|
|
19.11.2008
Los reglamentos taurinos jamás deben redactarse ni modificarse de espaldas a los que más incumbe
Ni contra el sentido común que en esto de las incesantes normativas parece que los fabrican al revés o en contra de las preferencias del público, que es lo que debe dominar en la lidia y en su incierto devenir, siempre dependiente de las variadísimas condiciones morfológicas, físicas y tantas veces cambiantes por lo que se refiere al comportamiento de las reses, en función de las cuales, la lidia se lleva a cabo con mayor o menor acierto, lo que depara el éxito o el fracaso de los actuantes que son premiados con ovaciones o castigados con pitos según acontezca. Lo que, además, conlleva el resultado final de cada festejo en estricta justicia democrática, por encima incluso del corte o no de orejas, demasiadas veces dependientes del criterio de una sola persona, frustrando el de la mayor parte de los espectadores, aunque a la postre, no pasa d ser una jugarreta intrascendente a largo plazo porque, lo que queda en la memoria, es lo hecho ante el toro y no las broncas a los que pretendieron usurpar la emoción colectiva de la mayoría que, además, es la que paga y la que sostiene el espectáculo.
Una cosa es reglamentar cuanto afecta a la organización más correcta del espectáculo, a los tiempos y al orden de la lidia, y otra pretender reglamentar su desarrollo que en absoluto puede ajustarse a los caprichos de gentes que no se ponen delante o, como mucho, lo intentaron fracasando en su propósito. Las teorías utópicas y, no digamos, las imposiciones a rajatabla de supuestas autoridades en la materia taurómaca, terminan por degenerar, no aplicarse por ineficaces o por absoluta impracticabilidad.
La proliferación de reglamentos que, curiosamente, corre pareja a los afanes dictatoriales de los nacionalismos de cualquier índole – unos, como los catalanes, que de plano proponen el fin de la corridas de toros, y otros en su intento de apropiarse de una Fiesta que es de todos los españoles, tal y como también legislan sobre la propiedad de los ríos - podría llevarnos a una gran confusión e incluso a la posible desaparición del espectáculo en algunos sitios. En Cataluña solo se han celebrado este año 16 corridas y todas en Barcelona. Es lógico, por tanto, que los profesionales del toreo reciban con recelo tantas reformas reglamentarias en cada región autonómica y más que, ante las caprichosas e inconsecuentes barbaridades cuando no estupideces del que se pretende aplicar en las plazas del País Vasco, se nieguen a aceptarlo hasta el punto de no querer actuar en sus plazas si se promulga.
La imparable catarata que querer cambiarlo todo, también está llegando a los toros desde los distintos poderes políticos que, nadie lo dude, pueden terminar arruinando a España y, por ende, también lo que nos afecta taurinamente, la manifestación cultural que, se quiera o no, es la más nos distingue.
De todas las modificaciones que introduce el nuevo Reglamento Vasco, con la única que podríamos estar de acuerdo, es la que habla de la reducción del tamaño de la puya y de aligerar el peso del caballo y de los petos. Sobre todo esto último convendría discutirlo en serio porque lo que más perjudica a los toros en la suerte de varas es el descomunal golpetazo que se pegan contra ese “muro” prácticamente inamovible que conforman el gigantesco equino revestido por un peto que también pesa una barbaridad.
Pero hay cosas que son meros caprichos, casi todos en pos de otorgar a los presidentes de las corridas una potestad tan general como claramente desproporcionada respecto a la que la ostentan de facto, los toreros. ¿Qué se juegan los presidentes? A lo sumo ser destituidos de su cargo, lo que casi nunca ocurre. ¿Qué los toreros? Hasta su propia vida y todo lo demás como protagonistas principales. ¿Qué los ganaderos? Su prestigio y cuanto les cuenta lograr que sus toros embistan y se presten al mayor lucimiento posible. ¿Y los empresarios? Lo que invierten en la organización del espectáculo. Muchísimo dinero.
