Los toros, un gran pretexto para vivir bien

 

Desde los humildes “ayudas” de los mozos de espada hasta el torero más famoso y millonario, pasando por cuantos de una manera u otra colaboran para que el tinglado funcione: porteros, acomodadores, taquilleros, contables, secretarios, cartelistas, gerentes, empresarios, barrenderos, areneros, monosabios, mozos de caballos, clarineros, maestros y profesores de las bandas de música, alguaciles, veedores, apoderados, médicos, banderilleros, picadores, novilleros, matadores, rejoneadores, ganaderos, mayorales, empleados del campo de cualquier oficio y condición, autoridades varias, veterinarios, periodistas, gacetilleros, correveidiles y todos, absolutamente todos los amigos y conocidos que se les arriman por si cae algo. Una verdadera “corte de los milagros” que se arremolina alrededor de una fiesta ancestral, inacabable y maravillosa en la que además de su pasión por el toro y el toreo, cuantos la integran intentan por todos los medios no perderse ni una, viajar mucho, hospedarse en las mejores “posadas” que se pueda, comer y beber cuanto apetezca y, en definitiva, gozar de la vida en cada instante. De tal modo es así, que puedo afirmar que los toros son un magnífico y quizá el mejor pretexto para vivir bien. Mienten cuantos lo niegan o reniegan de su afición a la que consideran pasada de moda, aburrida, corrompida o acabada porque ni uno solo de los que desde siempre y tan frecuentemente despotrican sobre lo que, en el fondo más íntimo de su alma, más les motiva, la abandonan por propia voluntad.

 

Hombres y mujeres, mayores y niños  mantienen inalterable su interés taurino por encima de todo lo demás porque ser aficionado imprime tanto carácter que cualquier otra cuestión que les implique en sus respectivas vidas tiene el denominador común del toreo. El antiguo y ya tópico dicho de ser capaces de empeñar el colchón para poder comprar una entrada es rigurosamente cierto y se mantiene vigente porque el famoso “colchón” ha ido dando paso con el tiempo a variantes de todo tipo.

 

A lo largo de mi ya larga vida de aficionado he conocido desde estudiantes que han revuelto los mares y la tierra para aplazar un examen que coincidía con una corrida, otros que han vendido su sangre para poder comprar un abono de andanada para la feria de San Isidro, entre los que me cuento cada vez que me hizo falta, y  muchos que, inasequibles a cualquier desaliento, pasan horas y horas delante de la puerta de los hoteles taurinos implorando un pase de “servicio”. Y, de paso, “mangar” un café, una caña de cerveza,  una copa de vino, una “tapa”, una ración de lo que sea con tal de acompañar más placenteramente su ilusión. Y no digamos de lo que son capaces de aguantar cuantos quieren ser toreros para llegar a tan difícil meta. Porque, si casi imposible resulta llegar a tomar la alternativa, mucho más alcanzar el grado de figura. Y un verdadero milagro conseguir ser uno de los grandes. Al respecto, escuché diecir un día a Paco Camino que alcanzar el grado de figura  en el toreo es como hacerte cura, llegar a papa y que al día siguiente te toque el gordo de la lotería. Pero es que Camino, que lo fue, también hizo fama por su increíble capacidad para comer todo lo que le apetecía antes de torear, al contrario que la mayoría de los toreros que suelen guardar vigilia las mañanas de corrida y a lo sumo piden un caldito o una tortilla a la francesa para remediar la “gazuza”, dejando el mayor sustento para la cena, en la que todos se ponen de morado y oro antes de dormir o de partir hacía otro sitio para torear al día siguiente.

 

De viajar siguiendo las corridas de toros es de lo que van a tratar estos artículos para que los lectores no solo se entretengan con lo que en ellos comente sobre lo que ocurre en los ruedos y sus gentes, también para que tomen nota de las recomendaciones, de los consejos y de las pistas que voy a dar para que cuando decidan asistir a una o a varias ferias, sepan de qué va cada plaza y de los sitios que prefiero en cada ciudad y pueblo, de cómo elegir las mejores rutas, hoteles y hasta aconsejar sobre qué ropa conviene llevar a cada lugar. Todo lo que, en definitiva, les sirva para vivir mejor, tantas veces recompensa de tantas malas y decepcionantes tardes en las que el ganado no da el juego previsto o los toreros no logran triunfar, cuestión que siempre deprime, sobre todo cuando los que fracasan son los predilectos.

 

Las corridas de toros son un espectáculo tan especial que, cuando salen bien producen una euforia indescriptible, y cuando mal, un enfado que parece irremediable. Ambas sensaciones se repiten, conviven y, por supuesto, cansan hasta fatigar a lo largo de cada temporada, por lo que se ha de procurar no influyan demasiado en nuestro ánimo y menos en las ganas de seguir, llevados por ese río de la afición que nos lleva de plaza en plaza. Cansancio inevitable que me sugiere un primer consejo. Como todas y cada una de las ferias y fiestas son distintas de día y, por lo general, exactamente iguales de noche, recomiendo al personal que procure dormir lo que apetezca con la siguiente norma: Más allá de las dos de la madrugada hay que meterse en la cama. Solo o acompañado, pero en la cama.

