Los aficionados y, aún más, los abonados - muchos de ellos extranjeros - están hartos de tantas suspensiones en la Maestranza. El de ayer fue el cuarto de este año y, además, cuando menos lo creyó la gente porque había salido el sol, no llovía desde una hora y media, y los toreros salieron al ruedo para inspeccionarlo. Poquito después, aparecieron algunos banderilleros y pusieron esa cara que ponen los de plata cuando no están conformes. Total, que pese a lo que luego decía una pizarra que se suspendía por "unanimidad de los espadas", no fue exactamente la verdad.
En la pésima corrida que echó Zalduendo, sucedió que, al brindar Enrique Ponce el cuarto toro al público, hizo gestos inequívocos aunque no explícitos de decir adiós. Al menos de esta plaza, como antes ya lo había anunciado en Madrid y en Pamplona. La gran ovación con que el público del coso cubierto de La Ribera - ayer casi lleno - le obligó a recibir desde los medios, así la entendimos todos, como supongo que también el gran torero porque a despedida sonó. Con su sosísimo primer toro, Ponce anduvo como en uno de esos tentaderos sin importancia al que te invitan y sales por puro compromiso. Pulcro y sin apreturas para cubrir limpiamente el expediente. Y con el muy grande y agresivo cuarto, finalmente manejable aunque también sosísimo, bastante más animado aunque sin pisar el acelerador a fondo en un elegante y dibujado trasteo que culminó con una estocada trasera hasta las cintas y un descabello al que siguió el silencio y, tras un par de minutos, la intencionada ovación que fue la única que se escuchó en toda la desdichada tarde. El Juli, por su parte, quiso sin querer del todo con el algo más brioso segundo al que arregló técnicamente, fallando a espadas. Y con el horrible quinto, que fue el peor de los seis por su endemoniado genio, el “mariscal” presentó su rendición sin ningún disimulo. Diego Urdiales no echó todo el carbón que, en su caso, hubo que derrochar sin miramiento alguno con el tercero, más nervioso que otra cosa. Y con el sexto, el que más se movió, cuando estaba a punto de contentar por fin a sus paisanos, porque con éste sí que expuso, el toro se rajó huyendo de su propia sombra, impidiéndo redondear lo que el riojano buscó con desesperado ahínco y no encontró.
Fue el quinto, lidiado como sobrero, tan alto y engallado como fea y agresivamente armado, y el más impresionante además de difícil de los que compusieron una decepcionante corrida de El Ventorrillo en la que los seis resultaron desrazados, flojos, distraidísimos cuando no desparramadores de la vista, y sin apenas viajes aprovechables. Miguel Ángel Perera, más dueño de sí mismo que nunca y con ello está dicho todo en esta temporada de su consagración como figura imprescindible, consumó así una feria tan repleta de triunfos, afrontando con todas las consecuencias la casi imposible situación en su tercera comparecencia a la que llegó requerido por la empresa para sustituir a uno de dos los anunciados que se habían caído del cartel. Pero la mala suerte no fue óbice para que desplegara su serenísimo valor y esa inteligencia que define a los valientes de verdad para, aunándolas a su incuestionable destreza y proverbial sentido del temple, lograr un trasteo de inverosímil poderío y final donosura al natural que cerró con una ejemplar estocada. Faena para el recuerdo y digna de pasar a los anales. También con el segundo estuvo muy por encima de sus pésimas condiciones pero la sosa y sorda peligrosidad del toro no trascendieron. Morante de la Puebla apenas pudo apuntar enrevesados y ligeros retazos de su arte con un deslucido lote que pasaportó enseguida. Y Daniel Luque, asimismo sustituto, al menos pudo dejarnos un espléndido racimo de muy personales verónicas en el recibo del tercero que al principio pareció ser el toro salvador de la corrida. Quiso mucho y pudo poco en su todavía lógico verdor profesional.
