Regreso A Salamanca

Escribo desde el nuevo Hotel Abba Fonseca que es algo así como vivir con todas las comodidades de la modernidad en medio de la histórica e inigualable monumentalidad salmantina. Y llego bastante satisfecho de ver la cuarta corrida de la feria a la que no pocos fuimos como cuando te invitan a comer un cocido con muchas patatas y garbanzos pero con muy poca “pringá”. Nos sorprendió primero la nueva banda de música porque se oye, ¡vaya que se oye! Como también los nuevos clarines y timbales que no chirrían roncos como los de toda la vida aquí. Nunca entendí por qué se mantuvieron tan sonoramente enmohecidos durante tantos años. Pero lo que más nos sorprendió, fue la lujosísima presentación de la corrida de La Campana y que, además, resultara estupenda, extraordinaria para los toreros. Incluso los toros que sacaron poca fuerza y cierta mansedumbre fueron buenos. Hasta el más grandote y flojo sexto,  el último que se lidió como sobrero. Una pena que tuvieron que devolver al preciosísimo sardo que iba a cerrar el festejo. Deberían disecarlo y exponerlo en algún museo de ciencias naturales.

 

 

Como ví la corrida desde la última fila de una grada de sombra, aparte de estar muy cómodo porque tenía muy poca gente alrededor, como en casi toda la plaza, dicho sea de paso, tuve la ocasión de ver la lidia y el toreo, digamos con más perspectiva geográfica. Ahí es nada. Porque la geografía del toreo, ver como los toreros torean como si tus ojos fueran los objetivos de una cámara casi cenital, te permite descubrir mejor donde se ponen, si delante o al lado de los toros; y como se los pasan, si hacia dentro o hacía afuera despidiéndolos. Y los de ayer no fueron para despedirlos, sino para arroparlos y hasta para abrazarlos. Por eso me gustó tanto ayer Domingo López Chaves con el mejor toro, el que abrió plaza, como también lo fue su faena. La mejor de las seis que acontecieron con notable diferencia. No me expliqué, entonces, por qué el presidente le dio solo una oreja e igualó con el mismo premio otras dos bastante peores.

 

 

Debieron darle a Domingo las dos del primero porque, además, mató perfectamente al toro en la vistosa y muy poco frecuente suerte de recibir a pesar de que, en ese momento postrero, el animal ya se había venido abajo en su inicial energía y fue casi un milagro que le quedaran pies para arrancarse como finalmente se arrancó. Luego, con el cuarto, Domingo lo toreó al principio más acelerado de la cuenta, como también la banda que, por cierto, atacó con excesiva rapidez el pasodoble. Quizá por ello, justo cuando la banda cesó de trompetear y tamborilear, Domingo se relajó, se centró más, y nos regaló una tanda final por estupendos naturales. Con ellos se ganó el también merecido trofeo que le permitió salir a hombros. Enhorabuena, Domingo, porque ayer fue la vez que mejor te he visto torear y eso hay que celebrarlo. Ojala vuelvas siempre a torear como ayer cada vez que se salgan unos toros tan agradecidos.

 

La ya señalada perspectiva cenital de mi privilegiado objetivo, sin embargo, no me ayudó precisamente a jalear tanto los pases como la mayoría del público lo hizo cuando torearon Antonio Barrera y Juan Bautista. Barrera no se cruzó con sus toros ni una sola vez y ello aparte su tosco estilo sin negar las ganas que echó toda la tarde que hasta le pudieron costar un serio disgusto. Y Juan Bautista, siempre los echó para afuera con el oficio, aunque ayer con muy buen gusto, que le ha dado torear tantísimo en sus campos de la Camarga, en los Charros salmantinos, en no pocos andaluces y, por supuesto, en la gran cantidad de corridas que lleva matadas en sus dos épocas. Muchas veces me he preguntado por qué el toreo de Juan Bautista nos parece tan fácil como frió. Ayer vimos muy bien por qué.         

J.A. del Moral

J.A. del Moral

Escritor, periodista, comentarista, crítico taurino y conferenciante. Cubre la temporada entera cada año desde hace más de 40, con más de 8000 corridas vistas.

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