7ª de feria en Valladolid. Abismal triunfo de Perera: Cuatro orejas y un gran toro de Puerto de San Lorenzo al que casi corta un rabo

Valladolid. 12 de septiembre de 2008. Séptima de feria. Tarde soleada y muy fresca con inoportunas rachas de viento. Tres cuartos de entrada. Seis toros de Puerto de San Lorenzo, bien presentados y en general mansos aunque con varios nobles en distintos grados de fuerza. Por su gran clase, destacó sobremanera el sexto que tuvo un pitón derecho de revolución. Y por más dulce aunque inconvenientemente acobardado, el quinto. También se dejó el tercero, pero intermitentemente por su incierto embestir que, a veces, desembocó en repentino peligro. Los demás, muy deslucidos en distintos grados, resultando peor el segundo. El Juli (verde esperanza y oro): Buena estocada y descabello, palmas seguidas de silencio. Siete pinchazos y cinco descabellos, aviso y silencio. José María Manzanares (amapola y oro): Estocada a toro arrancado muy habilidosa, ovación. Pinchazo hondo sin soltar y buena estocada, oreja. Miguel Ángel Perera (verde papagayo y oro): Gran estocada, dos orejas. Pinchazo y estocada caída, aviso retardado y dos orejas. Salió a hombros. Muy bien en la brega y en palos Alejandro Escobar, Curro Javier, Juan José Trujillo y Álvaro Montes.

 

 

No por lo que viene triunfando cada tarde y en cada plaza, sino por la contundencia con que lo repite, sea cual sea cada toro, Miguel Ángel Perera parece una máquina del éxito. Mientras le veíamos ayer, pensamos en donde se habrían metido los miles de posesos tomasistas que anteayer se fueron con las orejas gachas después de sufrir con su torero a manos del extremaño. Si hubieran visto lo de Perera en su segunda y consecutiva actuación en esta feria, seguro que les habría dado un soponcio. ¡Qué barbaridad¡. Qué manera de arrimarse con el tercer toro al que, nada más aparecer en el ruedo, le pegó cinco lances a pies juntos sin apenas moverse y muy templados. Quiso, como casi siempre, dejarlo crudo en el caballo y aunque pareció en principio que el animal iba a ser suave por el lado derecho y, desde luego, obediente a los toques – el pase cambiando por la espalda resultó limpísimo – empezó quedándose corto y echando la cara arriba.

 

 

De ahí el rápido cambio de mano del torero para torear al natural con tanto y progresivo ajuste que, en un segundo rapidísimo, el toro alargó el cuello y alcanzó a Perera derribándole y recogiéndole de muy mala manera. Pero por milagro divino, lo que nos pareció ser una cornada, quedó en susto. Susto de los presentes pero no del torero que se levantó como si tal cosa y prosiguió de nuevo con la mano izquierda, tanto o más decidido que antes de la cogida hasta ligar dos naturales y el de pecho de pitón a rabo sin moverse. Pero lo mejor vino después con varias rondas sobre la mano derecha en las que, aun sin haber uniformidad en el trazo por lo incierto que siguió el animal y por sus continuos cambios de ritmo, sobresalió un redondo de pasmosa lentitud y más naturales con la muleta tan arrastras hasta el punto de que, en uno de ellos, el toro hincó los pitones en la arena por lo muy humillado que iba y se pegó una voltereta, saliendo ya rajado y, cada vez que el torero intentó perfilarse para entrarlo a matar, muy distraído. Lo que apenas le importó a Perera para pegar una estocada hasta las cintas de la enseguida que rodó el toro y la gente a sus pies. Quizá a algunos les pareció excesiva la segunda oreja, pero la emoción reinante despejó cualquier duda.

 

 

Con la corrida ya vencida tras el paso no triunfal pero sí muy solvente de El Juli frente a dos reses francamente deslucidas y las dos faenas de Manzanares que cortó la oreja del suave aunque enseguida acobardado quinto, demostrando que es el torero más elegante, más distinguido y exquisito, con clase más dulce e imperial y, muy posiblemente, con más largo futuro de los que tenemos en este momento – su faena con el pésimo segundo muy para buenos aficionados fue un dechado de paciencia y de seguridad en sí mismo por lo que le sacó sin que nadie pudiera imaginar que este animal tuviera algo dentro -, Miguel Ángel Perera volvió a gozar con la mieles de la suerte que también este año de su consagración tanto le está sonriendo.

 

 

Un preciso y armónico toro de nombre “Cubanisto”, procedente de la mejor e inequívoca estirpe como ideal tipo de cuento crió el inolvidable don Atanasio Fernández, hizo honor al viejo mago de Campocerrado embistiendo como para cantarlo en latín. Apenas fue castigado en varas y, de seguido, empezó a embestir con tanta e incansable clase por el pitón derecho sobre todo, que aquello pareció no tener fin. Como tampoco la gran faena que le hizo Perera, siempre y acertadamente citando desde lejos para el primer muletazo de cada ronda con la mano derecha, para luego ligarlos sin apenas moverse sino girando simplemente  sobre sí mismo con tan uniforme intensidad y tanto sosiego, que puedo decir que si en cada una dio diez o doce muletazos, parecieron un solo. La gente estaba ya loca y el torero quizá demasiado borracho de sí mismo cuando, en vez de haber cortado la faena a tiempo, se emperró en seguir y en seguir mientras transcurrían los minutos que sobrepasaron los diez, los doce y hasta los quince reglamentarios mientras Perera se complació en pegarse un arrimón ojedista que, aunque lo resolvió con limpieza, en mi particular opinión no vino a cuento después de haber toreado como toreó, pluscuamperfecto. La sobredosis empeoró las condiciones idóneas del toro para entrarlo a matar, lo que hizo de pinchazo y estocada evidentemente caída, y tantas ganas, la verdad sea dicha, le privaron a Perera de cortar un rabo. Y quizá de que al toro le hubieran dado la vuelta al ruedo que no pocos pedimos pero no toda la plaza ni tampoco el matador, por cierto.

 

 

Antiguamente, y me acuerdo ahora mismo de Antonio Ordóñez, cuando un toro había embestido como este “Cubanisto” de ayer, quien lo acababa de disfrutar se complacía en homenajear a su oponente con tanto entusiasmo como si fuera su mismo criador. Los toreros actuales parecen carecer de esta sensibilidad y deben corregirlo de inmediato. Tome nota, pues, Perera porque ya son muchos los que este año le están correspondiendo y nadie le va a culpar por compartir sus incesantes éxitos con los toros que tanto le están beneficiando y encumbrándolo.                

J.A. del Moral

J.A. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

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