Cortó tres orejas y, por fin, salió a hombros tras cuajar una importante faena al nada fácil por bravo sin apenas castigar en el cabello tercer toro de Fuente Ymbro, y las dos del sexto que fue el mejor de la corrida – fue premiado con la vuelta al ruedo y no indaltado porque, una señal del propio ganadero le pimpidió - como quedó patente gracias al sensacional y redondísimo trasteo que llevó a cabo el extremeño. El Juli también cortó la oreja de buen ejemplar que abrió este festejo que empezó bien y terminó por todo lo alto tras mediar desastrosamente en gran parte por culpa de un arbitrario presidente que devolvió al segundo por lastimarse al salir de un lance del quite que le hizo Perera, provocando el enojo de El Cid y de sus gentes por tener que vérselas después con un sobrero bastante peor de la misma ganadería. Luego, el mismo presidente, se negó cerrilmente a devolver al cuarto tras romperse una mano en situación parecida a la anterior, arbitrariedad que indignó al público, mientras El Juli tuvo que limitarse a matarlo por su absoluta inutilidad. El Cid, que se llevó lo peor de la corrida y ayer no pareció ni su sombra, resultó cogido y feamente revolcado aunque afortunadamente sin consecuencias por el quinto que mostró notables dificultades por manso y rajadísimo.
Francamente bien ayer Miguel Ángel Perera en la magníficamente presentada, astifina y noble aunque blanda y, por ello, progresivamente remisa corrida de Garci Grande. Cortó una oreja de cada toro tras dos valentísimas faenas en las que les sacó más de lo que tenían mientras la presidencia estaba más pendiente de los minutos transcurridos que del enorme mérito del extremeño que, además, mató con pronta efectividad. La contabilidad reglamentaria regional le privó de salir a hombros por no sumar dos de un mismo toro y, como a Pablo Hermoso de Mendoza se las dieron por partida doble del cuarto con el que anduvo espectacular aunque muy para la galería y abusó del horroroso efectismo de agarrarse a los romos pitones de su oponente, un nobilísimo y afeitadísimo ejemplar de Bohórquez, la diferencia de trato dada la enorme distancia que separa el toreo a caballo del de a pie en autenticidad y riesgo, le permitió la triunfal salida de la plaza, casi llena de un público más circense que otra cosa. Con decir que a Eduardo Gallo le pidieron la oreja del tercero pese a lo muy por bajo que anduvo en una sucesión de monótonos circulares invertidos y un bajísimo espadazo, está dicho todo. Y es que los días que hay caballitos, el ambiente queda trastocado. Por eso no me gustan las corridas mixtas por muy buenas entradas que provoquen.
Ya se había desatado antes del acontecimiento con un ambiente tan excepcional – la plaza estaba prácticamente llena – como rabiosamente incondicional con el de Galapagar al que se le jaleó todo, como casi siempre: lo vulgar – como lo fue su primera faena por la que cortó una oreja con petición de otra pese al bajonazo con que mató -, lo bueno, lo malo, lo regular, lo limpio, lo sucio y, para qué decir, lo excepcional que fue cómo toreó con la mano derecha al quinto de la tarde. Sencillamente cumbre por redondos, dentro de una larguísima faena que inició en los medios con firmísimos estatuarios y terminó peor al prorrogarla por enganchados naturales, más pases con la derecha a pies juntos y sus inevitables manoletinas. Todo ello, muy pausado, exageradamente estudiado y paseado con excelentísimos e intercalados remates, tanto los de pecho como las trincheras, los pases de la firma y los cambios de mano. Una gran faena en su conjunto hasta convertir en un manicomio La Monumental.
