Sobrado de sitio, de valor y sensacional por su arriesgada a la par que solvente destreza, cortó cuatro orejas y el rabo del toro más serio y más difícil de una variada corrida de Vegahermosa (Jandilla) en la que las mejores reses cayeron en manos de los hermanos Rivera Ordóñez. El de más clase con notoria diferencia fue el cuarto con el que Francisco pinchó una templada aunque insuficiente faena. Y el más espectacular por su poderosa mansedumbre en varas, el sexto, un torazo que, tras cambiar radicalmente de intratable en el primer tercio a muy dócil en el último, admitió una elegante y sobria faena de Cayetano que cortó una oreja aunque fue toro de dos.
Castellón. Plaza del paseo Ribalta. 22 de marzo de 2009. Novena y última de feria. Tarde fresca con más de tres cuartos de entrada. Seis toros de Vegahermosa (Jandilla), desigualmente presentados porque los hubo bonitos por bajos y cómodos de cabeza, un quinto feo por muy alto y montado, y hasta un zambombo, el sexto. En correspondencia a tan dispares hechuras, dieron juego muy vario. Noble aunque sin humillar el primero. Manejable y progresivamente apagado el segundo tras ir varias veces desde largo. Franco aunque defendiéndose por débil el tercero. De extraordinaria clase el cuarto. Fuerte y nada claro por mirón y el genio que, sobre todo por el lado izquierdo, tuvo el quinto. Y manso con poder y finalmente dócil para la muleta tras protagonizar un espectacular y complicado aunque eficaz tercio de varas el sexto. Francisco Rivera Ordóñez (añil y oro): Dos pinchazos y estocada trasera algo atravesada, ovación. Tres pinchazos y estocada trasera, división de opiniones al saludar. Miguel Ángel Perera (turquesa obscuro y oro): Gran estocada, aviso y dos orejas. Sensacional estocada de rápidos efectos, aviso y dos oreja y rabo con vuelta clamorosa y posterior salida a hombros en loor de multitudes. Cayetano (turquesa claro y oro): Estocada trasera caída que escupió y descabello, ovación. Estocada trasera caída y atravesada, oreja. En la brega destacó ostensiblemente José Antonio Carretero.
Ayer fueron inevitables las comparaciones porque, si de una parte las hubo de entrada al actuar emparedado Miguel Ángel Perera entre los hermanos Rivera Ordóñez con la inmensa popularidad que acompaña a ambos – se los comía la gente en un paseíllo con más fotógrafos que toreros – aunque también casi todos a sabiendas de que la abismal capacidad del extremeño dista años luz de la de sus contrincantes como así quedó apabullantemente demostrado, de otra aconteció que, a la vista del zambombazo que pegó Perera, no pocos se acordaron de lo que estos días se viene diciendo y discutiendo – unos a favor y otros en contra – sobre los éxitos que ha logrado José Tomás tanto en las Fallas como en Castellón.
¿Qué ha tenido que ver lo que tanto intentan convencernos del galapagarino con lo hecho ayer por el extremeño? Absolutamente nada, ¿verdad? Y ello partiendo de la base que sustenta la fama de ambos en cuanto a la firmeza y al sitio digamos “prohibido” que uno, Perera, pisa más allá de lo que nadie haya pisado nunca, y otro ya no pisa aunque se empeñen en que continúa pisándolo porque, cada vez que lo pisó en su regreso, resultó trompicado cuando no herido.
¿Por qué, entonces, emocionó y convenció tanto Perera a todos los presentes y el “otro” casi nada hace dos días salvo a sus incondicionales servidores? Porque dentro de los terrenos del toro ahora mismo no hay nadie más poderoso ni más capaz, sean como sean las reses, que éste superdotado nacido en La Puebla del Prior. Y como, inevitablemente, se viene especulando sobre si Perera volvería a conseguir o no ser el mismo del año pasado, en su primera cita importante tras su injusta e inexplicable ausencia en Fallas y la que más duele en la próxima feria de Sevilla, no solo ha pegado un aldabonazo ensordecedor de cara a ambas exclusiones y a las que, según dicen, pueden llegar en otros ciclos de España y de Francia donde no quieren pagarle lo que pide y, a la vista está, hace bien en pedirlo, sino que el tinglado publicitario que hay montado en torno a Tomás ha saltado por los aires en una sola tarde aunque seguro que muchos intentarán ocultarlo por la cuenta que les tiene.
