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5ª de Hogueras de San Juan en Alicante. Colosal faena de Ponce

Plaza de toros de Alicante. Miércoles 23 de junio de 2010. Tarde agradable con brisa y casi lleno. Cuatro de Domingo Hernández y dos de las Ramblas, cuarto y quinto. De variada presentación. Excesivamente terciados los dos primeros. Muy bonito y bien hecho el tercero. Con más cuajo y trapío cuarto, quinto y no tanto el sexto. El primero, inservible por falto de fuerza y casta. Noble y con mucha transmisión el segundo. Muy templado y noble aunque venido a menos el tercero. El cuarto, muy tardo y noble aunque embistiendo a media altura. El quinto, con embestidas discontinuas, probón, mirón, gazapón y rajado al final. El sexto, de Domingo Hernández, noble, escaso de fuerza y rajado mediada la faena. Enrique Ponce (turquesa y oro): pinchazo hondo tendido y dos descabellos, silencio; tres pinchazos y estocada desprendida, aviso y vuelta clamorosa. José María Manzares (añil y oro): pinchazo hondo sin soltar, chalequera envainada que hizo guardia y descabello, aviso y ovación; estoconazo trasero y dos descabellos, aviso y ovación. Daniel Luque (verde mar y oro): estocada trasera y descabello, oreja; estocada trasera caída, ovación. Bien en banderillas los hermanos Tejero, Curro Javier, Mariano de la Viña, Juan José Trujillo y Luis Blázquez. Gran puyazo de Alfonso Barroso.

 

Aunque Enrique Ponce ya está desde hace años por encima del bien y del mal en ese puesto de privilegio que solo han ocupado las muy pocas figuras históricas hasta que se retiraron definitivamente aunque con la condición de permanecer activo en plenitud de facultades físicas y artísticas, caso que se da como nadie en el gran torero valenciano con una persistencia que ronda en el milagro, no debe chocar que allá donde actúe intente y muchas veces consiga verdaderos monumentos muleteros que, más que faenas, son creaciones que trascienden de lo estrictamente profesional y entran dentro de la mitología por cuánto y por cómo es capaz de conjuntar larguísima experiencia, incuestionable valor, privilegiada inteligencia, asombrosa técnica, natural destreza, buen gusto innato, exquisito temple y el envolverlo todo con un sentido escénico tan sublime que, en vez de parecer que estamos en una plaza de toros, convierte el hecho taurino en un espectáculo operístico de gran nivel o de gran ballet en el que, además, el que lo protagoniza se juega la vida.

Por eso no es extraño que cada vez que Ponce cuaja una de estas obras tan extraordinariamente singulares, el público que sabe gozarlas tiene la sensación de estar en la mismísima gloria sin que para nada importen el tiempo transcurrido, ni que suenen los avisos, ni siquiera que falle con la espada. Algo que, por cierto, a quien más disgusta es al propio intérprete por aquello de que en esta profesión cuenten tanto los resultados orejófilos. Algo que para casi todos los demás toreros supone algo imprescindible, mientras que para el Ponce de estos años postreros apenas supongan rabietas momentáneas que, en cuanto pasa un par de horas, quedan olvidadas, mientras que el recuerdo de lo visto queda para siempre en la memoria de los que tienen la suerte de presenciarlo en el mismo momento de producirse. 

Tan es así que, tardes como la de ayer en la que, por lo demás, fue otra como tantas entre las muchas que vemos al cabo de cada temporada, terminan paladeándose per in sécula seculorum.  Y no solo eso, sino que cada vez que algo grande sucede en una corrida aunque solamente sea una faena de las características que comentamos, lo que ocurre después queda prácticamente sepultado y, por consiguiente, olvidado. Que es lo que ocurrió ayer con el meritísimo esfuerzo que hizo José María Manzanares en complicado quinto toro de Las Ramblas, y  con las buenas intenciones de Daniel Luque con el sexto de Domingo Hernández frente al que, como casi siempre, anduvo bastante mejor con el capote que con la muleta. Engaño que maneja tan ansioso como excesivamente amontonado, lo que suele arruinar las embestidas antes de la cuenta.

Lo mismo le ocurrió a Luque con el buen tercero del que cortó la oreja a cuenta de una certera estocada que llamó la atención después del accidental bajonazo envainado con que mató Manzanares al segundo de la ganadería titular, ensuciando una muy buena, empacada y elegante faena de muleta que hubiera merecido justo premio de no haber fallado en la suerte que, como nadie ahora mismo, domina el joven gran torero alicantino.  

J.A. del Moral

J.A. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

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