De la casi vacía mansada de Puerto de San Lorenzo, solamente dos toros, segundo y sexto, dieron mínima oportunidad de lucimiento. Con ambos, Sebastián Castella y, sobre todo, Daniel Luque demostraron tener muchísimo valor, inteligencia y destreza. Pero el único que logró redondear una faena propiamente dicha y, además, importantísima por insólita, eso que ahora dicen “inventada”, fue Luque al sexto. Con ella se reveló como próxima figura del toreo. Por lo demás, la deslucida y en gran parte aburridísima corrida que duró más de tres horas, certificó el desgraciado paso El Cid por esta feria.
Bajo mínimos – ni cuajo, ni apenas trapío, ni fuerza, ni casta, ni por supuesto bravura y con solo un toro posible por muy claro aunque remiso, el tercero – la corrida de Juan Pedro Domecq dio al traste con las expectativas de otro festejo que, si no acabó en escándalo, fue porque la plaza de la Real Maestranza, con sus propietarios a la cabeza, tragan todo lo que les echen. ¿Culpables? Salvo el alternativado Antonio Nazaré, que tendrá que volver a doctorarse en otro escenario más exigente y serio, todos los demás implicados: La empresa, a sabiendas de que aquí seguirán haciendo lo que les venga en gana cada año hasta que mueran los últimos herederos usufructuarios del señor Pagés; el ganadero por fiarse de sus insignificantes productos; las dos figuras actuantes y sus representantes por la responsabilidad que les incumbe como principales protagonistas; la autoridad y los veterinarios por consentirlo; y el público en general por admitirlo sin rechistar lo más mínimo. Que Morante aprovechara la mortecina docilidad de su primer toro al que lanceó maravillosamente a la verónica y del que extrajo una preciosa y demasiado larga aunque apenas ligada faena de muleta hasta el punto de que, si lo hubiera matado pronto y bien, le habrían pedido y concedido una oreja o quien sabe si las dos, no puede justificar un simulacro de espectáculo pese a la alta categoría de los participantes.
Don Julián López, este año con la Maestranza en el bolsillo, volvió a cuajar una faena marca de la casa frente al noble aunque flojo segundo toro, de Daniel Ruiz, sin dejar que empeorara bajo su mando y del que cortó una oreja. Lástima que el muy gazapón y deslucido cuarto le impidió redondear su gran feria de la que, por ahora, difícil es que nadie le arrebate el premio al triunfador. Pero cuando la corrida parecía despeñarse por el mediocre juego del ganado aunque uno de los dos de Gavira que sustituyeron a los desechados se dejó en sosito sin que Rivera lograra darle fiesta, y el manso sexto que, inesperadamente, rompió a muy noble por obre y gracia de José María Manzanares que nos obsequió ante él con una de sus faenas más clásicas e inteligentes, la de más empaque, hondura e imperial trazo de las que llevamos vistas, cortando dos orejas que le devuelven al lugar que le corresponde como grandioso interprete del toreo eterno. Rivera Ordóñez cubrió el expediente anodino, con más pena que gloria y por poco mal herido tras sufrir una espeluznante cogida al entrar a matar al primer toro de la tarde.
Por encima de su primer toro, cortó una oreja del quinto, el más enrazado de los seis de Jandilla entre los que hubo más malos que buenos porque, aparte el del triunfo, solamente el cuarto tuvo fuerza, nobleza y movilidad. Fue el que medio permitió estirarse al siempre conservador Finito de Córdoba que solo anduvo medio a gusto en dos tandas, cada una por un pitón que recetó por las afueras. El resto, pura ruina por su evidente descastamiento. Debilísimo el primero. Bruto y al final soso y tardón el segundo. Moribundo hasta tener que ser apuntillado el tercero antes de que Castella lo pudiera matar. Y muy pronto rajado el franco sexto con el que el diestro francés echó el resto sin poder consumar ni la mitad de lo que pretendió con evidente entrega, sobrado sitio e inmaculado temple. En definitiva, otra tarde apenas salvada por las ganas, el valor y el genio artístico del torero de la Puebla del Río, sin que las campanas pudieran repicar a gloria aunque el sevillano fue constantemente apoyado por su público.
Por fin una brillante corrida, de El Ventorrillo, con cinco toros buenos y dos de ellos excelentes que propiciaron un gran aunque incompleto espectáculo. Por lo que respecta a los toreros, El Juli dio un soberano recital de poderío, entrega y pureza interpretativa, perdiendo la Puerta del Príncipe por alargar innecesariamente la más importante de las dos faenas que cuajó. Ya había cortado una oreja del primer toro y, por pinchar al cuarto, tuvo que contentarse con dar la vuelta al ruedo entre el clamor de los tendidos pese al fiasco final. Alejandro Talavante sorprendió a todos al resucitar con su preciosa faena frente al segundo toro, uno de los dos mejores de la tarde del que cortó dos orejas. Por el contrario, El Cid protagonizó una desgraciada actuación por lo aturdido que anduvo con el manejable aunque sin clase segundo, y verse sorprendido después por el magnífico sobrero lidiado en quinto lugar que él mismo pudo y supo aprovechar en los primeros compases de una faena bien iniciada pero arruinada en su segunda mitad. De los siete toros que salieron al ruedo, solo falló por derrengado el anunciado como quinto, que fue devuelto antirreglamentaria y muy tardíamente a los corrales; y el sexto, que no paró de defenderse por débil, desairando por completo a Talavante que no pudo redondear su actuación.
