Habrán observado los lectores que este año, Ponce y El Juli, no abrieron los comentarios de éste análisis como veníamos haciendo en anteriores resúmenes de las pasadas temporadas. Y ello porque, por primera vez en mucho tiempo, las dos máximas estrellas dejaron de ser los principales sin que ello quiera decir que ambos no permanecieran en sus privilegiados puestos, ganados con indudable mérito, indiscutible magisterio y sin descanso ni interrupciones, como tampoco dejando de torear en ninguna plaza por incómodo que ya empiece a ser para los dos. Siguen siendo los maestros y eso no hay quien lo mueva.
Sin embargo, Ponce ya ha anunciado que no volverá a tres: Madrid, Pamplona y Logroño. Pero ya veremos, porque cuando llegue el momento, quizá se arrepienta de lo dicho o sugerido. El valenciano, además y aunque su temporada sufrió un largo bache de triunfos por su pésima suerte con los toros y, como siempre, varias veces por sus pertinaces fallos con la espada tras el muy feliz comienzo de campaña en Olivenza y en las Fallas, a partir del mes de julio, no es que resucitara, es que en muchísimas ferias triunfó con inaudita frescura y sublime creatividad artística, consumándola por todo lo alto en Zaragoza después de haberlo hecho en San Sebastián, en Bilbao y, entre ambos ciclos, en muchísimos sitios más. Y entre ellas, la cumbre del toreo lento de Dax con toros de Samuel y la de inaudita destreza frente a un dificilísimo animal de Los Bayones en Valladolid. De modo que, si Ponce quisiera, seguro que habría gran torero para largo. No obstante, nadie sabe qué hará finalmente. Creo que ni él mismo lo sabe con certeza.
Respecto a El Juli – uno de los casos más sui-géneris de la historia del toreo – y dado su empeño en ser casi por entero diferente al portentoso “meteoro” que le encumbró en lo más alto nada más tomar la alternativa gracias, sobre todo, a los cinco años seguidos permaneciendo como imparable y activo volcán según su concepto de incondicional entrega, singular vistosidad, enorme variedad y atractivísima frescura en los tres tercios – la lidia total - dada su niñez con increíble y precoz cuajo, luego de su costosa transfiguración en busca de la más formal seriedad y pureza interpretativa como consumado muletero capaz de asombrar y de rendir incluso a cuantos, en principio, no creímos que fue capaz de lograr tamaña y sustancial proeza, precisamente por ello, cada año que pasa le pesa más – y esto es absolutamente lógico – sobreponerse ante los toros difíciles, no digamos a los imposibles, y además empieza a fallar demasiadas veces con la espada. Este año, para colmo y, como a Ponce, tampoco le acompañó la suerte con los toros durante muchos meses, llegó al mes de agosto un tanto entristecido por dentro e, inevitablemente, por fuera. Pero como es – siempre lo fue – uno de los toreros con más raza de la historia, empezó a remontar y remató su temporada con triunfos colosales y con las quizá mejores faenas de su vida.
Tras encontrase consigo mismo por fin a gusto en Alicante, en Huelvae incluso después de otro periodo sin suerte, cuajó un faenón inolvidable en Dax y una tarde histórica en la también francesa plaza de Nimes, encerrado solo con seis toros el día que se cumplió su décimo año de alternativa. Y, al día siguiente, otra tarde sensacional por todo en Barcelona. El Juli sigue siendo, pues, El Juli aunque ya más don Julián López Escobar. Excelentísimo Señor de la Tauromaquia y creo que también así debería ser reconocido oficialmente. El Juli, don Julián, merece un homenaje institucional en su Madrid y en toda España. Junto a Luís Miguel Dominguín aunque este ya no vive. Ambos son las dos figuras más grandes que ha dado la capital de España ¿Para cuando la Medalla de Oro de la Bellas Artes que él volvería acreditar de concedérsela con bastantes más motivos que a otros condecorados que, profesionalmente, no le llegan a la suela de sus zapatillas?
Enrique Ponce inició su decimonovena temporada con muchos aficionados indignados con las declaraciones que, en su contra aunque de soslayo, había hecho José Tomás en la única entrevista que concedió, la de México. Pero Ponce no quiso contestar con palabras sino con hechos. Y aunque su inigualable carrera – la más brillante de la historia del toreo – bastaba por sí misma para hacerlo sin necesidad de más, solo por seguirla cumpliendo con el intachable comportamiento profesional que nunca abandonó, fue suficiente.