 

EL VIAJE DE LA TEMPORADA

 

DEL CEREAL Y SAN FERMÍN AL JULIO DE VALENCIA

 

En junio y julio se celebran las ferias del cereal que llegan hasta los sanfermines de Pamplona hasta el segundo ciclo de Valencia, tercera y cuarta cumbres de la temporada a la que los toreros llegan un tanto preocupados después de atravesar el suave llano que sucede a la encrespada sierra isidril. En éste 2002 cambiaron, sin embargo, los talantes de los ciclos más temidos con respecto a los más fáciles pues si Madrid tuvo una gran feria sin heridos, las de Badajoz y León vivieron las graves cornadas que sufrieron José Tomás y Enrique Ponce, éste gravísimo y a poco de perder la vida pese a la en principio poco inquietante cogida en la que sufrió rotura de dos costillas aunque, por dramática e inesperada, asustó a todos y más al torero, herido seriamente por segunda vez después de dos años seguidos sin apenas percances. Si José Tomás había llegado a Badajoz de otra cornada de menor entidad y con el sitio perdido tras su celebrado esfuerzo de Madrid, Ponce llegó a León en plena forma y pletórico como demostró el mismo día de la tragedia.  A sus grandes faenas frente a un por cierto mínimo encierro, aunque bravo y encastado, de “Zalduendo”, respondió “El Juli” con un faenón en el octavo toro de la única cita de la campaña que vio anunciados a los dos junto a Tomás y “Joselito”, siendo sustituidos ambos por Paco Ojeda y Morante de la Puebla sin que éstos lograran triunfar ni convencer a nadie.

 

León, vieja e histórica ciudad presidida por su maravillosa catedral gótica en la que destacan sus inigualables vidrieras – visitarla es imprescindible – no es lugar para mayores alegrías aunque compense hospedarse en su magnífico parador “Hostal de San Marcos” y yantar en los restaurantes “Vivaldi”, “La Posada Regia”, “El Faisán Dorado” y “Formela”. En los hoteles taurinos también se come bien – como en todo el norte español – y si los viajeros no están cansados del ambiente que rodea a los profesionales, la mayoría de los diestros se visten en el “Conde Luna” y el “Alfonso V” antes de partir hacia la también vieja plaza de toros, no hace mucho cubierta y modernizada con asientos individuales.

 

Hasta león llegamos desde la siempre atractiva feria de Alicante, ciudad mediterránea por excelencia, ideal por cálida en invierno, primera cita del veraneo taurino en cada temporada – sol radiante, calores sofocantes y baños gratificadores en la estupenda playa de San Juan o en la más concurrida del Postiguet, en el mismo borde de la ciudad, y del hotel Meliá – el más taurino – donde merece la pena alojarse por su amplitud, comodidad, atento servicio y la piscina que permite alternar fácilmente los baños en aguda dulce y los salados de la mar que rompe bajo sus terrazas. Y muy cerca, en el nuevo puerto deportivo, degustar los inigualables arroces que sirven en el más famoso restaurante “Dársena”, uno de los mejores de esta costa llamada del azar por la enorme cantidad de naranjos que la pueblan, aunque últimamente, el restaurante que recomiendo es “Santi”, justo al lado del Dársena.

 

Pero en Alicante no solo se puede comer bien en estos lugares. Dentro del casco urbano es obligado reservar mesa para almorzar o cenar en “Nou Manolín”, “Jumillano” y “Piripi”, para después perderse por las calles que circundan la apalmerada rambla que va del mismo puerto hasta la plaza de toros en la cuesta arriba que se ha de transitar cada tarde de toros para subir ilusionados y bajar contentos o aburridos, según resulte cada festejo. Corridas casi siempre amables, triunfalistas y divertidas que se parten en dos para merendar la tradicional “coca antoñina”, empanadillas de hojaldre que envuelven un picadillo de atún, cebolla y piñones machacados. 

 

La noche de San Joan en la que se queman las fogueres, monumentos efímeros similares a las fallas de Valencia que se plantan en muchas calles y plazas hasta la noche de la quema que termina en la plaza del Ayuntamiento donde plantan la principal. Muy curiosa esta quema que acaba a manguerazos de agua y mojadura general. El calor de las llamas y el que de por sí hace en Alicante, invitan a la acuática batalla.

 

Finalmente, recomendar la visita de algunos monumentos e iglesias: El Castillo de Santa Bárbara sobre el monte Benacantil con bellas panorámicas de la ciudad que domina desde muy alto. Dentro hay una colección de escultura Capa. El paseo La Explanada repleto de palmeras que se recorre en paralelo al mar a lo largo del antiguo puerto. La Iglesia Concatedral de San Nicolás de Bari. La Iglesia de Santa María, construida sobre una mezquita árabe. Y los museos Arqueológico Palacio de Gravina, de Belenes y Pozos de Garrigós, mas el Municipal de Exposiciones en la antigua Lonja de Pesado.   

 

BURGOS: PEOR EL TOREO QUE EL CORDERO

 

Lo mejor de la feria de Burgos fueron las casas de Ojeda – no el torero – por su tranquilo y cómodo hotel “Almirante Bonifaz”, su bar de pijos, sus dos cafeterías y, sobre todo, por su doble restaurante: abajo de grata popularidad y arriba de verdadero lujo, actualmente uno de los mejores de España y estoy por decir que de toda Europa por su entrañable decoración y los manjares que sirven entre los que el lechazo al horno continúa siendo el rey.

 

La mayoría de las corridas de toros que se dan en la feria de Burgos son un petardo anunciado de antemano aunque los toreros que participan sean figuras sin que falten los en todas partes inevitables diestros locales o regionales. Y es que las sucesivas empresas, se gastan más dinero en los toreros que en comprar corridas de toros mínimamente fiables, tanto por presencia que por esencia pese a que algunas pertenezcan a ganaderías prestigiosas. De ahí que resulte muy difícil ver faenas verdaderamente importantes en esta feria y que el aburrimiento cunda en el ruedo mientras la gente se lo pasa en grande con la merienda.

 

De modo que, como digo y para compensar tanto aburrimiento por lo que respecta a lo puramente taurino salvo escasas excepciones que casi siempre acontecen en la corrida que todos los años lidia el ganadero de la tierra, Antonio Bañuelos y a la que suelen apuntarse las grandes figuras, en la plaza de Burgos se merienda por todo lo alto a base de chacinas y de la famosa cezina de ternera que los de allí comen con cebolla cruda, y todo bien regado por los cercanos vinos de la Rioja sin que falten los de la Ribera del Duero y el más asequible “clarete” que hace estragos.

