La corrida de José Escolar fue para apretarse los machos. Toros duros, correosos, de mucho peligro. Pero con dos excepciones: el cuarto, que se dejó torear, y el primero, que por su guapeza, casta y bravura, fue un toro de bandera. El petardo que con este toro dio Rafaelillo, fue de aúpa.
Madrid. Plaza de Toros de las Ventas. Jueves, 12 de mayo de 2011. Tarde nublada con excelente temperatura. Casi lleno. Seis toros de José Escolar, muy bien presentados, duros y con mucho peligro, salvo el cuarto, que se dejó, y el primero que fue de bandera. Rafaelillo (morado y oro) bronca en ambos. Fernando Robleño (grana y oro), aplausos en ambos. Alberto Aguilar (azul y oro), silencio en ambos.
La corrida de José Escolar fue como eran las de Victorino hace treinta años. Tremendamente exigente para con el torero, de una dureza que se ve muy poco últimamente. Todos los toros exigieron mucho: los bravos por repetidores y fieros; los mansos por listos y peligrosos.
Ante este material quien más digno estuvo fue Robleño, a pesar de haberle tocado un lote pavoroso. El segundo de la tarde fue un manso de los que arrean hacia la querencia y pegan cabezazos con mucha brusquedad. Y el quinto fue el típico saltillo tobillero que no tiene un pase. Estar delante de estos toros, simplemente con dignidad y sin decomponerse, ya tiene un enorme mérito.
Robleño estuvo dignísimo. Aguantó toda clase de arreones y tarascadas a su primero. En los medios le hubiera achuchado menos. Pero con un toro como este irse tan lejos de la civilización, debe ser algo terrorífico. El quinto tenía ideas asesinas por tanto como buscaba y de tan corto como se quedaba. Se lo quitó de en medio rápida y limpiamente.
El lote de Alberto Aguilar fue parecidísimo al de Robleño, con un tercero de una enorme brusquedad y dureza, que se hartó de dar cabezazos, y un sexto que, después de tomar un puyazo de bravo, se rajó, desarrollando sentido y quedándose muy corto. El chaval anduvo por allí intentándolo, aunque no siempre dio el último paso. Pero se trataba de una papeleta muy difícil de resolver. Los mató, que no es poco.
Quien tuvo suerte fue Rafaelillo. Se llevó el que podría ser el toro de la feria: “Tartanero”, número 58, de pelo cárdeno y 521 kilos de peso. Era un brazo de mar de tan guapo como era. El típico cárdeno corniveleto de Albaserrada. Fue un toro de vuelta al ruedo. Tomó tres puyazos yendo alegre y apretando, y llegó a la muleta comiéndosela en cada pase. No era el toro bobo del agrado de los toreros; era el toro verdaderamente bravo, con esa bravura agobiante por repetidora e incansable. Toro que consagra o hunde sin términos medios. Todo depende de si se le aguanta el tirón o no. Con toros como este lograba Ruiz Miguel éxitos de clamor.
Este toro descubrió las muchas carencias de Rafaelillo: incapaz de quedarse quieto, de dejar la muleta en la cara y de tirar de la embestida hasta el final… Y lo desbordó en muchas ocasiones por dudar y estar al hilo del pitón, cosa que no tolera el toro de casta. Por ejemplo, lo hizo correr en los dos intentos de serie que hubo por el pitón izquierdo. Una faena llena de carreras y de mantazos a mil por hora. Y encima mató mal. Una vez más me acordé de aquella célebre frase de Juan Belmonte: “Dios te libre de un toro bravo”. Delante de un toro así no puede estarse tan a la deriva.
Después de haber cantado la buena tarde de Rafaelillo con los Miuras en Sevilla, hoy tengo que hablar de un fracaso. Parece como si el domingo pasado en La Maestranza se le hubiera acabado la gasolina. Aquél quinto toro de Miura ha desquiciado a Rafaelillo. Además lo suyo es robar con habilidad medios muletazos. Pero torear un toro por abajo, con muletazos largos…, eso no es capaz de hacerlo.
Y para más inri salió el cuarto, el otro toro bueno de la corrida. Un toro de pitones pavorosos que no hizo gran cosa en el caballo, pero que embestía bien a la muleta siempre que se le hicieran las cosas bien. Es decir: echando la muleta al hocico y llevándole largo y por abajo. Rafaelillo estuvo con él tan mal como con el primero, a la carrera y sin parar quieto. Y lo peor es que se ha echado encima al público madrileño, que fue quien le apoyó y lo puso en las ferias. Se ganó dos buena broncas. Quizá mejor eso que la indiferencia…
¡Menudo competidor tienen ahora Victorino y Adolfo! Fue una hora y tres cuartos de auténtica emoción. Porque mansos o bravos, buenos o peligrosos, todos los lidiados ayer eran auténticos TOROS.