Repito una vez más que son los hechos de cada protagonista y no los gustos particulares de la gente, ni aún menos los dichos de los demás lo que verdaderamente cuenta. Y ahora afirmo que, cuando Enrique se vaya, muchos aunque no todos de los que vienen negándole o intentando desmerecer su tauromaquia, le echarán de menos. Ponce, este año, les ha puesto otra vez en ridículo y no solo en plazas de menor categoría, sino en los escenarios quizá más difíciles por tardíos en el devenir de cada temporada. Pero es que, además y llevado de su persistente ilusión por perfeccionar su toreo - ¿más todavía, maestro? – hasta se permitió el lujo de inventar una nueva suerte de muleta que ya algunos llamamos “poncina”: Dos o tres pases genuflexo que, sin abandonar el sitio, logra cambiando sucesivamente la carga de cada uno sobre sus dos piernas, alternando en su flexión uno u otro lado. Algo que en otros sería feo estéticamente por lo inevitablemente forzado del trance, en Ponce resulta bellísimo. Y es que este torero, tanto con los toros más dulces como con los más amargos, nunca enseña los tirantes.
Lo inaudito de Ponce, aparte su por todos reconocida destreza y poderío, en sus formas de torear, es que ni con los marrajos peligrosos – por ejemplo, el de San Isidro en Madrid –, ni con los más bravos y nobles le abandona su natural y siempre estética compostura. Ni el gesto sereno, ni el color de su semblante, ni el relajo. ¿Crispado? Nunca. ¿Vocinglero, acelerado, gestualmente arrojado? Jamás. Y, sin embargo, aunque nunca lo parezca, se la juega la mayoría de las tardes aunque con cara de no estar jugándose nada, mientras él, claro está, lo sufre cada vez más por dentro y hasta se lo comenta a sus íntimos. Pero en la plaza y ante los toros, por difíciles que sean, no se le nota nunca el temor ni el más mínimo esfuerzo o, si a caso, algo porque suda más que en su juventud - ya no es en niño - o se le van las manos para atusarse los cabellos que ya le van faltando.
Una tarde en Las Ventas, le comenté a Javier Villán – me habían dado un abono junto al gran escritor y compañero – que se fijara en cómo Ponce estaba toreando un torazo inconveniente para cualquiera bajo la galerna vocinglera de sus pertinaces detractores, como si lo estuviera haciendo tranquilamente, ajeno por completo a la galerna, vestido de chaquet, en el salón de un palacio y que pasarían muchos años hasta ver a alguien hacer lo mismo en un ambiente tan hostil. Y Villán, no solo se dio cuenta, sino que al día siguiente, lo contó en su crónica por lo que le di las gracias.
Este año era muy difícil para Ponce, como también para El Juli. El ambiente generado por los medios - intolerable el relativo abandono de muchos críticos, otrora pendientes de ambos y este año francamente tibios cuando no olvidadizos –, propició que no quisieran saber nada de ninguno de los dos. También muchas empresas, aunque les dieron lo que les correspondía, prestaron más interés y atención en dar toda clase de facilidades y a obedecer los caprichos del que, momentáneamente, creían les iba a llenar las arcas de dinero – el consabido día a día de los taurinos que parecen no acordarsenunca de lo que han ganado antes con ellos y seguro que seguirán ganando después de que el agraciado decida abandonar otra vez el barco – sin tener en cuenta lo mucho – todo – que la Fiesta les debe por haberla sostenido sin un solo fallo. Uno durante casi veinte años, otro durante diez y todos seguidos. Y, sin embargo, muchos se atreven a quejarse de que ya no llevan tanta gente a los tendidos. ¿A cuantos llevarían los que tanto presumen de agotar las entradas, si llevaran toreando sin cansarse los años de Ponce y El Juli en todas partes y dejándose televisar siempre que se lo piden?...
Cuando José Tomás se cayó de su corrida de San Sebastián, ¿quien accedió no sin arduos esfuerzos y hasta de rodillas Pablo Chopera para sustituirle? Pues Ponce. No se le cayeron los anillos. Y esa tarde, la anterior a la sustitución, el valenciano hizo la mejor faena de la Semana Grande. Y en la siguiente, cortó una oreja. Más respeto, pues, para este pedazo de profesional y grandioso además de inagotable torero.
A El Juli, por mucho más joven aunque por la precocidad de su caso parezca ya mayor, le queda más cuerda – ley de vida – y tendrá que pasarlas cada año más moradas. Esperamos y deseamos fervientemente que lo resista y logre responder como suele. Uno se acordará mucho del otro y viceversa. Ambos se reconocen y admiran porque, además, no son de los que en plazas de menor compromiso dejan se ser quienes son. Vestidos de luces, les importa un comino quien haya en las plazas y la categoría del recinto para darse por entero y hasta para cuajar obras memorables que solo trascienden en el boca a boca de los que les ven. Maestros consumados. Hombres de bien. Sencillos como los Reyes a sabiendas de que lo son y no necesitan presumir de nada ante nadie. Los son y punto aunque, por más vistos que ningunos otros, digan algunos que están desgastados cuando siguen siendo imprescindibles. Será por lo mucho que todos, empresas, compañeros, ganaderos, periodistas, aficionados hemos abusado de ambos. Que Dios les bendiga.