 

Aunque ahí no acaba la cosa porque, de noche se repiten las cenas o el tapeo. Muy recomendables los lugares donde mejor se puede picar: “El Ángel” de la calle de la Paloma, “Gaona Jardín” en Sombrerería, “Casa Pancho” en San Lorenzo y la última copa en “La Cábala”. También merece la pena reservar mesa en el muy famoso Hostal Landa, preferido por los viajantes de lujo para descansar y comer no del todo bien últimamente en este viejo caserón cerca de la autovía, inmediatamente antes de llegar a Burgos. Claro que, un poco antes del Landa, también es famoso el hotelito y restaurante “La Varga”, es paso y cita de todo el toreo en sus estancias burgalesas y en sus desplazamientos hacia o desde el Norte a lo largo de la temporada. Una encantadora familia atiende con cariño y allí todo el mundo se siente como en casa. También recomiendo el Mesón la Cueva, donde se pueden degustar los famosos cangrejos de río guisados al estilo burgalés y un rabo de buey estofado que quita en sentido. También inevitables y ahora en boga, los más modernos restaurantes en el centro como La Fábula, La Favorita, La Vianda, y otro que es obligado conocer aunque esté algo apartado de los más céntricos, Casa Avelino con excelentes caldos y un revuelto de manitas con pisto inolvidable.           

 

Visitar la Catedral es obligado y si pueden hacerlo varias veces no se arrepentirán porque es una de las más bellas muestras del gótico en todo el mundo. También el Monasterio de Las Huelgas Reales, la Cartuja de Miraflores, Santa Águeda, San Esteban, San Nicolás, San Gil, el Arco de Santa María, Casa Angulo, El Hospital del Rey, la Casa de Miranda y Casa Angulo, hoy Museo de Burgos. Y, por supuesto, la Casa del Cordón ubicada en el Palacio de Los Condestables de Castilla. Pasear por la ciudad de Burgos y, muy especialmente, por el Espolón y su adyacente parque es una delicia. Y por lo que respecta al tiempo que suele hacer durante la feria de San Pedro, casi siempre fresco aunque también repentina y sorprendentemente variable porque unos años puede reinar un frío casi invernal y otros un calor seco tremendo aunque por las noches siempre hay que usar chalecos de lana o chaquetas. Además, como luego se suele ir a Pamplona y allí ocurre otro tanto, procuren los viajeros llevar de todo.    

 

 A PAMPLONA HEMOS DE IR

 

En una revista especializada de cuyo nombre no quiero acordarme, suelen escribir cada año que las corridas de San Fermín son una “limpieza de corrales” y que lo que los toreros consiguen en Pamplona no cuenta para nada. El disparate es de tal calibre que, ni siquiera conociendo al personaje que lo escribió, puedo adivinar si lo dice convencido o es producto de un mal sueño cuando no de una pasajera alucinación. Que le pregunten a los toreros si sus triunfos sanfermineros les valen o no y, sobre todo, que inquieran a los más populares como, sin ir más lejos, a “El Fandi” por lo mismo y ya verán lo que contestan.

 

En cuanto al ambiente de los últimos sanfermines, magnífico en los días laborables e irrespirable en los dos fines de semana. Siempre echaremos de menos el siempre elegante y tranquilo restaurante de “Las Pocholas”, cerrado hace años, como el más popular “Mauleón”. Y el también finiquitado “Marceliano” donde en tantos Sanfermines almorzamos después de cada encierro. Demasiado multitudinarios éstos, muchos son peligrosos aunque todos únicos.

 

Respecto a los encierros, en Pamplona tuvo lugar hace pocos años el estreno en España de un magnífico documental de casi una hora de duración, “The Runner”, dirigido por un joven cineasta catalán que se llama Esteban Uyarra y protagonizado como conductor por el norteamericano Joe Distler, que emocionó hasta hacernos llorar a cuantos tuvimos la suerte de asistir al pase de la cinta. Un prodigio de montaje, de sensibilidad, de conocimiento y de emoción sobre el encierro pamplonica. Si alguien tuviera el acierto de pasarlo en cualquiera de los canales de televisión nacional, “The Runner” se llevaría todos los premios aunque en América ya ha ganado varios.

 

El encierro es el acontecimiento diario y en torno a la famosa carrera gira la fiesta. Sin encierros los sanfermines tendrían que suspenderse, lo que explican los cuidados que los mantienen en progresiva lucha con su masificación. La brevedad del recorrido los convierte cada vez en más peligrosos y a la emoción se añaden serias dificultades para correr según las normas que ya sólo cumplen los tenidos por profesionales entre los que cuentan tanto los corredores locales como los foráneos de otras partes de España y del extranjero. Donde mejor se ve el encierro en la televisión, pero igual que ocurre con las corridas de toros, vivirlos en directo y, sobre todo, participar en algún tramo o incluso muy por delante de los toros es una experiencia tan inigualable e inolvidable que engancha para siempre.

 

De no correr, hay que verlos desde un balcón de las calles por las que tiene lugar la carrera. Mejor en la de la Estafeta. Altamente recomendable. Hay que llegar pronto – antes de las 7,15 a.m. – porque después de esa hora quedan cerrados los accesos y porque merece la pena ver los preparativos de limpieza de las calzadas que varios empleados y expertos dejan como espejos relucientes. Ni una mota de polvo entre los adoquines dejan los operarios después de las horas nocturnas que anteceden, en las que toda clase de líquidos y restos ensucian todo lo habido y por haber. Lo normal es que el encierro dure poco más de tres minutos, pero también los hay de más de seis y hasta de más de diez cuando algún toro se cae, reemprende tarde la carrera, se revuelve o se lía a pegar cornadas a diestro y siniestro hasta que, por fin, llega a la plaza y entra en los corrales. Se oirá el trueno de un cohete en ese justo momento como señal que marca el fin del encierro, igual que otro marca su inicio, y entre ambos sucede el milagro que algunos achacan al “capote” de San Fermín porque aunque hay heridos y algunas veces – pocas – algún muerto, a todos nos parece mentira cada año que no sucedan más tragedias. Finalizado el encierro, en la plaza sueltan vacas emboladas y los mozos pasan una hora sorteando sus arreones entre las cogidas de unos, los aplausos de otros y la risa de todos los que llenan los tendidos para verlo.            