Los dos madrileños salieron a hombros y, contra todo pronóstico, a pie el extremeño que se llevó el peor lote – dos reses absolutamente enclenques -de la por lo demás muy noble aunque floja corrida de Zalduendo que echó dos toros de gran clase. Con el que hizo de cuarto, El Fundi llevó a cabo una suavísima y elegante faena de exquisito gusto cortando dos orejas. Jamás le habíamos visto torear tan relajado e inspirado. Y con el quinto, El Juli, que ya había cortado una oreja del segundo, armó la mundial con un antológico faenón por naturales cortando otras dos. Crecido hasta el infinito de sus enormes posibilidades toreras y con la moral altísima a raíz de su histórica tarde con seis toros del día anterior en Nimes, la verdad es que puso boca abajo la Monumental. Muy buen ambiente en la plaza que mostró bastante nutridos aunque no llenos los tendidos bajos y muy poco público en las localidades altas. Una pena. Si los que hoy – según se dice - llenarán el coso barcelonés y solamente acuden a las taquillas cuando torea su ídolo a pesar de la presencia de una máxima figura y del supercampeón de la temporada como ayer, poca o muy mala afición es la que tienen y el fenómeno mediático que lo provoca solo le sirve al interesado. Muy poco a la Fiesta.
Si el público y la presidencia hubieran sido coherentes a la hora de pedir y conceder orejas – se cortaron siete y los tres matadores salieron a hombros -, el único que debería haber triunfado sin discusión de ninguna clase y traspasar la Puerta Grande fue el extremeño que ayer volvió a ponerse a todos por montera con dos sensacionales e irreprochables faenas en las que estuvo incluso por encima de los dos buenos toros que le correspondieron aunque el quinto se apagó al final. El Juli hizo un soberbio y muy enrazado esfuerzo en su empeño por triunfar con el lote menos propicio, pero no logró redondear sus meritísimos trasteos, cortando un segundo trofeo del cuarto con el que anduvo en figurón del toreo pese a matarlo de pinchazo y estocada baja por lo que no debió salir a hombros. Como aún menos Eduardo Gallo a quien le regalaron la oreja del tercero, el más bravo de la estupenda corrida de los Matilla, con el que anduvo por bajo de sus extraordinarias condiciones. Mejor anduvo el salmantino con el último en una faena de creciente enjundia aunque demasiado imitativa de las de Perera, incluso con arrimón final, tras mostrarse lucido y variado con el capote. La oreja que le dieron de éste último tuvo bastante más peso que la que cortó antes por lo que también pudo salir a hombros inmerecidamente. Menos mal que el mayoral de la ganadería acompañó a los tres matadores en justa correspondencia a la estupenda corrida que propició el general éxito del festejo.
¡Salamanca¡. Vuelvo, después de un año ausente, a la ciudad avellana y plata que se pone dorada en el atardecer. ¡Qué serena belleza¡ ¡Qué hermosa solemnidad¡ ¡Cuánta templanza¡ y…. ¡qué pena que ya no exista el Gran Hotel¡. Pero bueno, ayer me satisfizo regresar. Como también a La Plaza de la Glorieta que desde hace años se llama de Santiago Martín El Viti. Saludos, maestro. Al tal señor, tal honor.
Casi nada de particular ni emocionante sucedió con los dos primeros toros de Valdefresno salvo El Fandi en su fácil y espectacular tercio de banderillas y su templado torear con la muleta frente a la débil y noble sosería de su oponente. Pero nada más disponerse Javier Valverde a iniciar su faena de muleta al tercero sin la debida precaución, el animal se fue como un disparo al pecho del salmantino y le propinó un repentino y tremendo volteretón del que, no solo salió milagrosamente ileso, sino arrancado y valentísimo hasta cuajarle una estimabilísima faena sobre la mano derecha que cerró con buena estocada, consiguiendo una oreja de ley. Dos podría haber cortado El Cid del mejor toro de la corrida, el cuarto, pero lo atravesada de la espada lo impidió aunque tampoco la plaza, sobre todo los tendidos sombríos y supuestamente más entendidos, recibieron con el debido calor la solemnísima gran faena del sevillano, una de las mejores de esta feria y, desde luego, bastante más redonda, mejor estructurada y mucho más templada que las de José Tomás del día anterior. Así estaba el ambiente: Raro, raro, raro tras el paso por Salamanca del mito y, desde luego, injusto por término de comparación, aunque después de que El Fandi naufragara con el más violento y deslucido quinto pese a su tesón, a Valverde le bastó querer mucho y matar bien al manso sexto para que le entregaran otra oreja meritoria aunque localista y no del mismo peso que la que ya había logrado, lo que le permitió salir a hombros.
