5ª y última de San Antolín en Palencia. Los toreros por encima de los toros

Palencia. Plaza de los Campos Góticos. Jueves 2 de septiembre de 2010. Quinta y última de feria. Tarde muy calurosa con casi tres cuartos de entrada. Cinco toros de Puerto de San Lorenzo, muy desigualmente presentados con tres muy terciados y otros tantos más aparentes y serios. Escasísimos de fuerza y de raza en distintos grados de nobleza. El terciado primero, tras mostrar querencia a tablas, llegó sin gas y con geniecito a la muleta que acabó medio tomando por el lado derecho gracias a su matador. El segundo, asimismo terciado y con poca cara, fue muy noble por el lado izquierdo pero, por muy flojo, duró un suspiro. El más cuajado y acapachado cuarto, tan franco como remolón y casi parado, embistió obligado por su matador. El más serio quinto se fue arriba en la muleta y fue el que más duró. Y el más voluminosos sexto, resultó bravucón y tuvo movilidad y nobleza intermitente aunque, varias veces perdió las manos.  Por devolución del derrengado tercero, otro anovillado, se corrió un más aparente sobrero de Los Bayones que embistió noblemente en los primeros tercios pero se medio descompuso en la muleta con aprovechable movilidad. Enrique Ponce (turquesa y oro): Casi entera ligeramente atravesada, gran ovación; Estoconazo desprendido, oreja.  El Cid (pistacho y oro): Dos pinchazos y media estocada, silencio; media tendida trasera, oreja. Daniel Luque (avellana y oro con remates negros): Metisaca en el chaleco y más de media estocada, silencio; estoconazo tendido, oreja.

 

Hasta mentira pareció lo poco o nada que tuvo que ver la corrida de El Puerto de San Lorenzo lidiada ayer en Palencia con el corridón que hace pocos días echó en Bilbao. Ni por presentación, lógicamente, ni sobre todo por juego. La escandalosa blandura de los corridos ayer distó tanto de la dureza de  los de Bilbao, que parecieron de una ganadería distinta. Lo peor, sin embargo, fue la ínfima presencia de los tres primeros animalejos. Algo que el público aguantó hasta que salió el tercero en el que, como tuvo menos fuerza aún que los anteriores, se armó la tremolina y el presidente no tuvo más remedio que devolverlo a los corrales.

Luego, el sustituto de Los Bayones se paró muy pronto, pero al menos se salvó por su mayor volumen y apariencia. Por la mañana me enteré que se habían estropeado dos o tres toros de los elegidos en principio y que hubo que remendar la corrida con otros tantos por lo que el conjunto pareció un saldo.

Por fortuna, los encargados de matar esta deslucida corrida fueron tres toreros en buen momento. Dos de ellos veteranos, Enrique Ponce y El Cid, y otro bastante más joven pero prometedor, Daniel Luque. Los tres anduvieron por encima de los animales que les correspondieron y a los tres se debió el salvamento del festejo celebrado en el día del Santo Patrón. En la plaza hubo más público que en las demás corridas y, aunque hubo momentos de naufragio, la gente salió contenta.

A Ponce le correspondió el por lote, un imposible bichejo que no tuvo un pase en primer lugar, y otro basto y acapachado de pitones que llegó a la muleta casi parado. Con ambos, el maestro volvió a demostrar por enésima vez por qué lo es y de qué modo. Los pases que le sacó al que abrió plaza fueron realmente inverosímiles. Sacar algo de este animal que, además de tardo, tuvo genio, fue uno de esos milagros exclusivos del valenciano. Mató pronto Enrique y a pesar de ello, casi nadie pidió la oreja. Y es que era el primer toro y, como suele suceder, la gente está muy fría. Si hubiera hecho lo mismo en cuarto lugar, se la habrían pedido con fuerza. Tanto El Cid como Luque, apenas lograron intentar faena con sus dos primeros oponentes.

La segunda parte de la corrida fue bastante mejor y más seria, pero no solo porque los toros lo parecieron, sino porque los tres matadores anduvieron por encima de las reses. Sobre todo Ponce con otro toro que en otras manos no habría lucido. Ponce le aplicó sus medicinas: temple exquisito, paciencia de Job, y el ir construyendo la faena de menor a mayor intensidad que lo que este torero siempre suele hacer para no cargarse a los toros al iniciar sus trasteos. Y llevarlo todo a cabo como nos decían a los niños de mi generación en la escuela: despacito y con buena letra. Solo por esta faena de Ponce, la tarde hubiera merecido la pena.

Pero la mayor suerte de El Cid con el cuarto que aunque débil duró mucho, y de Luque con el bravucón sexto pese a que este también perdió las manos varias veces, completó esta corrida que, en principio no hubo por donde cogerla.

El Cid estuvo francamente bien en su segunda faena, casi toda con la mano derecha e in-crescendo. Y Luque supo conjuntar su entrega con      la buena torería que le es propia, además de saber venderla con vistosas improvisaciones que, unas veces por lo graciosas que fueron y otras por la facilidad de llegar a la galería, compusieron un conjunto alegre y torero a la par. Lo eficaces que anduvieron con la espada, les permitió empatar con Ponce en trofeos y los tres salieron de la plaza entre ovaciones.

J.A. del Moral

J.A. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

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