 

INEVITABLE COMER Y BEBER SIN PARAR Y NI APENAS DORMIR

 

Pese al mal tiempo como en Burgos, pese al frío y a las jornadas de lluvia – a las ferias del norte siempre hay que ir provistos de toda clase de ropa porque tan pronto te asas como te hielas o te mojas, incluso en pleno verano – lo más increíble de los sanfermines es la fiesta total que inunda la ciudad y no para desde la mañana del 6 a la media noche del 14 de julio. El cohete lanzado desde el Ayuntamiento marca el inicio. Y el triste “pobre de mí” el final de una fiesta en la que se cumple esa pequeña muerte que sufrimos los que vamos a todas cuando acaban. En San Fermín, mucho más. No es un tópico. Es la más asombrosa realidad de la que está considerada como la fiesta más grande, más ancha y más larga del mundo. Por eso cada año es más internacional y tan especialmente turística aunque quepa distinguir entre los que llegan y enseguida se embuten del espíritu sanferminero, hasta los que la viven a su aire sin que ello les impida beber en cantidades industriales y peligrosas. Aunque el San Fermín de elite ha bajado con respecto a los mejores años 60 y 70 cuando en “Las Pocholas”, por ejemplo, se agotaban las langostas los días que toreaba Antonio Ordóñez, la gente acude en masa, sobre todo en las fechas que cíclicamente coinciden con fines de semana en los que aconsejo irse de excursión a cualquiera de las muchas ofertas culturales, arquitectónicas y paisajísticas que rodean la ciudad.

 

Y una vez pasado el tormento masivo de los sábados y domingos, a disfrutar. Encierro, visita al tradicional “baile de la alpargata” en el casino de la Plaza del Castillo nada más terminar el encierro, almuerzo con magras y huevos fritos con tomate en cualquiera de los muchos bares que incluso sacan mesas a la calle para que la gente pueda sentarse al fresco. Si se puede y quiere, una hora de siesta matinal antes de ir al apartado de los toros. Aperitivo, comida, otra siesta antes de ver como las mulillas desfilan tras los alguaciles acompañados de la banda de música “la Pamplonesa”, corrida de toros con merienda incluida, salida de las peñas, movida, copeo, cena y desparrame nocturno hasta la madrugada o a dormir unas horas para reparar el cansancio.

 

Mi recomendación para cuantos asistan a los Sanfermines completos es que cada día duerman tres veces: tres siestas, tres duchas y, si pueden, tres cambios de ropa. Lo mejor el llevar varios pantalones y camisas blancas, pañuelo y faja rojos, pastillas para la ronquera, aspirinas y tres pares de alpargatas, sin olvidar un par de jerseys y un chubasquero.

 

¿Restaurantes? Muchos y casi todos caros. Desde hace años la que fue barata feria se ha convertido en la más cara, incluso más que la de Sevilla. Los precios de todo se multiplican por cuatro o por cinco mientras dura la fiesta. Pero de todas formas no hay que perder un almuerzo o una cena  en el “Europa”, en “Hartza” que últimamente cierra por las fiestas, en “Rodero”, sobre todo en “Josetxo” y en El Alambra aunque en este suelen entrar por las noches joteros y mariachis – “caros y de lejos” aguantables porque, si no… – , en mi opinión los mejores entre los más lujosos que continúan abiertos. Tampoco el más modesto aunque extraordinario “Amóstegui” donde a las maravillosas “pochas” pueden añadirse medias raciones de cocina casera para chuparte los dedos. También y mejor para cenar el “Amparo” del barrio de San Juan. El mejor entre los modernos es Melburne donde ponen unas manitas de cerdo dentro de hojaldre al horno como para desmayarse. También si quieres degustar las más frescas y mejor aliñadas verduras, El Rincón de Chuchín. Y para recordar los productos de Sanlúcar de Barrameda o los arroces marineros en plena Navarra, el más recientemente inaugurado “La Mar Salada”. Y si el hambre no aprieta demasiado, pinchos de lujo en “Noé” – los hay a centenares por toda la ciudad – o cenas tan breves como exquisitas en el “Bar Moka” donde se puede comer la mejor croqueta de jamón del mundo, y un estofado de toro y un ajo arriero de verdadero lujo.

 

Ríos de champagne o de cava, tintos y rosados de la tierra o de la vecina Rioja, copas de cualquier clase de alcohol… demasiado para el cuerpo que termina hecho unos zorros, incluso el de los jóvenes que predominan porque a San Fermín y, ya termino,  hay que ir antes de cumplir los 40 años. El sin parar sanferminero que incluye el baile solo se puede disfrutar a tope en los años mozos y aunque somos muchos los que seguimos yendo de mayores, lo notamos. De ahí la deserción de muchos navarros y la falta de no pocos que fueron y ya no van. Yo seguiré yendo hasta que me falten totalmente las fuerzas para cumplir la promesa que me hice cuando llegué por primera vez hace 43 años.