Los toros de El Torreón echaron casi todo a perder con la excepción de dos, el segundo que, aunque se rajó, tuvo profundas embestidas que permitieron empacarse intermitentemente a Manzanares pero sin la intensidad requerida para que sus excelentes muletazos tomaran forma de faena; y el sexto que, pese al genio que sacó,trasmitió mucho sus caras posibilidades sin que Daniel Luque, que anduvo con ganas y hasta firme, terminara de templarse y de dar el paso con la determinación que debió en tan importante y a la postre perdida ocasión de triunfar. Los demás toros, ruinosos. Enrique Ponce tapó lo que pudo a los dos de su lote, el más deslucido por intrascendente, aunque un tanto desencantado por el poquísimo eco que tuvieron sus faenas. Pulcra, exacta y forzosamente corta la primera frente a un animal noble pero agotadísimo, y más larga además de enredosa la segunda con el cuarto, de muy sordo peligro que casi nadie percibió, el gran inconveniente de su proverbial facilidad.
Ni uno solo de los siete toros de Victorino Martín dio la más mínima facilidad para el toreo que todos querían ver. Inesperadamente atípicos por su falta de fuerza, de raza y pequeñez, aparte de otros muchos defectos, ni siquiera los menos malos, como el cuarto y el quinto, rompieron a mejor ni transmitieron emoción pese a su peligro más o menos sordo. Para colmo, el sexto tuvo que serdevuelto por derrengado y fue sustituido por la anovillada alimaña del desgraciado envío que, según dicen, no fue el elegido en principio. Consecuentemente a tan pésimo juego del ganado, ni Morante ni El Cid lograron triunfar aunque el de La Puebla medio pudo sentirse con el capote ocasionalmente y en el recibo del quinto con el que luego hizo un largo aunque infructuoso esfuerzo; y el de Salteras, asimismo estirado en varias intervenciones capoteras y por encima de sus toros, sobre todo del cuarto con el que dio una lección de su especialidad sin que,injustamente, la música y el público se lo agradecieran como mereció. Ambos diestros alternaron en quites de escaso relieve en los dos toros mencionados. Se truncó así la quimera del inventado mano a mano que corría serios riesgos de terminar como terminó, con la gente cabreada y hasta arrojando almohadillas al ruedo cuando finalizó esta corrida para la que se pagaron dinerales para conseguir entradas.
El colombiano cortó una merecida oreja de este único buen toro del imponente aunque feble y deslucidísimo envió de la ganadería de Peñajara que debutó en La Maestranza y del que, por lo demás, solamente el tercero admitió un par de tandas diestras del, a la postre, solitario triunfador. Bolívar salió de favorito entre Antonio Barrera, que se estrelló totalmente con su lote, y el francés Juan Bautista que solo pudo brillar con el capote en el recibo del segundo con muy buenos lances. Salvo la excelente faena de Bolívar que, por fin, rompió en un gran escenario español confirmando lo mucho y bueno que logró este año en las plazas americanas, lo demás tuvo lugar en medio de la desconfianza y de las imprecisiones de los lidiadores entre la consiguiente desesperación de los aficionados que, incluso, llegaron a impacientarse y hasta protestar a medida que transcurría el festejo con tan pobres e irremediables resultados porque ni Barrara ni Juan Bautista consiguieron dar pie con bola en sus respectivas intervenciones muleteras.
El tercer toro de la mala corrida Palha, único con son y hasta con clase por su suave nobleza, se le escapó en gran parte al sevillano Salvador Cortés y la tenida por mejor afición del mundo le obsequió con una oreja inadmisible por inconsistente. La devolvió en el sexto que fue tan deslucido como sus anteriores hermanos. Los peores, primero, segundo y quinto, apenas dieron opción a la modesta terna. Y el cuarto se le vino abajo a El Fundi tras ser excesivamente castigado en varas, sin que el de Fuenlabrada anduviera a la altura de su fama de maestro. Sergio Aguilar, que anduvo tan gestualmente valeroso como insolvente y persistentemente destemplado, es decir, muy mal, sufrió dos cogidas tan espectaculares como por fortuna sin consecuencias, dando en general pobrísima impresión. O sea, que continúa la “juerga” anunciada de este baratucho aperitivo ferial para honor y gloria de la empresa, encantada con su enésimo atraco en compañía jocosa de sus invitados en el callejón. Así da gusto.
En la corrida del Conde de la Maza salieron cuatro toros durísimos y, al final, dos dulces. Ninguno de estos últimos le correspondieron a Rafaelillo quien destacó por más ducho que sus dos colegas en tan difíciles menesteres, perdiendo la oportunidad que tuvieron Luís Vilches y Joselillo sin que la aprovecharan por faltarles ese valor que hace falta para convencer y triunfar cuando la suerte sonríe inesperadamente.