Durante la brillante recepción y la cena de gala en honor de El Fandi que tuvo lugar ayer noche en el Manhattan Penthouse, sede principal del New York City Club Taurino, se dio lectura como primicia de la excelente crítica que hoy aparece en el prestigiosísimo diario New York Times sobre el documental The Matador
Prosigue la estancia en New York de El Fandi y sus acompañantes. Esta mañana, el matador y su hermano Juan Álvaro han ido a recoger los dorsales para correr el Maratón más largo del mundo, lo que harán junto a miles de personas el próximo domingo día 2. El sábado, correremos todos en otro más pequeño y festivo. Una broma comparado con el grande que recorre varios condados de la enorme ciudad. Pero ayer hubo otro recorrido.
Muchos lectores comunicantes, muestran repetidos deseos de saber qué está haciendo El Fandi en su primera visita a la ciudad de New York en donde el próximo día 31 se estrenará el documental The Matador sobre su vida normal y sus hazañas en los ruedos. Para complacerles, les traemos aquí, aunque con brevedad, el devenir del torero granadino en la Gran Manzana.
Salió a hombros junto a El Fandi tras cortar ambos dos orejas a sus respectivos primeros toros de una corrida de Juan Pedro Domecq en la que hubo de todo y más bueno que malo. La extrema generosidad del público y de la presidencia con los toreros, sobre todo con los dos más premiados, y de los tres en su empeño por triunfar, fue el denominador común del festejo aunque el mal uso de los aceros en sus segundos oponentes por parte de los más favorecidos, impidió que aumentara y hasta se desbordara la cosecha de trofeos. Con el peor lote, El Juli solo pudo cortar la oreja del cuarto armándose la marimorena contra el palco por no darle la segunda dado el mérito de cuanto hizo y la categoría de su estocada. Pero tanto el siempre magistral madrileño como el imparable y espectacular granadino y, sobre todo, el extremeño, que llevó a cabo las dos mejores faenas de la tarde con los toros más proclives, anduvieron sobrados según sus respectivos estilos y modos de hacer.
Así cerró su costosa temporada el torero francés, valentísimo y crecido con dos toros a los que cortó sendas orejas por lo que salió a hombros tras dos faenas sencillamente espléndidas que cuajó en circunstancias climatológicas muy adversas y sobre un piso impracticable. Bien es verdad que su lote fue el más proclive del saldo ganadero que también sufrimos todos, toreros y espectadores. Pero tanto los tres matadores como sus cuadrillas y el público que asimismo aguantó los tremendos chaparrones, echaron para delante una corrida que, de haber sido otros los protagonistas, y hay muchos ejemplos recientes, habría sido suspendida con sobrados motivos. El Cid aprovechó señero lo mejor que tuvo el quinto mientras duró y cortó otra merecida oreja después de pechar con el peor del mediocre envío. Y Ponce se fue de vacío con el lote más deslucido pero entre el respeto y el agradecimiento del público que apreció su gesto de no negarse a torear, como asimismo El Cid, la última corrida de su temporada sin que le importara lo más mínimo tenerlo que hacer con riesgos añadidos por cómo se presentó la tarde, para mesa camilla con brasero y chocolate con churros después de tomar una ducha muy caliente.
Solo un poco le valió el primero de los seis, el de Daniel Ruiz Yagüe aunque, por pasarse de faena – la única relativamente completa del gran artista – , costó mucho que cuadrara para entrarlo a matar y, desde ese mismo momento, la encerrona fue un enredoso y cada vez más penoso calvario, pese a que no faltaron detalles marca de la casa sin que estallara nada por lo grande y, aún menos, por lo sublime. Algunas verónicas y medias de remate, tal o cual tanda con la derecha, algún natural, varios de pecho, ayudados por alto o por bajo de trazo muy añejo, y ciertos chispazos que ilusionaron fugazmente a los espectadores que acudieron demasiado seguros del éxito del torero de La Puebla del Río. Y como no pudo ser, terminaron enfadándose aunque no con escándalo, sobre todo por lo mal que mató a todos sus oponentes. Morante solo escuchó aplausos nutridos tras la lidia del primero, entrecortadas ovaciones y repentinos olés seguidos de inmediatas muestras de desencanto o al revés, breve palmotear por bulerías de sus seguidores para animarle cada vez que tuvieron fe en que la suerte le diera la cara, y la música solo se escuchó durante el paseíllo, entre toro y toro, y cuando el único espada banderilleó al sexto, por cierto con mucha facilidad y elegancia. Pero los almohadillazos y la bronca de algunos al final, no los mereció porque, desde el punto de vista estrictamente profesional, Morante anduvo por encima de sus seis ayer más que nunca febles, descastados, sosos y en todo caso deslucidos enemigos, aunque quepa quejarnos de la imprecisa y, en algunos casos, torpe lidia que recibieron cinco de los seis. De modo que, ni campanas al vuelo ni tampoco negro funeral. Fue una hazaña frustrada de color gris marengo como las nubes que se pasaron jarreando casi todo el día sobre la ciudad en fiestas, finalmente mojadas. Hasta falló la cubierta de la plaza y el ruedo se inundó durante la mañana, por lo que costó Dios y ayuda restaurar el piso. Una funesta premonición que terminó en triste desbandada general. Valga hoy pues esta entradilla y la ficha como remate de mi crónica. No tengo el ánimo para más palabras descriptivas de relato porque yo también acudí a la plaza tan esperanzado como el que más. Domingo Delgado, en su Quite, la completará.
