que tuvieron que hacer muchos españoles, en los años cuarenta: recién concluida la guerra civil y con la amenaza permanente de la segunda guerra mundial, «Madrid era una inmensa tertulia».

Eso es lo que cuenta Antonio Díaz-Cañabate en su divertidísimo libro «Historia de una tertulia», que ahora acaba de reeditar la editorial Renacimiento, con prólogo de Marino Gómez Santos. (Dos reparos inevitables: un libro de este tipo está pidiendo un índice de personajes citados. Y no es de recibo que en la solapa se afirme que a Cañabate no le gustaban los toros: sus publicaciones lo desmienten de modo aplastante).

Los lectores de ABC conocen bien a Antonio Díaz-Cañabate: entre otras cosas, ejerció la crítica taurina de este periódico desde 1958 hasta 1972. Leían esas crónicas también muchas gentes que no eran aficionadas a los toros porque entroncaban con la tradición del costumbrismo madrileño.

Participé en un homenaje que se le rindió, en 1981, al presentar el tomo VI del tratado «Los toros» de Cossío, junto a Luis Calvo, Enrique Tierno Galván y Mariano Zúmel.

Periodismo y literatura

Escasean los datos fiables sobre su biografía. Nació en Madrid, en 1899; vivió en Madrid y murió en Madrid, en 1980. Por la fecha de su nacimiento, fue prácticamente coetáneo de la generación del 27 y no estuvo muy lejos de esa «otra generación del 27», la de los humoristas, discípulos de Ramón: Neville, López Rubio, Tono, Mihura, Jardiel. Sabemos que estudió Derecho en la vieja Universidad de San Bernardo, que vivió la bohemia estudiantil, ganó unas oposiciones a secretario judicial pero abandonó pronto esa tarea para dedicarse al periodismo y la literatura. Con modestia autoirónica, se definía a sí mismo como «un señorito». Con su habitual traje oscuro y su sombrero, parecía estar siempre en un voluntario segundo plano.

Sin embargo, formaba parte de un grupo de amigos de categoría excepcional: los dos Ortegas (don José, el filósofo, y don Domingo, el torero), José María de Cossío, el doctor Jiménez Díaz, el arabista Emilio García Gómez, el escultor Sebastián Miranda, el pintor Ignacio Zuloaga…

Su mayor popularidad la alcanzó como escritor taurino. Desde joven, fue aficionado a la Fiesta pero escribió regularmente de ella en la posguerra. Como es sabido, quizá por iniciativa de Ortega y Gasset, la editorial Espasa-Calpe encargó la realización de un gran tratado taurino a José María de Cossío, amigo de Joselito, apasionado de los toros, la poesía y, también, el fútbol (fue Cossío el que llevó a Rafael Alberti al partido del que nació la «Oda a Platko», el primer gran poema español de tema futbolístico).

Para realizar el tratado «Los Toros», Cossío contó con el poeta Miguel Hernández (una forma de ayudarlo, en su penuria económica), con el historiador Enrique Lafuente Ferrari y con Cañabate. A la muerte de Cossío, fue fundamental su labor, para los tomos siguientes, y en el V publicó un importante estudio sobre la evolución de la Fiesta.

Dos libros singulares

Al margen de lo taurino, escribió Cañabate dos libros singulares: el que ahora se ha reeditado y la «Historia de una taberna», la del torero Antonio Sánchez: una obra encantadora, que puede leerse en la colección Austral, con prólogo mío.

«Historia de una tertulia», publicada en 1952, recoge sus impresiones de la tertulia que, dirigida por José María de Cossío, se reunía, en la inmediata posguerra en el café Lyon d’Or, en la calle de Alcalá. (No confundirlo con el Lyon, situado enfrente de Correos, sede también de grandes tertulias, donde nació el «Cara al sol» y tuvo luego cátedra Rodríguez-Moñino). Sigue la estela de los libros dedicados por Ramón a sus tertulias del café Pombo.

La nómina de personajes que acuden a la tertulia de Cossío es impresionante: además de los citados, Rafael el Gallo, Eugenio d’Ors, Juan Belmonte, Lilí Álvarez, José Janés, el Niño de la Palma, Regino Sáinz de la Maza, José Pla, Federico Sopeña… Y se habla de Baroja, Joselito, Rambal, Carande, Rafael Albaicín, Pepín Bello, Rodrigo, Guerrita, Casals, Ignacio Sánchez Mejías…

Declara Cañabate que no tomó notas, se fía sólo de sus recuerdos. El libro no tiene estructura, se limita a un desfile de personajes y anécdotas muy brillantes: los nombres de las cupletistas; el pijama de El Guerra; «las ocho horitas de café que se necesitan para vivir», según Cossío…

¿A quién puede no gustarle este delicioso libro? A los que ignoren quiénes son esos personajes. A los que no compartan su sentido del humor. A los que, presos en un corsé ideológico, se empeñen en ver esa época como algo totalmente negro…

La realidad es que esa tertulia supuso un oasis: sus integrantes compensaban las penurias de la vida cotidiana con el culto a la amistad y con un derroche de ingenio realmente extraordinario.

 

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