Sin el apoyo de sus miles de incondicionales que abarrotaron la plaza como suelen cada vez que actúa el de Galapagar, a cualquier otra figura no le habrían dado la oreja del anovillado tercer toro con el que anduvo tan acelerado y corrientito como un cualquiera aunque antes le hizo un muy firme quite por desgalvadas gaoneras y lo mató bien. Y otra oreja del bastante más serio quinto pese a pinchar dos veces antes de agarrar un espadazo ladeado tras una larguísima labor en la que hubo de todo. Sobremanera al natural que fue por donde más y mejor terminó embistiendo el de El Pilar: una primera gran tanda por valientes y tragados naturales, varios más de trazo desigual e impreciso templar con muchos muletazos enganchados, breve por vulgares derechazos, de nuevo dos muy buenos de otros cuatro pases con la izquierda, y, por fin, otra tanda realmente sensacional e intensa al natural que fue lo que, lógicamente, más pasión y algarabía desató y nos puso a todos de acuerdo. Si hubiera matado a este toro como al primero, seguro que se le habrían concedido dos orejas. Pero como la mayoría del público quiso por encima de todo que saliera a hombros, así lo hizo Tomás en medio del rendido y entusiasmado clamor de sus idólatras. A este respiro triunfal del mito le acompañaron un muy solvente Fundi quien poco pudo hacer con el por todo mínimo segundo toro, y cortó una merecida oreja del cuarto tras meterlo con sobrada habilidad y oficio en su muleta después de que sus peones y propio matador cubrieran desconcertados los dos primeros tercios por lo mucho que éste animal se cruzó, apretó para dentro con incontrolables arreones y persiguió a los toreros que fueron desarmados varias veces. Antes y después de los ya referidos y premiados eventos, asistimos a la alternativa del novillero local Alberto Revesado que, tanto con el manejable torito de su doctorado como con el también posible y más aparente sexto, quedó visto para fatal sentencia.
Pan comido el nuevo zambombazo de ayer en Salamanca porque, tal y cómo anda en cada plaza y en cada feria donde comparece, competir con un bochornoso e incapaz Julio Aparicio y con un Morante sin apenas opciones frente a dos toros muy a contra estilo – me refiero al del gran artista de la Puebla que solo pudo sembrarse en cinco excelsas verónicas y media en el recibo del quinto, claro, porque a Perera le da igual ocho que ochenta -, a nadie pudo extrañar que el extremeño se llevara la tarde de calle como suele, incluso cual lo consigue casi siempre alternando con las más encopetadas figuras del momento y sobre todo con quien aquí llega hoy mismo y tiene ya contra las cuerdas.
Bien presentada como casi todas las de esta feria pero mala y con dos toros devueltos por su flojera – tercero y cuarto - que fueron sustituidos respectivamente por otro del hierro titular peor que el rechazado y por un segundo sobrero muy serio, manso y violento de Moisés Fraile que fue al que El Fandi le cortó la oreja aunque más por su encomiable y pundonorosa labor de conjunto que por merecida ya que lo mató en un bajonazo. Dejando aparte la doble actuación del granadino, muy templado con el capote y brillante como siempre en banderillas - perdió otro trofeo por tener que descabellar al su anterior oponente - el festejo resultó francamente aburrido y desalentador. Julio Aparicio no quiso ni ver a su primer toro por lo que escuchó una bronca; solo se estiró en cuatro lances conel cuarto antes de que lo devolvieran; y con el sobrero hizo que quería con lo que evitó que le abroncaran otra vez. Alejandro Talavante, por su parte, pasó sin pena ni gloria tras dos actuaciones tal y como suele, firme pero deslavazado en el empeño que puso frente a sus dos deslucidos oponentes.