Aunque desde hace años Enrique Ponce está en el olimpo del toreo y ya por encima de guerras o disputas en pos de quien ostenta el trono o lo pierde – el suyo sigue siendo el del emperador que acoge, protege y enseña a reyes y príncipes a la espera de ejercer el mando -, su excepcional faena de ayer en la última gran cita de la temporada que pare él es la undécima como matador de toros sin faltar ejemplarmente a una sola, fue un compendio del toreo eterno y la modélica lección de cómo hacer para seguir siendo el prodigioso versátil de siempre. Yo sé que hay quienes no se enteraron o no quisieron enterarse, lo cual es peor. Pero quien sí se enteró fue el muy mediocre toro que Ponce convirtió en aparentemente excelente, y por supuesto el público que contempló la obra embelesado como pocas veces hayamos visto en la plaza de Zaragoza. Y es que el primero que se embelesó fue este cuarto toro de El Torreón. Pocas veces habremos visto cómo un toro que parecía una hermosa aunque desrazada y desdeñosa novia, se enamoraba de quien, con tanta delicadeza como exquisito y magníficamente administrado trato, le enseñó a embestir incluso por donde empezó sin querer que lo acariciaran. Lo de menos fue que, tras matarlo de una estocada despendida – no baja como ya se ha escrito maliciosamente – ejecutada como mandan los cánones, cortara las dos orejas y abandonara la plaza solemnemente a hombros en medio de la general y, más que admirada, asombrada y respetuosa convicción de los muchos que se quedaron para verlo y disfrutarlo. Lo verdaderamente importante fue ser testigos de cómo este gran señor del toreo aunó la inteligencia y la destreza a la creatividad sin molestar a nadie y menos a su oponente. Que de eso trató la obra maestra y, como consecuencia, la gran obra de arte del valenciano, sin que faltaran instantes de riesgo que el propio torero sufrió al final del largo prodigio por completamente abandonado a su propia creación.
Con una corrida de super lujo por presentación y juego de Núñez del Cuvillo, disfrutamos a placer con el inmenso poderío de El Juli, con un monumental faenón de El Cid, y con una completa además de entregadísima actuación El Fandi que salió a hombros tras cortar tres orejas en su lote, el mejor en conjunto del envío. El madrileño y el sevillano no pudieron acompañarle por desmerecer con los aceros sendas obras, cada cual en su particular registro, realmente magistrales. El Juli perdió una oreja con el descabello del noble aunque feble primer toro y cortó otra valiosísima del manso aunque encastadísimo cuarto. El Cid también cortó otra del extraordinario quinto del que deberían haberle concedido un rabo si no lo hubiera matado tan mal. Y El Fandi se volcó en un derroche de entusiasmo y espectacularidad con sus dos toros – de vacas el sexto que fue premiado con la vuelta al ruedo – y el público tanto o más con el granadino al final de un festejo para el recuerdo.
Aunque ninguno de los dos triunfó, como tampoco Matías Tejela con un lote sin opciones, las dos buenas noticias de la tarde fueron ver, por fin, con tanto sitio como ganas al de Fuenlabrada y, otra vez, más que esperanzador al nuevo valor sevillano que luchó entera y denodadamente con sendas reses muy complicadas, a más ofrecer repetidas pruebas de ser un gran intérprete del toreo a la verónica. Pese a los nulos resultados contables en orejas, la corrida resultó entretenida e interesante para los buenos aficionados.
Un descomunal lote de Penajara que apenas dio juego salvo el quinto toro, contó con otros dos ejemplares absolutamente atípicos por enormes y abueyados que, por hechuras y pelaje, nada tuvieron que ver con los de su procedencia Baltasar Ibán. Fueron el berrendo en colorao segundo y el melocotón sexto que fue devuelto por inválido. En su lugar salió un sobrero jabonero de ¡Jandilla! que, por su gran nobleza, no fue devuelto pese a su debilidad. Con éste se estiró intermitentemente Joselillo. Así como Morenito de Aranda con el manejable quinto. Frascuelo, que fue obligado a saludar tras el paseíllo, dio muy penosa impresión aunque con el primero y en el recibo de capa al cuarto mostró las maneras que le hicieron predilecto de la afición de Madrid.