Cuajó dos grandes faenas frente a dos toros de Núñez del Cuvillo de distinta condición y cortó cuatro orejas. Pero lo abultado de esta cosecha de trofeos fue lo de menos. Muchas suele conseguir el de Galapagar pero no tan indiscutiblemente merecidas como las de ayer. En mi opinión, la más completa y esplendorosa actuación de las que lleva realizadas en los dos años y pico de su reaparición. A su primer toro, el mejor de la noble aunque floja corrida al que dieron la vuelta al ruedo por su excepcional clase y gran fijeza, le cuajó una pluscuamperfecta e intensísima faena, casi toda por templados naturales. Y al manso, huidizo e incierto quinto, otra más meritoria en la que, muy inteligente en la elección de las distancias, y a base de firmeza y de exquisito temple, lo transfiguró sacándole todo lo bueno que llevaba dentro. Algo desigualaunque efectivo en la colocación de las dos estocadas – la primera ladeada que caló un puntín y necesitó del descabello, y la segunda simplemente desprendida -, Tomás vivió la unánime rendición de la abarrotada plaza y, por fin, nos puso a todos completamente de acuerdo y emocionados como pocas veces lo habíamos estado últimamente con este torero ante tan abismal demostración. Sobradamente presentada la corrida aunque dos toros bajaron algo con respecto a los demás – segundo y quinto - en su mayoría muy bien hechos y cuajados. El encierro más digno de esta feria con notoria diferencia. El muy flojo lote de Juan José Padilla apenas dio opción al espada Jerezano que cortó una oreja del cuarto por puro paisanaje gracias a la buena estocada con que lo despenó. Y con el lote medio, notable mejoría de El Cid que, de no haber fallado con los aceros, podría haber cortado la oreja del muy venido a menos tercero. Logró las dos del sexto, otro de los mejores de la corrida, al que toreó - como al otro - muy bien con el capote aunque algo desigual con la muleta, sin estar del todo a gusto ni redondear pero en varios momentos relajado, templadísimo y con indudables ganas de quitarse de la cabeza su mala feria de Sevilla. El Cid acompañó a José Tomás en su apoteósica salida a hombros.
Plaza de toros de Jerez de la Frontera. 15 de mayo de 2008. Cuarta de feria. Tarde calurosa con lleno absoluto. Seis toros de Núñez del Cuvillo, bien presentados y nobles aunque flojos en distintos grados por lo que algunos se vinieron abajo en el último tercio o se defendieron al embestir, caso del primero y el cuarto. El más entero y, además, con clase y fijeza excepcionales fue el segundo. Un gran toro que fue premiado con la vuelta al ruedo. También fue muy bueno aunque no tanto el sexto. Y el único manso, huidizo e incierto el quinto, finalmente trasformado en noble por obra y gracia de su matador. Juan José Padilla (corinto y azabache): Estocada muy caída trasera, saludos por su cuenta. Buena estocada, oreja del paisanaje tras algunos pitos antes de entrar a matar. José Tomás (malva y oro): Estocada ladeada que hizo leve guardia y descabello, dos orejas. Buena estocada, dos orejas. El Cid (marino y oro): Estocada traserísima y tres descabellos, ovación. Buena estocada, dos orejas. José Tomás y El Cid salieron a hombros. Muy bien en palos Alcalareño y José Chacón.
Imagino perplejos a muchos lectores al leerme sobre la corrida de ayer en Jerez. Han sido tantas veces las que he contrariado a tanta gente y, sobre todo, a muchos colegas que hablaron o escribieron la palabra “cumbre” para calificar actuaciones muy valientes pero por nada limpias cuando no otras netamente tremendistas o simplemente buenas aunque notoriamente desiguales – hago la salvedad de su primera tarde del año pasado en Madrid y de la del indulto en Barcelona – que, la verdad, hoy me resisto a repetir en titulares lo que ayer nos dijimos todos al salir de la corrida: ¡Cumbre Tomás¡. Y ayer irreprochable e indiscutiblemente bien. Desde luego la mejor actuación de cuantas yo al menos le he visto en los dos años y pico de su reaparición.
Cuando terminó su primera gran faena ante el extraordinario ejemplar de Cuvillo y a pesar de haberme sentido íntimamente maravillado por la intensidad con que lo toreó muy templado al natural en sucesivas series larguísimas – algunas de más de siete muletazos perfectamente ligados – a las que sumó un precioso ramillete de redondos a pies juntos asimismo templadísimos y todo sin que nunca abandonara el lugar donde planteó la obra – en los medios por impertérritos estatuarios – como asimismo los remates al final por sedosos ayudados por alto y por bajo, y elegantísimos pases de la firma o del desdén.., cuando terminó aquello, digo, uno no dejó de pensar en la extraordinaria calidad del toro que se lo había permitido sin una sola mácula, tanto por lo que se refiere al sitio donde toreó como a lo ajustado con que se acopló y a la precisa técnica que empleó fiel a la más pura lógica del toreo. Ni una locura, ni un mal paso. Todo perfecto. Y aún más, me dije: Por fin, tal y como José Tomás nos deslumbró en los mejores años de su primera etapa.
Pero cuando me convenció sin ninguna reserva fue con su segundo toro – el quinto – que por nada tuvo que ver con el anterior. Manso, distraído, suelto de todos los intentos capoteros, escupido de sus encuentros con el caballo, sin humillar nunca e incierto en sus acometidas. ¡Ahí te quiero ver, Tomás¡ Y lo vimos. Pero ¿de qué manera? Pues de la única posible en estos casos: eligiendo al principio la distancia larga y poco a poco la media en los cites para aprovechar la inercia de los viajes y sin permitir una sola vez que el animal le enganchara la muleta y aún menos dejarse coger, como aconteció cuando tras una magnífica tanda con la derecha se le coló el toro y Tomás se quitó en una décima de segundo, impidiendo el volteretón o una posible cornada, para continuar en el empeño de nuevo firmísimo y sin estridencia alguna. Es decir, como se debe en el toreo. Y, por consiguiente, sin permitir que el animal empeorara como consecuencia del tropiezo. Y por eso, precisamente por eso, el toro mejoró y hasta rompió a bueno. Como luego pudimos comprobar también al natural cuando, ya venido un poco abajo el animal, Tomás tuvo que insistir en los cites más cruzado que antes y más atento a templar por la mayor lentitud del toro en sus últimas embestidas, ya tan dulces como si no hubiera sido como ni remotamente empezó. Asombrosa faena por su fondo y forma. Un prodigio.
Y un precioso final con muletazos al paso y sus inevitables manoletinas con toda la plaza puesta en pie, atónita con lo que acabábamos de ver y de gozar, a la espera de la estocada que esta vez recetó sin defectos y con inmediata muerte del toro a sus pies. La petición de las orejas fue aún más nutrida si cabía que la de su toro anterior. Y el convencimiento, total. Todos de acuerdo.
Así es como quiero seguir viendo a José Tomás al tiempo que imploro que el año que viene se deje de tantos caprichos y tiquismiquis y convenga actuaciones en todas las plazas importantes. Porque, pena da pensar en que éste irreprochable e indiscutible Tomás de su histórica tarde de ayer en Jerez no podamos verle en Sevilla, en Madrid, en Pamplona, en Bilbao, ni en El Pilar de Zaragoza. Aún está a tiempo para el fin de la temporada. Anímese el gran torero y dé el paso adelante para actuar en estas plazas aunque sea solo una vez.