Crónica de Juan Miguel Núñez sobre la sexta corrida de Valladolid

Se acabó “el papel” nada más abrirse las taquillas, pero la reventa “oficial” no se ha involucrado tanto como otras veces. A la hora del paseíllo había “calvas” en los tendidos. La gente ya no traga con las cantidades desorbitadas que se manejan alrededor de Tomás. Y en verdad nada de lo que ocurrió después en el ruedo justificaba el abuso diseñado por “los listillos” a los que les habrán quemado el bolsillo los boletos con los que pretendían trapichear.

Como hace unos días ocurrió en la feria de Almería, Tomás no ha podido resolver lo imposible. Ni se ha prestado a la inmolación de la mágica ceremonia de la que tanto se habla, con la que impactó el 5 de junio en Las Ventas de Madrid, pero que después no se ha vuelto a repetir. José Tomás, no lo olvide nadie, es de carne y hueso. Y donde se atascan los demás toreros, también él. Sin ir más lejos, hoy en Valladolid.

Aunque el efecto de la fiebre tomasista, o tomista, es todavía tan impactante como para que sus incondicionales lo vean todo a su alrededor con desbocada pasión. José Tomás es para ellos poco menos que dios, y su “heroicidad” es algo divino.

Pues tendrían que ir más veces a las plazas de toros, contemplar a los demás toreros, gozar los triunfos de otros, para en definitiva comprender mejor el toreo. No tienen sentido estos “aficionados” de olés a destiempo, entusiasmados por cualquier trapazo y de desenfrenadas pasiones.

Hoy, con un toro esmirriado como su primero, incómodo por rebrincado, Tomás fue incapaz de estructurar faena. Ni un pase en condiciones. Sólo muy al final del deslavazado trasteo, una tanda por la derecha, y las manoletinas antes de montar la espada. Cualquier otro torero no sale ni al tercio a saludar, y a Tomás le dieron una oreja. (?)

El quinto, sumamente distraído, no hizo ni una sola vez por el engaño. Y aquí Tomás se mostró absolutamente impotente, dicho en el sentido taurino de la palabra.

A todo esto Miguel Ángel Perera, el nombre que manda esta temporada, dio una gran lección de lo que es el mando, la tranquilidad y la suficiencia en la cara del toro, expresado todo con exquisita torería, con una enorme sutileza. Perera torea en cada gesto y movimiento por leve que sea. Torea templado y sumamente ajustado, es decir, pasándoselo (el toro) lo más cerca posible. Y siempre ahí, sin inmutarse.

Lances de mucho aplomo a la verónica y quite por gaoneras de apabullante quietud. Con la muleta se la jugó de entrada en dos escalofriantes pases cambiados, y sin pestañear en lo fundamental, llevó y trajo al toro por donde quiso él. Embestidas cada vez mas cortas y algún que otro frenazo del toro, siempre a menos, lo resolvió Perera aguantando una barbaridad en un arrimón final que volvió loco a todos. Bernardinas finales en ambiente de desbocado frenesí. Tras la estocada sin puntilla, no hubo duda, las dos orejas.

Nada pudo hacer Perera ya en el rebrincado y descompuesto sexto, que no tomó ni una sola vez la muleta con franqueza. Contó también la dificultad añadida del viento. Pero quedó claro dónde está cada quien en el toreo.

Manolo Sánchez, con dos buenos toros, no se conformó con el papel de telonero. Se esforzó en su primero para haberle cortado una oreja si llega a matarlo bien, y se llevó un trofeo del cuarto por una faena de altibajos y de mucha plasticidad en las fases buenas. EFE

J.A. del Moral

J.A. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

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