 

No hay que perderse el cohete del 6 de julio, ni la procesión del 7 con el Santo, ni la misa solemne en la capilla de San Lorenzo donde los coros y orquesta del orfeón pamplonica, ponen los vellos de punta. Permítanme ahora que reproduzca el artículo que me acaban de publicar en la Revista anual del Club Taurino de Pamplona en donde traigo a cuento todos mis recuerdos desde que fui a los Sanfermines por primera vez.

 

Eternos Sanfermines   (artículo publicado el pasado julio en la revista del Club Taurinio de Pamplona y el mi blog de Periodista Digital) 

La primera vez que asistí a una corrida de toros en Pamplona fue en los Sanfermines de 1965. Hace, pues, 43 años. Con venti muy pocos de edad, entonces. Justo en el pináculo de mi primera juventud. Ya había visto algunas corridas anteriores a través de la incipiente Televisión Española y siempre con envidia porque, la verdad, me atrajeron mucho las fiestas de Pamplona que yo ya intuía me iban a encantar. Una fiesta sin igual, como dice la famosa canción. Continué viniendo después, aunque solo a las corridas de Antonio Ordóñez a quien seguí a casi todos las plazas donde toreó aquellos años de su triunfal reaparición, justo a los tres de retirarse en Lima, y cada vez que pude, que pudimos ir a muchas, porque lo hice junto a mi padre que era un aficionado como la copa de un pino.

Recuero muy bien que, en aquella primera tarde que yo ví a Ordóñez por vez primera en Pamplona, regaló un sobrero, pese a ser ya antirreglamentario, tras no haber tenido suerte con su lote; recuerdo también que se lo brindó a los de la Peña Oberena de la que era socio; y que cortó las dos orejas al toro, saliendo a hombros como otras muchas veces antes en esta plaza. Sin ir más lejos, en los Sanfermines del 68 cuando cortó el rabo a un toro de Fermín Bohórquez después del gran escándalo que se formó con Alfonso Navalón tras hacerle muy feas señas al rondeño durante su faena del primer toro, como diciéndole que podría torearlo él y Antonio se fue hacia la barrera sobre la que un par de policías trataban de impedir el salto del crítico mientras éste se dejaba sujetar haciendo el paripé de que no se lo estaban permitiendo. De risa y una lastima, porque luego me contó el propio Ordóñez que su intención– si Navalón hubiera bajado al ruedo, que no bajó – era haberle pegado una manoletina en el momento de ofrecerle la muleta y la espada. Divertida anécdota, ¿no?

Pero mi padre nunca vino conmigo a Pamplona. Yo siempre fui solo porque sabía que allí me encontraría en completa libertad con muchos amigos – entonces empezó a serlo mi más fraternal y duradero, José Miguel Ibernia – y que conocería a otros nuevos. Pero desde que empecé a hacer crítica de toros de manera formal en Radio España de Madrid, el año 1973, aunque ya venía escribiendo de toros desde 1970 siendo yo Presidente la Peña Taurina Universitaria de Madrid, no he perdido ninguna feria de San Fermín, y ahí sigo. O sea que, en ésta de 2008, sumaré mis 35 completas. Una detrás de otra sin faltar a una sola. Ni siquiera a la más conflictiva y forzosamente interrumpida que partió por la mitad el ambiente absolutamente distendido que mantuvieron los sanfermines hasta ese año porque, desgraciadamente, se politizó bastante después aunque no como para salir corriendo y no volver. Fue lo que hicieron muchos que, a raíz de aquello, no regresaron nunca más. Y bien que lo sentimos después por algunos ausentes, varios de ellos ya en el otro barrio. Empezando por el mismísimo Antonio Ordóñez, con quien, ya retirado del toreo activo, coincidí en infinidad de almuerzos en El Marceliano, en muchas comidas en Las Pocholas, en cenas allí mismo, en infinidad de encierros, en no pocos bailes, y en inolvidables borracheras que, a veces, duraban tres días o cuatro seguidos con misas incluidas cuando el encuentro beateril caía en día festivo. Que de todo hubo en la viña sanferminera con el rondeño.

Por cierto que, a Ordóñez le encantaron más que a ningún otro torero los Sanfermines y hasta las solemnes misas cantadas del 7 de julio y del 14 en la capilla del Santico a las que le acompañé varias veces intentando que pareciera lo más sobrio posible. A mí, tanto o más que a él, me siguieron y me siguen gustando esas maravillosas misas en las que solo con escuchar la orquesta y la coral de Pamplona, se me ponen los pelos de punta. Como también la procesión de San Fermín y la del regreso de las autoridades acompañadas y, ¡de qué modo¡, por los compases del “Asombro de Damasco” que, en cada ocasión, repite La Pamplonesa hasta el punto de que, últimamente y cada año más, se me saltan las lágrimas de emoción y me siento tan pamplonica o más que los nativos de la ciudad.

Continúo, por ello, instalándome muy pronto en Pamplona, antes del 5 de julio, para ir calentando poco a poco mis motores – los míos, ya de un 600 – por lo que, el plan de resistencia que utilizo desde hace tiempo y que recomiendo a quienes pretendan permanecer relativamente frescos los 10 días, es dormir tres veces cada jornada y ducharse otras tantas. Más tarde de las dos de la noche, nunca, y dormir hasta a las 7 de la mañana para ver el encierro donde toque porque, desde hace muchos años, ya no puedo ni debo correrlo. Primera siestecita después de ir al Baile de la Alpargata en el Casino y de almorzar luego en la calle, magras con tomate y un par de huevos fritos con su correspondiente clarete. Fugaz visita al apartado en donde cada vez hay más gente y ya no tiene nada que ver con lo que fue. Aperitivo que suelo – solía porque tampoco éste bar es lo que fue hasta hace nada – disfrutar en el Noé. Comida donde caiga que, si voy en compañía de confianza, suelo hacer en el Amóstegui sin que falten ocasiones para ir a Rodero, o a Josetxo, que últimamente son los restaurantes más tranquilos entre los mejores, una vez desaparecido el de las Pocholas de donde, durante muchos años, solamente salíamos tres o cuatro veces para comer o cenar en el también desdichadamente desaparecido Mauleón y siempre regañados por Rosalía que no podía ni imaginar comiéramos en otro sitio que no fuera en su casa. Y tras comer, segunda siesta y a los toros para, enseguida, escribir y salir a cenar con más amigos y con los que se vayan añadiendo. Y encantado cada vez que fuimos y vamos al hotel Maisonave donde tantos años viví muy bien alimentado por la excelente cocina que mantuvo el inolvidable don Eliseo Alemán Oricaín y ahora por su hijo Pachi cada vez que voy a su nuevo “penthouse”, fantástico lugar en donde cené por última vez con el inolvidable ex–novillero norteamericano que, en sus años mozos, solía entrenar con el mexicano Luís Procura, Charles Patrick Stanlan, hasta que le lo llevaron sus botes de “heineken”.

