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10.03.2009
Francisco Rivera Ordóñez: Torero por encima de todo
Publicado en El Correo de Andalucía
Antes de nacer ya era portada de una revista, de esas del corazón. Una pieza involuntaria del escaparate fatuo del colorín al que, sin remisión, parecía encaminada y predestinada su vida. Le habían parido con la mayor confluencia de sangres toreras, con las más aristocráticas reatas de matadores aunque, con apenas 10 años, un toro partió por la mitad a su padre en aquella tarde trágica de Pozoblanco para, paradójicamente, sentenciar su íntima vocación torera. Seguramente sólo él tenía entonces la absoluta certeza de la verdad de su decisión.
Fue su abuelo, el gran Antonio Ordóñez, el primer forjador de la personalidad taurina de Francisco, que eligió la atávica Ronda de sus ancestros para debutar en público vestido de celeste y plata, liado con un capote de paseo blanco y oro que había pertenecido a su padre. Entonces no podía imaginar – ni remotamente – que acabaría toreando un millar de corridas de toros a lo largo de más de tres lustros de profesión; que sería el empresario de esa plaza bicentenaria que pisaba por primera vez vestido de luces; que le daría la alternativa a su hermano Cayetano; que acabaría siendo distinguido con esa polémica Medalla de Oro de las Bellas Artes que ha terminado por provocar la devolución de la preciada condecoración por parte de Paco Camino y José Tomás en un gesto de muy difícil comprensión. Precisamente, la lista de esas medallas concedidas a los matadores de toros la había estrenado, en 1996, su propio abuelo, paradigma de clasicismo; espejo de la torería contemporánea.
Ronda es el principio y el fin de la dinastía Ordóñez. Una sangre que iría injertando sucesivamente en las ramas de los Dominguín y los Rivera. El Niño de la Palma, bisabuelo de Francisco; Luis Miguel, Antonio Ordóñez, Paquirri, las ramas más nobles de un tronco ancho, una herencia pesada y exigente para un torero bisoño que tuvo que superar el escepticismo de todos los que creían que su determinación de convertirse en matador de toros era sólo una ventolera pasajera. Llenó la Maestranza de novillero pero la definitiva consagración llegó el día de su alternativa abrileña de la mano de Espartaco, que ese día cayó gravísimamente herido. Aquella misma tarde, Francisco se hizo figura del toreo, refrendando su estrellato muy pocos días después en la misma Maestranza ante un toro de Sánchez Ibargüen al que cortó las dos orejas.
Posteriormente vinieron aquellas dos o tres vueltas a España dejándose matar en todas las plazas, con todos los toros, demostrando que el valor todo lo puede. Sólo un año después, en las barbas de los cónsules Joselito y Ponce, en la famosa corrida de los quites del San Isidro de 1996, ya se había convertido en el tercero de los “tres tenores” que llenaron las ferias de la segunda mitad de los años 90. Rivera se había encaramado a la primera fila del toreo.
Después llegaría el largo bache, el acoso de los medios rosas y la creación de un personaje televisivo que le hizo tender tantas barreras: un matrimonio malogrado y dos ausencias familiares en medio de una travesía del desierto que sólo pudo suplir con la raza de los de su casta y el apoyo de hombres providenciales como Pepe Luis Segura, un apoderado especializado en reforjar toreros en trances difíciles que le devolvió la confianza. Pero en medio siempre estaba Ronda, fuente a la que había que volver una y otra vez en busca de su mejor identidad. El fallecimiento de Antonio Ordóñez puso en sus manos la organización empresarial de la lujosa Corrida Goyesca de la que, retomando la mejor herencia de su abuelo, se convirtió en alma y motor perpetuando y alentando el peregrinaje de los aficionados desde todos los caminos del toreo.
Precisamente, en la Goyesca de 2006 se iba a producir una de sus mayores satisfacciones al darle la alternativa a su hermano Cayetano en un mano a mano histórico que desbordó toda la expectación. La dinastía encontraba un nuevo eslabón que animaba al propio Francisco para permanecer en la brecha cuando empezaba a acariciar la idea de colgar los trajes de luces.
Pero la guerra del toreo proseguía. El diestro, ya veterano y a vueltas de muchas guerras, había renacido al oficio del que nunca se marchó dentro de ese cartel de matadores mediáticos que se ha trocado en la salvación de tantas empresas de las rutas del toro. Convertido en un personaje popular, con una vida involuntariamente contada en las páginas de papel couché, Francisco encara un tramo feliz en su faceta de empresario floreciente, apurando sus últimos años como matador de toros y sabiéndose la nueva cabeza de su dinastía. Pero esta historia había comenzado mucho antes, hace un siglo de toros, cuando el primer Ordóñez se puso delante de un toro bravo.
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