Pero no importa. Porque serán los hechos los que se impondrán a los dichos. Tiempo al tiempo. Y si primero llegaron los golpes de Perera – como también el de Ponce – en sus respuestas de México; después de lo que acaba de pasar en Fallas con el de Chiva y ayer mismo en Castellón con el de Badajoz, podrán decir lo que quieran, pero de ninguna manera taparlo.
Este arrasador mensaje de Perera en forma de bola de fuego será imparable después de sus dos faenas de ayer en Castellón con dos toros tan opuestos. Con el primero alegre y luego apagadito segundo, convirtió la sosería en emocionante alegría en una faena de notable aguante, tanto cuando la empezó citando muy de lejos como cuando la terminó sembrado y enrollado en la misma cara del burel. Y con el volcánico quinto, la guerra en paz. Desde que se abrió de capa nada más salir el poquita cosa que le correspondió en primer lugar hasta que mató al bastante más feo y dificilísimo quinto de estocada colosal, Perera se adueñó de la corrida como pocas veces hayamos visto últimamente. Primero, extremando el aguante, la quietud y el temple con pasmosa lentitud sin abandonar el sitio donde finalmente se produjo la parte más angustiosa de la obra tan adrede prolongada como convincente del a cada segundo más emocionado cónclave. Y luego de cortar las dos primeras orejas de la tarde, el rabo del siguiente por una labor no tan delicada porque este toro no fue de los de mírame y no me toques sino de mucho sufrir y más que resolver por el peligro que tuvo.
Puede que tan importantísima faena no tuviera la unidad creativa ni el mismo sosiego ni iguales temple y limpieza que la anterior. Pero lo que le faltó de seda le sobró de valor sin tacha y de habilidad lidiadora fuera de lo común. Perera esta vez fue el látigo domador de la fiera que quiso herirle muchas veces y nunca lo consiguió gracias a su determinación física y mental.Todo un espectáculo de dominio y de poder del hombre frente al toro en su más salvaje acepción. Por eso la plaza se le entregó conmocionada y extasiada como cada vez que alguien logra algo tan imposible para la mayoría de los mortales capaces de vestirse de luces.
Francisco Rivera quiso mejorar su actuación de Fallas en verdad que lo consiguió salvo con la espada que le privó de cortar la oreja del extraordinario cuarto toro al que toreó de muleta tan relajado como templado aunque no suficientemente reunido por lo que a su faena le faltó fibra aunque no sosiego y buen gusto. A este lo banderilleó muy mal y con facilidad a su primero en el que no pasó de voluntarioso sin llegar a centrarse por lo poco que humilló el toro de principio a fin.
Y Cayetano, una de arena con el exigente y andarín tercer toro por la ya tan comentada falta de oficio que tanto le afecta, y otra de muy elegante cal con el poderoso y enrevesado manso que mató en sexto lugar, frente al que tras pasarlas moradas pensando cómo podía comportarse tras el violento e incontrolable comportamiento que tuvo en el primer tercio – derribó tras marrar el picador y se enceló con el caballo durante un largo rato sin que se pudiera arrancarle de su presa hasta que lo amoldaron en un gran puyazo – vio como el torbellino cambió a dócil colaborador y, aunque no a la altura debida, con no poca presencia de ánimo consiguió una faena tan armoniosa y sencillamente clásica en lo fundamental como quizá falta de sus mejores armas artísticas. Lo sobrio de la obra sin más aditamentos que excelentes pases de pecho como remates de las tandas y rodillazos al final, no caló todo lo que hubiera necesitado en los tendidos que se contentaron con la oreja que le concedió la presidencia de un toro que, a la postre, había sido de dos.