Clamoroso remate ferial del ya imparable, inalcanzable e inaccesible Miguel Ángel Perera con dos toros de opuesta condición. Complicado por inciertamente noble el tercero de la bien presentada aunque en líneas generales mansa corrida de El Puerto que incluso le cogió en plena faena de muleta sin que el percance, por pura fortuna sin consecuencias, le amilanara lo más mínimo en su ejemplar empeño por cuajarlo contra viento y marea como fuera y como fuese. Y sencillamente colosal aunque algo excesivo de metraje con el magnífico sexto al que le debieron dar la vuelta al ruedo y que fue, con mucho, el mejor del envió salmantino. Los tres espadas actuantes anduvieron muy por encima de sus respectivos oponentes. Así El Juli, como acostumbra, muy solvente con el lote más incómodo en conjunto aunque falló estrepitosamente con los aceros en el cuarto, perdiendo una posible oreja tras su lucido y variado lancear y una faena con más fondo que formas. Y, en medio, José María Manzanares quien, muy paciente, seguro, serenamente valiente y sabio supo sacar todo del peor de la tarde, el segundo. Y con el más suave quinto volvió a desmostar que es el torero con más clase y, posiblemente, con más largo futuro de cuantos hoy pululan por el firmamento taurino, cortando una oreja que supo a poco dadas las acobardadas condiciones del animal tras estrellarse dos veces contra las tablas.
No fue su día ni pudo serlo con el lote increíblemente más terciado y, a la postre, el más deslucido de la por todo desigualísima corrida de El Pilar, diezmada con un sobrero de La Palmosilla que, aún sin ser fácil, propició la esperada e inapelable victoria de Miguel Ángel Perera sobre un más que prudente, vulgar y en parte impotente José Tomás, ya más muerto que vivo en el tramo final de su muy corta y entrecortada campaña. Pero en el marcador de trofeos no hubo goleada. El extremeño cortó dos orejas a ley de su primer toro, Tomás una de regalo al segundo y Manolo Sánchez otra también benévola del cuarto. El vallisoletano fue el más afortunado con dos toros francamente bravos, nobles y tan repetidores, que no le cupo más remedio que amontonar sin solución de continuidad las intensas tandas que ligó precipitadamente y un tanto monótonas, fallando con la espada en el que abrió plaza por lo que perdió otro trofeo. El buen estilo de Manolo, sin embargo, quedó patente, sobre todo en una gran tanda por naturales en el cuarto. La primera faena de José Tomás frente a la “chiva” que le soltaron fue un sinfín de pases deslavazados y muchos enganchados, en él insólita pérdida de pasos entre pases, y tan solo firmeza al final ante el ya agotado animal con dos cortos ramilletes a pies juntos y sus inevitables manoletinas, lo que añadido a la buena estocada con que mató, fue suficiente para que sus miles de incondicionales pidieran una oreja que la presidencia no tuvo más remedio que conceder. Ni remotamente se la hubieran pedido y menos dado a ninguna otra figura por hacer lo mismo. Con el mal quinto, el de Galapagar dio muy mala sensación al vérsele tan falto de ideas como incapaz de meterle mano porque, fue evidente que no quiso, o no se atrevió, y quizá fue que ya no puede jugarse un solo alamar. Como cualquier mortal. Miguel Ángel Perera volvió a repetir con más contundencia si cabe respecto a lo que en sus muchas tardes triunfales le está conduciendo a la cumbre: torear tanto de capa como de muleta mucho más quieto, infinitamente más cerca, abrumadoramente más seguro, incuestionablemente dominador y, desde luego, mucho más templado que su contrincante. Con las supuestas mismas armas, la diferencia entre uno y otro ayer, fue abismal. Y con el sexto, tan malo o peor que el segundo de Tomás, otra prueba de su valiente actitud en cualquier situación aunque falló con los aceros, un tanto molesto por el vendaval que se desató en ese momento.