Pero ya que hablo de amigos, entre los que ya no están con nosotros y los que quedan para mayor felicidad de los que seguimos vivos, quiero recordar con mucho cariño y añoranza a quien me hizo “entrar” y descubrir los más lujosos lugares y, para muchos, todavía secretos “momenticos” de los Sanfermines gracias a la gran amistad que nos unió pese a nuestra diferencia de edad. El inolvidable e inigualable Ignacio Usechi – quede claro que me refiero a don Ignacio Usechi Ocón, impar caballero, y no al anterior presidente del Club Taurino – que, durante años, fue rector magnífico de la Comisión Taurina de la MECA quien me distinguió con su afabilísimo trato y desprendida hospitalidad. Aún recuerdo las comidas que nos servía la fiel Felisa en su piso cerca de Las Pocholas después de tomar allí lo que él llamaba un “calmante vitaminado”, o sea, un copazo hasta los mismos bordes de fino Laína aunque yo prefería siempre el famoso coktail del champán de la casa. Don Ignacio fue quien me presentó a “Jesusito de mi vida”, que así llamo yo al mejor amigo – al cabo del tiempo como si fuéramos hermanos – que mantengo en Pamplona, Jesús Fernández-Lerga Garralda, aunque la primera vez que nos vimos no fue en un San Fermín, sino en la feria del Pilar de Zaragoza en donde coincidimos todos muchísimos años y, más particularmente, en el castillo-palacio del también inolvidable amigo Javier de Silva y Azlor de Aragón, Conde de la Unión, ordoñista de hueso colorado, como Ignacio Usechi y un servidor. Chipi, que así llamábamos al Conde, fue el más ferviente seguidor de Ordóñez mientras estuvo en activo y su más fiel e íntimo amigo.

Daría para un libro de tomo y lomo – el que más pronto que tarde escribiré sobre mis 50 años viendo toros desde unas circunstancias que reconozco privilegiadas – todo lo que yo he vivido con Ignacio Usechi y con el Conde. Y no solo en Pamplona. Como también daría más lugar del que dispongo en este artículo para contar con detalle lo que hemos hecho y lo que nos hemos divertido sin descanso junto a otros grandes amigos que, gracias a Ignacio Usechi y a Jesús, conocí: “El Ñoño” Salinas y José María Marco quienes, desde hace varios años, comandan la nave taurina de los Sanfermines, aunque a éstos no tengo más remedio que tratarles con prudente distancia por ser yo un crítico rabiosamente independiente y, por tanto, habitualmente molesto, y ellos, al fin y al cabo responsables de la organización de las corridas aunque nunca nos faltan ocasiones para disfrutar juntos e intercambiar sinceras opiniones sobre la feria cada vez más fecunda en lo económico por los llenazos que, toree quien toree, se repiten cada tarde. Vamos, igual que en la de San Isidro en Madrid, solo que en el “Foro” quienes se llevan la pasta es La Comunidad y la empresa de turno, y en Pamplona los asilados en la admirable Casa de Misericordia. Notabilísima diferencia que ablanda mis enfados con quienes conozco desde que éramos jovencísimos y no es cosa de que echemos a perder lo que nos une.

Tanto es así que, al llegar Eugenio Salinas y José María Marco a la presidencia de la Comisión Taurina, no nos pareció conveniente que se cumplieran los deseos de Ignacio Usechi en nombrarme jurado de los Premios Taurinos pese a la orden que, en su día, dio para que así fuera al también amigo, Ignacio Cía, tal y como me dijo éste en una carta que, por cierto, guardo y que en su día publicaré, en la que me anunciaba el nombramiento, justo para un año después, para ocupar el puesto que dejaría libre el gran crítico José María del Rey “Selipe”, a punto de jubilarse. Pero tal propósito de Ignacio Usechi quedó en agua de borrajas al vetarme Vicente Zabala, padre del actual, que amenazó con abandonar el Jurado si yo era admitido, y el entonces Presidente, José María de Andrés, tragó con tan intolerable imposición. El disgusto que sufrí, una de las primeras cornadas profesionales de las muchas que he recibido y sigo recibiendo porque ya tengo más que Diego Puerta, me duró mucho tiempo. Pero, completamente libre ya, como los pájaros, y alejado del tinglado taurino aunque nunca dejé ni dejaré de escribir lo que me dé la gana, mejor que así fuese porque, si ahora mismo fuera yo miembro de ese Jurado, muchos años armaría la de San Quintín y ya no está uno para esos trotes.

