Con la mejor entrada de este año en la Monumental y la corrida más dignamente presentada de las que aquí llevamos vistas, tuvo lugar el esperado regreso de Enrique Ponce a la plaza que más le adora en el mundo y a fe que el valenciano hizo honor al calurosísimo recibimiento que le tributaron los espectadores cuajando un faenón que, si le hemos llamado incomparable, es porque ahora mismo nadie es capaz de torear con tan acompasado ritmo, acrisolada belleza, ni más despacio a un toro que, a pesar de su nobleza, nadie creyó que podría durar lo mucho que duró por lo débil y renuente que se mostró en los inicios de la obra. Tras matar de una gran estocada, le fueron concedidas con unánime aclamación las dos orejas y el rabo del animal, a su vez injustamente premiado con arrastre lento. Y a partir de ahí, el juez de plaza debió sufrir un grave trastorno mental porque luego premió a Arturo Macías con otro rabo injustificable por una tan valiente como desigual y vulgar faena aunque la cerró con notoria entrega al entrar a matar. El despojo fue ruidosamente protestado hasta el punto de reventar el éxito menor pero legítimo del obsequiado. Pero lo peor fue que los insultos que oyó el juez por su despropósito, terminó pagándolos un muy suelto y capaz Joselito Adame quien, después de haber conseguido la oreja del toro de su confirmación de alternativa, el señor del palco le quitó sin razón la que también mereció del sexto, privándole de salir a hombros junto a sus compañeros.
Hubo que esperar hasta el final para que el atípico y deslucido festejo tuviera contenido y algo a donde agarrarnos, lo que logró el de Badajoz con la gran firmeza y la excepcional capacidad que le caracterizan frente a un toro de Xajay que, la verdad sea dicha, apenas exhibió trapío ni valió casi nada en cuanto a comportamiento por ayuno de casta y progresivamente rajado. Perera, tras pinchar antes de agarrar una estocada, le cortó la única oreja valiosa de la noche porque la otra que cortó Fermín Spínola del mejor toro de los seis que se lidiaron, una rés de San José, fue de purito regalo y paisanaje. La mayor decepción de la nocturna y fría jornada, la sufrimos con el torete de Teófilo Gómez que le correspondió a José María Manzanares quien, otra vez con la suerte de espaldas y aunque dejó pruebas de su técnica y gran clase, volvió a estrellarse frente a lo imposible. De los otros tres matadores, solo se salvó y a medias Jerónimo con el tercer toro – el mejor hecho – de Los Encinos, pero su encomiable y artística labor con el capote se acortó con la muleta por lo poco que duró éste noble animal. Ni Manolo Mejía ni El Zapata pudieron lucirse lo más mínimo con el justito primero de Garfias y con el muy alto y descarado de Barralva que, en cuanto a presencia, se salió del tiesto con sobradas creces, lo que desmereció mucho la presentación el resto del variopinto conjunto ganadero.
Le correspondió el lote más propicio de una terciada – del conjunto destacó por mejor y más completo juego el noble segundo toro – y en general deslucida corrida de Xajay, siendo obsequiado con la oreja de cada uno de sus enemigos – la del cuarto fue de vergonzantes talanqueras – con los que anduvo simplemente entonado y, en cualquier caso, por bajo de sus condiciones. Federico Pizarro, a quien le cupo el lote medio con un primero más que potable, parece que ya no está para estos compromisos toreros y pasó con más pena que gloria. Y a José María Manzanares, el único de la terna que podría haber salvado la aburrida y a la postre deprimente cita, sorteó dos reses de impracticable lucimiento, sobre todo el insignificante e impresentable sexto que no debió pasar el reconocimiento y, para colmo, sacó más peligro aún que el tercero. Una pena porque con cualquiera de los lotes de sus colegas hubiera triunfado y con los dos primeros toros, por todo lo alto.