Ante los progresivos intentos de los políticos en intervenir y disponer lo que les venga en gana en el único espectáculo que todavía mandan, por lo visto sin tope ni recato alguno – es increíble que el mundo taurino no se emancipe de una vez por todas – y que cuando llegan las ferias utilizan para darse pote desde los burladeros de los callejones que, por supuesto, no van a dejar de utilizar mientras ahora se les ha ocurrido prohibir a los apoderados que ocupen el lugar que siempre les correspondió, lo más cerca posible de sus mentores mientras duran las corridas, no es de extrañar que la profesión se revele ante las propuestas que han dictado, pasando por alto todo lo que aportaron a la reforma reglamentaria, lo que les pidieron para exclusivamente salir del paso. En la redacción del nuevo Reglamento Vasco, ni una.
Hay reformas inaceptables como la prohibir a los menores de 16 años asistir a los toros si no van acompañados de una persona mayor, o la ya aludida de prohibir a los apoderados de los toreros que puedan estar en el callejón. Como también que los toreros y sus representantes no puedan estar presentes ni opinar en los reconocimientos de reses con defectos en sus cornamentas ni en su posible remedio como es quitar las esquirlas de los astillados, o esa de retirar las reses sospechosas de estar toreadas. O como la disposición que termina con la tradicional elección de los caballos de picar por orden de antigüedad que ahora se convertiría en sorteo. Y que los cambios de tercio se produzcan por exclusiva decisión de los presidentes sin tener en cuenta la indicación de los que luego tendrán que enfrentarse a las reses bajo su entera responsabilidad y ninguna del que lo dispone desde un palco.
Para qué hablar del sempiterno asunto tantas veces conflictivo sin necesidad sobre la concesión de trofeos. En unas plazas, dos orejas – una y una bastan – para poder salir a hombros. En otras, dos al menos de un mismo toro. Tal en todas las de primera y ahora también de segunda en el País Vasco. Las tres como mínimo en Sevilla para poder abrir la Puerta del Príncipe, honor últimamente inmerecido aunque logrado por muchos cuando no escatimado injustamente a otros, aunque esto sea lo de menos como lo siempre quedó demostrado por tantos toreros que a lo largo de la historia dejaron escritas páginas imborrables sin haber cortado una sola oreja en la plaza de la Maestranza. Respecto a esto – ya lo he dicho varias veces – lo mejor sería terminar con la concesión de orejas y que los triunfos se contabilizaran con ovaciones, vueltas al ruedo y, quienes sean merecedores de dar dos o tres, será porque así lo ha querido el público.
Pero, entre tanto cambio, hay algunas que son el colmo. Esa de que cuando se caiga un tercer espada de un cartel, éste se convierta automáticamente en mano a mano sin garantía de negociar compensación económica alguna. Y otra aún más grave: La potestad presidencial de obligar a cualquier torero que no siga actuando si así lo estima el señor del palco – ahora también algunas señoras – cuando crea que no está capacitado para ejercer su cometido tras un reconocimiento médico sobre la marcha. Y esto, ¿cómo se detecta o se mide en plena lidia?, ¿así como así…?. Todo esto está bien como está. Si un torero resulta herido, lo llevan a la enfermería y, si quiere volver al ruedo, sale y punto. ¿O es que también queremos terminar con las heroicidades?
¿A quienes se les han ocurridos estas modificaciones? Que las firmen con sus nombres y apellidos sin refugiarse en la acostumbrada “comisión” y den la cara. En fin…
Bastaría volver con ligeros retoques al “antediluviano” aunque más coherente reglamento del siglo XVII y que se aplicara por igual en todas las plazas del mundo. Las reglas del futbol son exactamente iguales en todos los países donde prima el espectáculo más universalmente admitido, valorado y dominante entre los deportivos.
Queda el foro abierto a toda clase de opiniones entre las que también cabría suponer que, en el fondo, hasta habrá quienes pretendan que la Fiesta sucumba con tantos enredos. Cada día me acuerdo más de lo que hace tiempo me contestó Paco Ojeda cuando en una entrevista que le hice tras sus primeros grandes triunfos en la plaza de Las Ventas de Madrid, le pregunté por cómo influía en él el Reglamento. “En nada - me contestó -, el Reglamento es una cosa que solo les sirve a los que no entienden de toros”. No podíamos imaginar entonces, ni Paco Ojeda ni yo, que venticinco años más tarde habría un Reglamento distinto por cada Comunidad Autónoma. ¿Es que estamos todos locos o qué?
|
|


|