En Pamplona, aparte todos los miembros de la muy querida y ejemplar familia Moreno – y, enhorabuena por su remozado hotel La Perla de la Plaza del Castillo -, hay cinco clases de aficionados. Los tradicionalistas – muchos hasta siguen acompañando a los alguaciles, a las mulillas y a la banda La Pamplonesa en su diario recorrido hasta la plaza antes de cada corrida – que suelen manifestarse taurinamente hablando entre Pinto y Valdemoro, o sea, bien por lo equilibrados y entre los que destaca por su impresionante saber de toros el gran aficionado y escritor taurino madrileño, Domingo Delgado de la Cámara. Los recalcitrantes y/o furibundos toristas y reglamentaristas a ultranza con sus contradicciones a cuestas porque, aunque prefieren las fieras corrupias a los toros bravos y nobles, todos son muy partidarios de toreros que, ni en pintura, se ponen delante de una res como Dios manda (hago un paréntesis para decir que a Rafeél Paula lo trajeron a Pamplona una sola vez a los Sanfermines para que al menos pudieran verlo los paisanos en un festival ya que solo había toreado una vez fuera de la feria, y que los todavía impenitentes adoradores de José Tomás, continúan enfebrecidos pese a cómo el de Galapagar huyó despavorido de Pamplona con tal de no torear un corridón del Capea que tenía que haber matado aquí con Enrique Ponce, habitualmente despreciado por los subsodichos.

Item más: Los que no se limitan a ver toros en Pamplona y, además, saben verdaderamente del tema que son ya muy pocos porque cada año faltan más. El público en general de cambiante aluvión, habitual hoy en día en todas partes. Y, por supuesto, el selecto grupo de grandes aficionados extranjeros – sobre todo franceses, ingleses, americanos y, en menor medida, italianos, alemanes y suecos –, entre los que debo destacar al ya difunto y más grande entre los grandes aficionados galos, Carlos Fortier, que me parece estoy viéndole entrar en el inevitable hotel Yoldi acompañado por su en cada San Fermín y en otras muchas ferias “escudero”, el popular “ayuda” de Lerma, “Santitos”, quien a tantos nos buscó tantas cosas, incluso las más inconfesables; o a la también ya en el Cielo, la insustituible e irrepetible Alicia Hall (“¡Como Diego no hay ninguno¡”); o a los viejos corredores, Noel Chandler y Joe Distler “El Divino Príncipe de Manhattan” y, desde hace una par de años, “Le emper du Champs Elise”, ambos herederos directos del gran Matt Carney, el heroico ex–marine y primer corredor norteamericano que llegó a la “divinidad” tras coronarse como tal en la calle de la Estafeta; o al competentísimo y sapientísimo londinense, Michael Wigram; y a los eternos presidentes del Club Taurino of London, sir Ivan and miss Mary Mosley; o al entrañable matrimonio, Judy y Michael Cotino que, este año, por desgracia, no vendrán; o a Larry Belcher y a su esposa Ana, también cada año navarricos hasta las cachas.

Así como a la inagotable e incomparable trotamundos y donante universal, la Presidenta del New York City Club Taurino, Lore Monnig, que vale por cien mil mujeres juntas y, lo que te rondaré, morena rubia. Mas, cómo no recordar a la pareja de grandes actores alemanes, Federico y Nancy Gaetner que se hicieron seguidores y luego amigos de Ordóñez tras pasar tres días y tres noches sin dormir en la puerta del Yoldi esperando a que les recibiera el maestro y con quienes tantas tardes fuimos a los toros bailando por las calles de Pamplona mientras nos animaba la famosa banda “Los Calientes” de Dax a los compases se su “!Ay que bonitas son las flores en el campo¡”. También a Bill Law y su Valery, tan ordoñistas en la salud y en las enfermedades de los tres y luego tan asquerousamente antoñetistas y, finalmente, extenuados aunque permanentemente julioaparicistas. Y para finalizar esta larga lista en la que, si pusiera a todos no tendrá fin, recordar a mis maravillosos y más entrañables amigos, Oliver Baratchart y Marc Lavíe, quienes todos los años todavía se dan su vuelta por San Fermín, aunque no así el más elegante y gran escritor de los críticos bilbaínos con quien tantos buenos momentos de cotilleo fino y no tan fino compartí paseando cada noche por las murallas de la vieja Pamplona, Alfonso Carlos Saiz de Valdivielso, ilustre donde los haya. Y a más y más, a los dos políticos con quienes más he disfrutado en muchos Sanfermines y, ambos, desde sus respectivas ideologías, modelos en honestidad a carta cabal y grandes señores de los pies a la cabeza. Me refiero a Juan Antonio Gómez Angulo y al pamplonica José Antonio Asiaín, con quien compartí varias tertulias matinales en la COPE de Navarra y de quien recibí durante años los bocadillos más sabrosos que jamás me dieron en la plaza para merendar que preparaba su esposa.

¡Ay las meriendas de Pamplona¡. Recordar también las que yo mismo preparaba para la corrida de 14 de julio a base de toda clase de exquisiteces – con Miuras en el ruedo casi siempre – en las barreras que tantos años compartí con Jesús Fernández-Lerga y con Carmela, la simpatiquísima esposa de José María Marco, bien escoltados por la entera y querida familia del sin par matrimonio. Durante la lidia del último toro y, como no podíamos comer más ni beber tanto, las bandejas y las botellas de champán corrían de mano en mano desde el callejón a las filas más altas del tendido bajo. ¡Qué lujo¡.

Y punto y a parte para los milaneses, Elio Garbieri y Carlo Crosta, que empezaron viniendo juntos y, tras pelearse, cada uno con su peña, resultando yo favorecido porque, además de seguir siendo gran amigo de ambos, gracias precisamente a Carlo me integré en la que ha sido mi pandilla más divertida durante muchos años seguidos hasta que no pudimos más por tanta y tan seguida juerga: Toda la cuadrilla de la librería El Parnasillo con Lola Aldave como jefa y patrona del grupo que todavía apadrina a nuestro muy querido Barquerito y a mí mismo, su seguro servidor. Sobre todo a raíz de recibir Ignacio Álvarez Vara aquella terrible cornada por un toro del Marqués de Domecq – ¡a tal señor, tal honor¡ – en plena Cuesta de Santo Domingo, y de pasar dos meses de paradisíaca recuperación en El Aguirre – otra de nuestras citas inevitables – donde el gran crítico fue inmediatamente canonizado como santo súbito y así continúa “San Nacho”, en loor de santidad y permanentemente agasajado por todo Dios, y presto a confesar cual pater noster a quien se presta y se atreve. Se lo merece el Barquero. Como finalmente merece un especial recuerdo el inenarrable Miguel Criado “El Potra”, el hombre que más hizo reír y, al mismo tiempo, llorar a todo el toreo mientras vivió y el responsable de que los Sanfermines hayan crecido taurinamente más y más hasta grados hace cincuenta años absolutamente insospechados.

¿Cómo no van a ser eternos los Sanfermines con tantas y tan grandes gentes que siguen y seguiremos todos siendo fieles a la cita más deseada y ansiada del año, por haber permanecido siempre unidos, como si perteneciéramos a la misma familia, gracias a que, de una manera u otra, nos juntó el compartido afecto por estas fiestas. Por eso serán por siempre eternos, e inmortales. Porque, yo al menos y, aunque muchos amigos falten ya, por desgracia, o prefieren alejarse por pura precaución o cautela para conservar la salud, los llevo y los llevaré a todos en lo más hondo de mi corazón con tanto amor como el que tengo y tendré mientras viva a Pamplona y a su fiesta sin igual.

 

 

 

 

 

 

J.A. del Moral

J.A. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

9 Resultados

  1. romualdo alpuente dice:

    sr Del Moral,acuerdese que de esta sección”los toros un pretexto para..2algún dia le saldrá un buen libro de viajes..recopile sus conocimientos y haga participe a sus lectores.

    mis felicitaciones

    romualdo alpuente.
    guadalajara-Mexico

  2. roberto campos dice:

    Sr. del Moral,cuando vaya teniendo tiempo,vendria bien un resumen organizado al final de cada articulo sobre los lugares que usted nombra(hoteles,pensiones,restaurantes,fiestas tipicas,procesiones,curiosidades).organizados en apartados ,en negrita o colores,con direcciones,precios actualizados,telefonos,horarios,comidas tipicas,vinos,etc,,,si ello le requiere un tiempo que quizas no tenga seguro que cualquier colaborador o extudiante en practicas(periodismo,turismo),estaria encantado con el encargo.Los mismos municipios-a travez de sus oficinas de turismo o delegaciones de cultura- a los que usted acude desde hace decadas estarian encantados de facilitarle informacion,historia,imagenes,etc..

    En esta sección hay un filon,al que usted le puede sacar mucho provecho.

    reitere,haga un recordatorio y pida información y colaboracion a sus muchos lectores.

    roberto campos cortés

  3. Fernando navarro dice:

    !qué bien recuperar la memoria y recordar de nuevo tan agradables momentos vividos por esas ferias y plazas de españa!

    gracias por estos articulos y por esta sección..que tanta falta hacia ,sobre todo para los aficionados que tenemos una edad y estabamos un poco desmemoriados,sus articulos hacen que se refresquen mis recuerdos.

    Fernando Navarro

  4. Fernando navarro dice:

    !qué bien recuperar la memoria y recordar de nuevo tan agradables momentos vividos por esas ferias y plazas de españa!

    gracias por estos articulos y por esta sección..que tanta falta hacia ,sobre todo para los aficionados que tenemos una edad y estabamos un poco desmemoriados,sus articulos hacen que se refresquen mis recuerdos.

    Fernando Navarro

  5. paloma lavarez dice:

    Sr. Del Moral,nunca habia estado en Pamplona ni en los sanfermines,pero hoy he viajado con usted y he disfrutado de pamplona y de los sanfermines.

    paloma alvarez reta

  6. carlos j.gonzalez dice:

    Esta seccion hay que ilustrarla con fotos de los paisajes,las fiestas,los restaurantes…esperemos que con el tiempo sea posible.asi seria más amena tanto esta sección como el resto del portal.estoy seguro de su éxito.

    carlos jose gonzalez

  7. alejandro ramirez dice:

    Señor del Moral,cuide esta sección de los “los toros un pretexto para vivir bien” y no la olvide.
    deberia de aprovechar sus ferias para escribir¿porqué no hay nada de Bilbao,san sebastian?aproveche y escriba algunos articulos de las próximas..Almeria,Zaragoza,etc…

    suerte y alimenten todas las secciones y si no pueden reduzcan el numero de secciones ó amplien el número de colaboradores.
    bienvenidos a este maravilloso mundo virtual y asequible .

    Alejandro ramirez ledesma

  8. angeles sanchez dice:

    Mil felicidades.esta sección le vendria bien unas fotos y un apoyo de algunos municipios,por el favor y la difusión que hace usted de sus fiestas con esta amena información de “primera mano” que es la suya .

    Espero vaya dando forma y mejorando esta sección,en cuanto a direcciones de hoteles,bares,restaurantes,(telefonos,precios,que comer,beber,etcc)

    Angeles sanchez

  9. norberto ayuso dice:

    Sr del Moral,siga contandonoscosilas de los lugares por donde viaja.si va por Almeria tamien nos podria contar de tan apasionante y desconocida tierra.ya le lei en un pregón,algo de las meriendas en la plaza de toros,de como la engalanan,.O tal vez el amigo juan José de Torres nos podria contar el capitulo o capitulos de 2los toros un pretexto para vivir bien”dedicado a Almeria,Roquetas,Vera.(ambiente,peculiaridades,el público espectador,las playas,la luz única de lmeria,restaurantes,playas,fiestas ,etc..Bueno tan solo son sugerencias.
    Suerte con su portal taurino

    Norberto Ayuso

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